Hay una postura de yoga que me cuesta mucho porque requiere una apertura de pecho sostenida. Se llama el camello o ustrasana, y es un verdadero camello. Con los empeines y las rodillas apoyados en el piso, se busca abrir el pecho, hacer un arco hacia atrás y sostenerlo, mientras se respira. Esa es la parte más compleja: intentar inhalar y exhalar mientras se intenta ese arco con la espalda y se abre el pecho. Un día, un profesor me vio haciendo la postura, se acercó y me propuso un ajuste: llevar la pelvis hacia adelante, para que el arco tuviera una mayor proyección. De repente, algo cambió. Ese detalle, que parecía tan pequeño, hizo que pudiera mantenerme más cómoda en ustrasana.
La postura sigue siendo la misma, pero la manera de experimentarla es, desde ese día, completamente diferente. Vayamos a la vida: ¿por qué a veces insistimos en hacer grandes esfuerzos cuando lo único que necesitamos es un pequeño ajuste? Cuando algo no nos sale, la respuesta suele ser aumentar el esfuerzo. Entonces, terminamos trabajando más horas, repetimos la misma estrategia, insistimos con más intensidad o nos exigimos más. Pero en yoga, una postura difícil no siempre mejora porque hagamos más fuerza. En ocasiones necesitamos modificar la alineación, redistribuir el peso o encontrar otra forma de sostenernos. En otras palabras, no todos los problemas se resuelven con más esfuerzo, algunos se resuelven con mejores ajustes.
Por ejemplo, qué tal si en el trabajo en lugar de preguntar qué salió mal, preguntamos qué necesitamos hacer diferente. O de cara a nuestros hábitos, dejar preparada la ropa para hacer ejercicio o apartar el celular antes de dormir puede facilitar decisiones que antes nos costaban. Pero el caso que me gusta más es el del interés compuesto. Una cantidad relativamente pequeña, reinvertida durante mucho tiempo, puede producir un resultado considerable. El crecimiento no depende solamente del aporte inicial, sino de la acumulación y del tiempo.
Y con ciertos hábitos ocurre algo parecido. Cinco minutos diarios de lectura pueden convertirse en libros terminados. Un pequeño espacio de conversación puede mejorar una relación. Un ajuste sostenido en la organización del trabajo puede liberar tiempo durante meses. Hay pequeños movimientos que funcionan por acumulación y otros que funcionan por corrección. Los primeros suceden al repetir una pequeña acción hasta que sus efectos se vuelvan significativos. Los segundos, al modificar un detalle que cambia inmediatamente la manera de hacer algo.
¿Por qué nos cuesta tanto hacer esos pequeños cambios? Porque muchas veces estamos demasiado concentrados en el resultado final para prestar atención a los detalles. En yoga queremos conseguir la postura. En el trabajo queremos cumplir la meta. En la vida queremos resolver el problema. Y, en esa obsesión por llegar, dejamos de observar cómo estamos haciendo las cosas.
Volvamos a la postura del inicio de esta columna: el camello. Cuando estaba sufriendo por sostenerla, no necesitaba un cuerpo diferente, más fuerza ni meses adicionales de práctica para experimentar un cambio. Necesitabas mover ligeramente el pecho para empezar a abrirlo, llevar la pelvis hacia adelante y calentar los cuádriceps. Y así como en ese ejemplo, no todos los cambios importantes comienzan con decisiones extraordinarias. Algunos empiezan con una conversación, una pregunta, una corrección o un movimiento que parecía insignificante. El yoga me ha enseñado que no siempre necesito hacer más para avanzar. A veces lo que necesito es detenerme, observar y mover apenas unos centímetros aquello que me impide encontrar estabilidad.