Al evocar escenas de la independencia colombiana, lo primero que imagino, inclusive antes que las representaciones de campesinos heroicos luchando contra soldados realistas en un gélido Pantano de Vargas, es el retrato de Policarpa Salavarrieta: una valiente mujer reclamando justicia y demandando cambio con determinación y arrojo en las calles empedradas de la Colombia colonial.
Cuando mi hijo me pregunta sobre líderes políticos a quienes admiro por su resiliencia, integridad y capacidad de ejecución ante condiciones adversas, antes de mencionarle a Winston Churchill o a Abraham Lincoln, pienso en Margaret Thatcher o en Angela Merkel, mujeres ejemplares, de creencias fuertes y voluntades férreas, que lucharon por construir y defender un proyecto de país que consideraban digno de liderar.
Cuando me toman una placa de rayos X, agradezco a Marie Curie por su curiosidad, por su pensamiento independiente y por su ética de trabajo. Al pensar en exploradores que desafiaron los límites de lo conocido, imagino a Amelia Earhart cruzando el océano en su pequeño avión rojo, mostrándonos que la valentía nos permite lograr lo soñado.
Las mujeres colombianas nos enorgullecen cuando nos representan en los Juegos Olímpicos y traen medallas a casa; nos alegran cuando cantan y llenan estadios en las ciudades más grandes del mundo; nos dan ejemplo cuando lideran una misión espacial de la Nasa. Nos inspiran con su liderazgo auténtico y transformacional al frente de empresas icónicas como Juan Valdez, Nubank y Corficolombiana.
Otra evidencia significativa y, lamentablemente, dolorosa del valor inconmensurable de la mujer en la sociedad colombiana son los millones de madres solteras que día a día madrugan para trabajar sin reposo y darle una vida digna a sus familias. Son el pilar de nuestra comunidad; son heroínas silenciosas que cargan un peso enorme sobre sus hombros. Sin ellas, sin su entrega, nuestro país se derrumbaría.
Es para mí un enigma por qué la sociedad es patriarcal cuando veo la enorme capacidad de sacrificio de las mujeres, cuando constato su creatividad y resiliencia para llevar encima la responsabilidad de cuidar y de conseguir los recursos para la alimentación, la educación y el bienestar de sus familias. No puedo evitar pensar que, como sociedad, cometemos un error terrible al no generar más oportunidades para que lideren.
En un país que enfrenta retos enormes en lo económico y lo social, en medio de una profunda polarización política y en un contexto global volátil e incierto, considero impensable e imperdonable no invitar a más mujeres a que nos guíen. Lo han probado en la historia, lo demuestran en la actualidad: son capaces y son indispensables.
Su exclusión nos hace daño; su inclusión nos da esperanza.