Analistas 17/01/2026

Contrasentido

Yamid Amat Serna
Creador conceptual

El significado de las cosas no siempre proviene de la coherencia; muchas veces surge de la ficción o de la manipulación. Lo absurdo, lo aparentemente ilógico, no anula el sentido real, lo desplaza con cierta sutileza y logra que el error se presente como una gran revelación.

La teoría del bienestar, por ejemplo, surgió como una promesa luminosa hace algunos años. La última década le abrió las puertas y la invitó con determinación a la mesa de conversación, acentuando su relevancia, con sentido de obviedad, después de la pandemia.

Almas angustiadas, cuerpos tensos y mentes saturadas fueron reemplazadas, por lo menos en el discurso, por sueños reparadores, respiración con intención, alimentación con conciencia, cuerpo en movimiento y salud mental. Al parecer, cuidarse dejaba de ser un lujo y se convertía en una urgencia.

El movimiento fue creciendo y expandiéndose. Propagándose. Haciéndose viral.

Pero algo sucedió en el camino de su propio crecimiento y validación. Lo que nació como una búsqueda legítima comenzó a transformarse en un sistema. El bienestar dejó de ser solo una práctica íntima y se convirtió en una megaindustria global. Y, sin darnos cuenta, lo que debía aliviar, empezó a exigir.

En 2024, la llamada economía del bienestar alcanzó un valor estimado de US$6,8 billones, cerca de 6% del PIB mundial. El bienestar dejó de ser un nicho cultural para convertirse en una de las industrias más grandes del planeta.

Desde nutrición y terapias personales, hasta aplicaciones y dispositivos tecnológicos que monitorean cada aspecto del cuerpo y la mente.

Sin embargo, algo no cuadra.

Mientras el mercado del bienestar crece de forma sostenida, las cifras de salud mental avanzan en la dirección contraria. Más de 1.000 millones de personas en el mundo viven hoy con algún trastorno de salud mental, principalmente ansiedad y depresión. Es decir: nunca se había invertido tanto en estar bien y nunca se había reportado estar tan mal.

Las paradojas de la vida.

Esta distorsión del bienestar no ocurre por azar. Se sostiene sobre cuatro mecanismos silenciosos que han reconfigurado la forma en que nos cuidamos -y la forma en que nos exigimos-.

El primero es la mercantilización del cuidado. Prácticas básicas como dormir, moverse, respirar o alimentarse dejaron de ser actos cotidianos para convertirse en productos, servicios y experiencias.

El segundo mecanismo es la cuantificación y vigilancia permanente del cuerpo. Millones de personas miden sus pasos, su ritmo cardíaco o su nivel de estrés. En un solo trimestre reciente se vendieron más de 130 millones de dispositivos wearables en el mundo.

El tercer mecanismo es la moralización del bienestar. Dormir bien: disciplina. Comer correcto: identidad. Meditar: señal de superioridad emocional. Entrenar: prueba de carácter.

Quien no lo cumple, falla. Quien no lo sostiene, se culpa. El bienestar, entonces, pasa de liberar a juzgar.

El cuarto mecanismo es la lógica algorítmica. El bienestar se vuelve contenido. La comparación amplificada por las redes sociales. Rutinas perfectas, cuerpos funcionales, hábitos impecables, mañanas ideales. La calma, una puesta en escena; la vida saludable, un espectáculo.

La única verdad es que esos cuatro mecanismos no eliminan el malestar: lo reorganizan, lo que es muy diferente.

El resultado es inquietante: una industria diseñada para hacernos sentir mejor está generando nuevas formas de dependencia.

Dependencia a métodos, a métricas, a productos, a validaciones externas. La optimización reemplaza a la aceptación. El descanso se vuelve improductivo. La pausa, sospechosa. El placer, culpable.

El verdadero bienestar no se mide, no se exhibe y no se compra. Tal vez ocurre cuando dejamos de exigirnos estar bien todo el tiempo. Cuando entendemos que cuidarse no es corregirse sin descanso, sino acompañarse con honestidad, pues el bienestar real debe generar autonomía, no dependencia.

La obsesión por estar mejor es, quizá, el mayor contrasentido posible a la teoría que invita a estar y a sentirse bien.

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Bienestar - Salud mental - PIB