Cada vez siento con más intensidad una comoditización de lo extraordinario. Las respuestas a una pregunta difícil llegan con una rapidez decepcionante, los carros que circulan por nuestras calles lucen siluetas hermosas independientemente de su marca o lugar de origen, y los restaurantes en Bogotá tienen diseños dignos de revistas nórdicas y menús que dejan poco espacio a la sorpresa.
La capacidad de asombro se diluye cuando lo especial se vuelve común, cuando lo anteriormente escaso es la norma, y más aún cuando la tasa de homogeneización se acelera de tal manera que aturde nuestros sentidos. No me queda claro en qué momento se perdió la originalidad que caracteriza a la creatividad humana, pero es evidente que ahora es más fácil sentir que habito una simulación en la cual la experiencia de vivir se estandariza.
Si todos tenemos acceso a la misma inteligencia sobrehumana de los modelos de IA, ¿qué sentido tiene la tertulia entre amigos para responder nuestras dudas existenciales más grandes? Podríamos optar por que nuestros agentes, construidos sobre diferentes modelos, conversen entre ellos y nos entreguen la mejor aproximación a una respuesta destilada de billones de datos, frente a la de un número limitado de individuos con experiencias diversas y posiblemente nublados por el vino que lubrica la conversación.
La respuesta, en mi caso, es que prefiero pasar horas intercambiando anécdotas, trayendo a colación los dos o tres libros que sirven para argumentar un punto de vista, recordando escenas de una película que adoro y que he visto diez veces sin agotarme, riéndome de mis propios sesgos y limitaciones cognitivas, y saboreando el café geisha o el pinot noir que mis amigos ofrecen para acompañar el debate. La respuesta será seguramente menos correcta, pero la experiencia será infinitamente superior.
En lo personal, siento una necesidad urgente de leer en físico y doblarles la esquina a las páginas; de juntarme por las tardes con mis amigos a filosofar sin buscar la verdad; de patear una pelota desteñida con mi hijo y de moler el café para mi esposa; de ir al baño turco en silencio con mi padre y de acariciarle el pelo a mi madre; de decir “no sé” y acudir a un libro para encontrar una respuesta; de que el viento frío de Bogotá me congele la cara mientras paseo a mi perrita por las mañanas.
Todas son experiencias humanas: imperfectas, irremplazables e irrepetibles. No son inmediatas, no son estandarizables ni escalables, pero son preciosas y entrañables, y me hacen agradecer estar vivo, en este momento, en este planeta.