La Vía Apia
martes, 24 de febrero de 2026
Ugo Posada
Hace más de 2.000 años, los romanos invirtieron en carreteras para comunicar su imperio y desarrollaron acueductos para proveer a sus habitantes de agua potable. Se estima que la red vial, que incluía la Vía Apia, contaba con más de 80.000 kilómetros de rutas adoquinadas, y se cree que había alrededor de 5.000 kilómetros de ductos para asegurar la provisión del líquido vital a las más de 500 poblaciones relevantes que constituían la colonia.
Los gobernantes romanos de entonces, que asumo tenían en su agenda decenas de temas sobre los cuales decidir, incluyendo educación, salud, defensa o justicia, similares a los que enfrentan los gobernantes colombianos hoy en día, no dejaron de lado la asignación de recursos para proyectos de largo plazo que sustentaran el desarrollo económico del imperio para las décadas venideras.
El boom de la inteligencia artificial, y la preparación de Colombia para aprovecharla como una oportunidad sin precedentes para impulsar el desarrollo económico y mejorar la calidad de vida de sus habitantes, debería ser, sin lugar a dudas, una de las mayores prioridades en la agenda de nuestros gobernantes, de los empresarios locales y de nosotros como ciudadanos. Es un tren de alta velocidad que no podemos permitirnos perder.
La provisión de energía para alimentar la infraestructura que sustenta la operación de estas aplicaciones es crucial. No solo debe estar disponible, sino que su suministro debe ser confiable y su costo, competitivo. Colombia cuenta con una red de generación de energía hidroeléctrica que, considero, el Gobierno nacional debe proteger. También debe, en mi opinión, impulsar el desarrollo de fuentes alternativas como la solar y la eólica, al igual que la generación responsable a partir de hidrocarburos como el gas, la cual está sosteniendo el aumento acelerado de capacidad de procesamiento en países desarrollados.
Se requiere una inversión sustancial en el desarrollo y puesta en marcha de centros de datos dentro de Colombia, tanto para reducir la latencia en la ejecución de algoritmos como para alojar datos que, por ley o por preferencia personal, deban residir localmente. La iniciativa de los emprendedores para llevar a cabo estos proyectos y la voluntad de las instituciones financieras para proveer el capital serán fundamentales para que la velocidad requerida para el despliegue de esta infraestructura no se ralentice.
Las organizaciones, públicas y privadas, se enfrentan a un reto gigantesco: entrenar a sus colaboradores en cómo apalancar la tecnología para resolver nuevos problemas y hacerlo de manera más eficiente, así como incluir en sus fuerzas laborales agentes de IA que convivan con humanos en tareas de análisis, en la recomendación de soluciones y, en muchos casos, en la toma de decisiones autónomas.
Los emprendedores tienen una oportunidad sin precedentes para desarrollar aplicaciones que corran sobre los modelos existentes y solucionen necesidades de mercado. Los empleados tendrán la posibilidad de reinventar su contribución a la economía. El temor que hoy nos agobia frente a la pérdida masiva de empleos puede ser reemplazado por la esperanza de una reconfiguración del tipo de labores que existirán. El trabajo seguramente se verá diferente en las próximas décadas, pero, como ha sido la norma en revoluciones pasadas, los humanos nos adaptaremos, y quienes lo hagan primero resultarán ganadores.
Si hay un cambio que considero inevitable, que se cierne como una ola gigantesca frente a nuestras costas, es el ligado a la inteligencia artificial. Si hay reformas que debemos impulsar, no deben hacerse mirando hacia atrás, añorando con nostalgia un pasado que se desvanece aceleradamente, sino orientadas a permitir que los colombianos aprovechemos el remezón tecnológico para crear riqueza colectiva. Sería lamentable que, por estar mirando hacia atrás, solo sintamos la ráfaga de viento que deja el tren al pasar por nuestra estación, en lugar de subirnos a uno de los vagones con destino a un futuro más próspero.
Aspiro a que, como los romanos hace más de 2.000 años, construyamos los cimientos, las vías y los acueductos para sustentar un desarrollo basado en tecnología. Y que nosotros, los colombianos, como lo hicieron los habitantes del imperio en su momento, transitemos estos caminos con ímpetu, mirando hacia adelante con esperanza y actuando con determinación.