Analistas 18/02/2026

No es magia. Son humanos. Es trabajo

Ugo Posada
Inversionista y mentor Endeavor

La vida moderna está repleta de comodidades desconocidas para nuestros ancestros: el fuego que brota de la hornilla, el agua que fluye de la llave, la luz que alumbra desde una lámpara. Los humanos contemporáneos disfrutamos de estos beneficios, pero la gran mayoría, ante la pregunta de cómo funciona el suministro de gas, de agua o de energía eléctrica, responderíamos más como un aldeano del medioevo que como un ciudadano del siglo XXI: es magia.

No es muy diferente al entendimiento que un colombiano promedio tiene sobre cómo funciona su país. Nos quejamos de los políticos y de los empresarios, de la economía y del Estado, de la inflación y de la tasa de cambio, pero ante la pregunta de un niño sobre por qué las carreteras se deterioran, por qué los floricultores sufren cuando el peso se fortalece o por qué el precio del pasaje de TransMilenio sube, nuestra respuesta bien podría ser: es magia, o peor aún, es culpa de las oligarquías o de los gobernantes, como si fueran dioses mitológicos que controlan nuestro destino.

Cuando compramos una salsa mexicana en el supermercado, desconocemos la cadena humana que hay detrás de cada frasco. Su existencia, que ingenuamente comparamos con la de cualquier otro producto en la góndola, ha sido tocada por muchos humanos, cada botella es única. Cuando un consumidor, llamémoslo Nicolás, compra una salsa en el supermercado, se lleva a la casa horas de trabajo, de ilusiones y sueños, de sonrisas y de sufrimientos. Nada pasa en aislamiento, todo lo que ocurre en la economía hace parte de un sistema integrado donde docenas, cientos o miles de personas están involucradas.

El supermercado gestiona miles de proveedores y atiende cientos de miles de clientes. Hay una compradora, llamémosla Viviana, que ha escogido entre decenas de opciones para ofrecer a los visitantes de dicha cadena los mejores productos para su canasta. Hay propósito en su gestión, brinda alimentos a la gente, valida el esfuerzo de los productores y lo compensa acorde con su valor. La compañía paga salarios, sufre cuando el aumento del salario mínimo decretado es mayor que su capacidad de subir precios a sus consumidores, y paga impuestos al Estado.

Cecilia produce las salsas que Viviana compra. Ella quiere perpetuar el legado de sus ancestros mexicanos, quiere transmitir siglos de tradición culinaria a los paladares colombianos, con insumos de calidad, con recetas que cuidan la salud de quienes la consumen. Cecilia busca los mejores ingredientes por todo el país, paga servicios públicos para que su planta opere, emplea a Diego y a Fernando para que la ayuden a preparar sus productos, y paga impuestos al Estado.

Ramiro produce los tomatillos que Cecilia emplea para sus salsas en el Valle del Cauca. Los siembra con esperanza, los recoge con esfuerzo, los empaca con amor y los envía a Bogotá con angustia. Se endeuda para comprar semillas e insumos. Sostiene la respiración hasta que las cajas llegan a la capital y su calidad es validada y aceptada por sus clientes. Paga impuestos al Estado. El Estado recibe impuestos de Nicolás, de Viviana, de Cecilia, de Diego, de Fernando y de Ramiro. Con estos fondos opera año tras año. Con lo que contribuyen los ciudadanos se financian las carreteras que se usan para transportar los tomatillos de Ramiro, la educación para los hijos de Diego y Fernando, la policía que vigila que la planta de Cecilia esté segura, el sistema de salud para Viviana y el salario de los servidores públicos que trabajan para Nicolás y para todos los colombianos.

Nada es magia, todo es trabajo de cada persona en la cadena. Al comprar la salsa en el supermercado, cierren los ojos y piensen en todas las manos que han tocado esa salsa con esperanza, experimenten la conexión entre humanos para producir los bienes que consumimos como sociedad.

Cuando elijan a los congresistas este 8 de marzo, sugiero que voten por candidatos que entiendan cómo funciona nuestro país, que se puedan poner en los zapatos de cada colombiano que hace parte de la economía, y que legislen para que todos, desde Nicolás en Bogotá hasta Ramiro en Buga, puedan vivir mejor. Que no crean en magia, que entiendan que el país se construye con las manos de todos, y que cada uno debe ser tenido en cuenta, valorado y protegido.

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