Diego madruga todos los días. En parte por su profunda fe cristiana y en gran medida por su incansable lucha para sacar a sus dos hijos adelante en un país extranjero. Lo conocí como rappitendero cuando cumplía con una diligencia, trabajo que hacía para complementar sus ingresos como vigilante de un edificio cercano a mi residencia. Su amabilidad y sentido del deber nos generaron confianza y lo invitamos a trabajar con nosotros. Es caraqueño, es trabajador, es inteligente y creativo. No busca regalos, anhela oportunidades para él y para su familia.
Nos topamos con Rubén un martes en el parque del barrio. Vendía lápices con su novia y acababa de llegar de Maracaibo con su perrito. Sus ojos sinceros y su sonrisa amable nos iluminaron. Le ofrecimos un oficio diario, recoger a nuestra perrita y darle un paseo. Después le prestamos nuestra bici para que hiciera mandados. Sacó licencia de conducción y ahora es conductor para una familia amiga. Es venezolano, es de confianza. Ama su país y su gente, pero no puede regresar, no hay trabajo. Aquí en Colombia es un miembro ejemplar de la sociedad.
Anamaría llegó un día a nuestro hogar recomendada por una conocida colombiana. Es silenciosa y eficiente. Pasa horas en un bus desde el apartamento que alquila con su esposo en el sur de Bogotá, y todos los días sin falta agradece a Dios por la posibilidad de trabajar. Extraña a su familia en Valencia, pero su hogar es Bogotá, donde no hay promesas de un paraíso socialista pero sí alternativas para trabajar honradamente.
Si tuvieran derecho al voto en Colombia, me pregunto: ¿Qué anhelarían? Imagino que quisieran menos promesas y más posibilidades reales. Que les dieran opciones para progresar a cambio de su esfuerzo y compromiso. Que pudieran hacer parte de la construcción de un país que crezca económicamente, donde puedan tener casa propia y darle una educación de calidad a sus hijos. Preferirían alianzas regionales que impulsen la inversión y la generación de empleo, más que discursos incendiarios y conflictos ideológicos con naciones vecinas.
No imagino que quisieran ceder derechos humanos a cambio de un pacto de prosperidad a futuro. No visualizo un afán por permutar la capacidad de expresarse libremente a cambio de subsidios económicos temporales. O de darle carta blanca a un mesías para destruir el sistema democrático que se ha construido con sangre y lágrimas por más de 200 años para canjearlo por riquezas transitorias. No concibo que deseen desechar las reformas liberales que han permitido a las minorías disfrutar de libertades obvias a cambio de darle la tranquilidad a las mayorías dominantes.
Sospecho que no buscarían un candidato que “robe pero haga”, dicho que hizo famoso un reconocido político brasileño, y que más bien preferirían servidores públicos que quisieran dedicar su vida a hacer del país que viven un lugar justo, donde los recursos son de todos, donde nos esforzamos por dejar esta tierra mejor de como la encontramos. Gente que crea, como dice un popular dicho atribuido a un líder indígena norteamericano, que “no hemos heredado el mundo de nuestros padres, sino que lo tomamos prestado de nuestros hijos”.
Los colombianos nos enfrentamos a un año determinante de consultas y elecciones. Vamos a tener un abanico de opciones, de perspectivas contrastantes en lo económico y lo social. Aspiro a que en la soledad de la urna de votación, recordemos brevemente a Diego, Rubén y Anamaría, visualicemos el país que soñamos, y votemos desde el valor, el optimismo y el pragmatismo, y no desde el temor y el fatalismo.