Respirar cuando todo se acelera
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¿De qué sirve aprender a respirar en calma si se nos olvida hacerlo cuando más lo necesitamos? Hasta el momento, hemos visto en este espacio cómo la respiración es una herramienta que nos puede tranquilizar o activar, cómo es un ancla que nos trae al presente y cómo también nos sirve para brindarnos tiempo en medio del caos. Pero no se trata de respirar conscientemente cuando estamos tranquilos sobre el tapete, sino de recordar hacerlo precisamente cuando el tráfico, el trabajo, una discusión, una mala noticia o una decisión nos aceleran.
Aprendemos a respirar en calma no porque la calma sea el objetivo final, sino porque es el lugar donde entrenamos una herramienta que necesitaremos cuando aparezca el caos. Es parecido a un simulacro: nadie aprende qué hacer durante un incendio, cuando el edificio ya está ardiendo. Lo practica antes para que, cuando llegue la emergencia, el cuerpo recuerde.
En yoga sucede constantemente. Sobre el tapete aprendemos a mantener una respiración consciente cuando estamos sentados, luego cuando empezamos a movernos, y finalmente cuando una postura exige fuerza, equilibrio o flexibilidad. La dificultad aumenta, pero intentamos que la respiración permanezca. De alguna manera, el yoga va agregando retos mayores mientras nos pide conservar un punto de estabilidad. Y eso solo se logra si mantenemos nuestra respiración consciente.
La vida hace exactamente lo mismo, solo que no nos avisa. Es fácil decir “voy a respirar antes de reaccionar” leyendo tranquilamente esta columna. Pero es mucho más difícil recordarlo cuando llega un correo que nos enoja, alguien nos cierra en el carro, estamos cinco minutos tarde para una reunión, recibimos una noticia que no esperábamos o estamos en una situación que se sale de nuestro control. Es difícil recordarlo cuando la vida nos desafía.
Por eso el aprendizaje no es saber respirar conscientemente, sino recordar que podemos hacerlo cuando dejamos de sentir que tenemos elección. ¿Desafiante, no? Cuando todo se acelera, nuestro primer impulso suele ser acelerarnos también. Respondemos más rápido, hablamos más rápido, pensamos más rápido, respiramos más rápido. En otras palabras, nos sincronizamos con el caos. Pero la respiración ofrece la posibilidad contraria: Que el mundo se acelere no significa que yo tenga que acelerar con él.
No se trata de pretender que una respiración solucionará mágicamente todos nuestros problemas. El tráfico seguirá ahí, el correo seguirá diciendo lo mismo, la discusión seguirá pendiente. Lo que puede cambiar es el estado desde el cual decidimos qué hacer a continuación. Es decir, la calma se practica para cuando la necesitemos.
Por eso, cuando sienta que usted se acelera con el mundo, observe su respiración, primero, sin intentar cambiarla. ¿Es rápida? ¿Está conteniendo el aire? ¿La respiración se siente cómoda? Desde ahí, permítale al cuerpo recuperar un ritmo más lento y cómodo, sin forzar grandes inhalaciones. Puede ayudar dejar que la exhalación sea pausada. Finalmente, cree espacio antes de actuar, deje pasar unos instantes antes de reaccionar. Y mire qué pasa. Tenga en cuenta que calma no significa ausencia de estrés. Podemos estar nerviosos antes de una entrevista y respirar conscientemente, estar enojados durante una discusión y hacerlo, podemos sentir miedo y hacerlo. La respiración no tiene que borrar la emoción para ser útil.
No funciona como un botón mágico de apagado del estrés. Como hemos dicho antes, es un ancla: el barco sigue lidiando con las olas, el ancla no elimina el mar.