La respiración como puente entre mente y cuerpo
sábado, 29 de agosto de 2026
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Justo antes de iniciar una entrevista importante empecé a sentir muchos nervios. Generalmente no me pasa, pero esta era una bastante coyuntural. Comencé a temblar, me sudaban las manos y me quedé sin aliento. Posiblemente todos lo hemos sentido: en una situación estresante nos quedamos sin aire y necesitamos respirar profundamente. ¿No sienten que con esa acción vuelven en sí? ¿No sienten que pueden volver a pensar con claridad? ¿No sienten, con la respiración, nuevamente la seguridad en medio de una posible crisis?
Y ahora una pregunta para continuar: ¿Por qué hablamos de la respiración cuando queremos describir emociones? Cuando sentimos miedo, ansiedad, tranquilidad o alegría, el cuerpo modifica la respiración. Pero como vimos anteriormente, existe también el camino contrario: podemos intervenir voluntariamente sobre ella. No solo puedo decidir observar mi respiración, sino que cuando la observo y la modifico, descubro que puedo influir en mi estado.
En ese sentido, si la mente puede cambiar nuestra respiración, ¿puede la respiración cambiar nuestra mente? Vayamos al tapete de yoga. En la práctica de posturas, hay muchas que son realmente exigentes. Seguramente ha visto publicaciones en redes sociales de personas que parecen extremadamente flexibles haciendo unas poses que usted imaginará que nunca podrá lograr. Bueno, pues en esas posturas no es difícil creer que el cuerpo empieza a temblar, aparece la incomodidad y la mente dice, como ya lo hemos visto: “salga de aquí”. ¿Qué suele decir el profesor? “Respire”. No dice “sea más fuerte” o “aguante”. Es respirar. Y ocurre algo interesante: quizá la postura sigue siendo exactamente igual de difícil, pero cambia nuestra manera de estar dentro de ella. Yoga no promete eliminar lo difícil. Nos enseña herramientas para atravesarlo.
El sistema nervioso autónomo regula muchas de las funciones que ocurren sin que tengamos que pensar en ellas: el ritmo del corazón, la presión arterial, la digestión y parte de nuestra respiración. Ante una situación de estrés o amenaza, el sistema simpático ayuda a preparar al organismo para responder; en condiciones de reposo y recuperación es importante la regulación parasimpática. Pero la respiración tiene una particularidad: aunque ocurre automáticamente, también podemos modificarla de manera voluntaria. Podemos decidir respirar más lento, más profundo o cambiar el ritmo y, al hacerlo, influir sobre procesos cardiovasculares y autonómicos que normalmente no controlamos directamente. La investigación sobre respiración lenta ha encontrado algunos cambios en la variabilidad de la frecuencia cardíaca y en indicadores asociados con la actividad parasimpática. No podemos ordenarle directamente al corazón que disminuya sus latidos, pero sí podemos decidir cómo respirar. Tal vez por eso la respiración sea uno de los puentes más extraordinarios entre la mente y el cuerpo: ocurre sin que pensemos en ella, pero en cualquier momento podemos hacernos conscientes, tomar el control y participar en ese diálogo.
Y lo mejor es que no necesitamos sentarnos en posición de loto para utilizar esa herramienta, sino que podemos usarla en la vida diaria. Una discusión de pareja en la que estamos a punto de responder, un correo que nos enfureció, una negociación difícil, una presentación frente a un público. Claro que no podemos decidir inmediatamente dejar de sentir miedo, rabia o ansiedad, pero sí podemos decidir qué hacemos durante los segundos siguientes. Y una de las pocas herramientas disponibles inmediatamente para hacerlo es nuestra respiración. Por eso, la respiración no necesariamente cambia lo que está ocurriendo afuera, pero sí el lugar desde el cual respondemos a eso que nos está ocurriendo. La próxima vez que algo altere su mente, antes de preguntarse qué está pensando, ¿qué pasaría si se preguntara cómo está respirando?