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La paciencia como músculo

Tatiana Arango M.

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Este es un músculo que no he desarrollado, que me cuesta entrenar y que, por mucho, está bastante flácido. Pero siento que una analogía yogui puede ayudar a explicar mi punto. En la práctica de posturas existe una invertida (en la cual el corazón está por encima de la cabeza), a la que se le conoce como el cuervo o bakasana. Las manos se apoyan en el suelo, las rodillas van a los antebrazos y se despegan los pies del piso buscando un balance, llevando las caderas al cielo y la cabeza hacia abajo. Pasé mucho tiempo practicándola, principalmente porque me daba miedo chocar de cara contra el piso. Cuando intentaba volar mi cuervo, devolvía mis pies a la tierra por temor a caerme.

Hasta que un día, no recuerdo cuándo, intenté hacer un cuervo lateral: el principio es el mismo, pero mientras los brazos van hacia un lado, la cadera se mantiene derecha y se levantan las piernas estiradas. Suena mucho más difícil, ¿no? Pues, según recuerdo, mágicamente logré hacerla. Estaba tan emocionada que la repetí por el otro lado. Y como ambas resultaron, me arriesgué por un cuervo normal. Y salió. La historia va a que, aunque mi cerebro creía que mágicamente había pasado todo eso, realmente fueron pequeños avances casi imperceptibles hasta que un día el cuerpo logró hacer algo que meses atrás no podía. ¿En qué momento nos convencimos de que todo lo que vale la pena debería darnos resultados rápidamente?

Nadie en sus cabales entra a una práctica exigente de yoga y comienza inmediatamente por la postura más difícil. Primero movilizamos articulaciones, despertamos músculos, respiramos, repetimos movimientos. Y repetimos otra vez. He visto a demasiada gente frustrada en clases de yoga en ese proceso, porque todavía no estamos haciendo aquello para lo que vinimos. Pero eso es solo lo que creemos. Porque el calentamiento ya es parte de hacerlo.

Tenemos facilidad para valorar los resultados visibles y mucha menos para valorar la repetición invisible que los hizo posibles. Piense en el tiempo que toma aprender un idioma, construir una empresa, hacer ejercicio, empezar una relación, desarrollar una carrera profesional, ahorrar, estudiar un posgrado o incluso la idea de escribir 52 columnas sobre yoga, una por cada semana de un año. Existen inversiones cuyo retorno requiere tiempo; no todo lo que todavía no produce resultados está fracasando.

Todo proyecto requiere paciencia, que, según el ejemplo de mi postura del cuervo, se definiría como seguir haciendo algo cuando todavía no podemos ver su resultado. No es una actitud pasiva, es una práctica demasiado activa. Por eso mismo es un músculo, y se entrena cuando el resultado tarda más de lo que queríamos. ¿Cuántas cosas abandonamos no porque estuvieran saliendo mal, sino porque estaban tardando?

En mi postura del cuervo, lo verdaderamente importante no pasó el día en que finalmente la hice. Fueron todas aquellas prácticas, que no recuerdo, en las que no pasó nada extraordinario, pero que me permitieron calentar no solo para esa postura, sino para muchas otras. Yoga nos enseña que hay cosas que no necesitan que nos esforcemos más, sino que les demos más tiempo. La paciencia también se entrena. Y, como cualquier músculo, solo descubrimos cuánto ha crecido cuando llega el momento de usarla.

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