Creo que una de las habilidades más destacadas y poderosas del ser humano es mentirse a sí mismo. No mentirles a los demás. Mentirse a sí mismo. Supongo que hace parte de la enorme capacidad que tenemos de construir y recrear historias, narrativas y relatos. Lo que aparentemente nos hace humanos y nos distancia de los reinos mineral, vegetal y animal también nos distancia de nuestras verdades.
Imaginar es una condición humana única, fantástica, extraordinaria. La imaginación es un don celestial; es una característica suprema que permite explorar universos paralelos, diseñar otros mundos y traer al presente, cualquiera que este sea, realidades tangibles e intangibles incalculables. Solo la imaginación nos permite ver lo que “aparentemente” aún no existe. Ese mágico espectro, habitado con destreza por los niños en medio de su inocencia y su conexión divina, es insumo para crear dioses, ilusiones, ciudades, circuitos y desarrollo, pero, a su vez, es un laberinto que el adulto usa, de manera sofisticada, para construir excusas, explicaciones y versiones alternas que le permiten editar y alterar su realidad cada vez que la verdad amenaza con desbordarlo.
El autoengaño es el origen de cientos de males y de quistes. Nace como una opción y pronto se convierte en la base y el cimiento para una exitosa y posterior manipulación colectiva, disfrazada de protección emocional. El autoengaño es una forma relativa y fácil de llenar vacíos y de escabullirse del “insoportable” peso que trae y significa la honestidad. Todos necesitamos herramientas de supervivencia para aliviar el miedo y para mitigar, de alguna manera eficiente, lo que no podemos respondernos cuando cae el sol. El punto crítico es que esta ruta opera más como puente entre quienes somos y quienes necesitamos creer que somos, y en esta lógica no hay ninguna superioridad moral ni mucho menos; todos, todos sin excepción, en alguna escena de nuestra vida, en diferente grado, eso sí, hemos sido, somos y seremos parte de este mar de autoengaños y mentira. Negarlo sería comprobarlo una vez más.
Ahora bien, probablemente el problema no sea mentirnos; es olvidar que lo hacemos. Es caer en la bruma que confunde e invierte la realidad y el relato.
Me pregunto:
¿Qué soportamos más, mentiras o verdades? Tal vez las mentiras pesan menos y nos hemos acostumbrado a soportarlas más.
¿Qué tanta ficción necesitamos para poder convivir con nuestro temor, con nuestro resentimiento, con nuestra indignación o con nuestra esperanza?
La disonancia cognitiva es un malestar psicológico que se presenta cuando se sostienen al mismo tiempo ideas, creencias y/o conductas que pueden contradecirse entre sí internamente. Es decir, lo que pensamos, lo que decimos, lo que hacemos y la imagen que tenemos de nosotros mismos son mundos cosidos, donde la explicación es siempre conveniente.
El profesor León Festinger, psicólogo norteamericano (1919-1989), estudió a profundidad esta teoría. Dedicó su vida a hacerlo y una de sus conclusiones más contundentes fue: “Cuando los hechos contradicen nuestras creencias, cambiamos la manera de interpretar los hechos, pues la mente humana es capaz de reorganizar la realidad antes que aceptar ciertas verdades que amenazan su estabilidad emocional”.
Dicho esto, todo parece indicar que hemos validado el vicio no solo de ocultar la verdad, sino de aprender a convivir tranquilamente lejos de ella.