Analistas 23/01/2026

Exfluencer

Yamid Amat Serna
Creador conceptual

De IN a EX. Esa parece ser la línea. Y esa línea supone una amable aproximación a lo real.

El mundo hoy empieza a hablar y a exponer ciertas tendencias alentadoras; el silencio parece florecer y con él, una serie de posibilidades humanas tan gratas como olvidadas.

Una publicación reciente del New York Times advierte sobre algunas “predicciones” para 2026; en ella, plantea que el futuro podría dejar de estar en manos de quienes todo lo muestran y deja entrever que la exhibición no es sinónimo de poder.

Durante los últimos años, la visibilidad fue horizonte. Un faro perseguido por caudales de seres deseosos. Ser visto equivalía a existir, a valer, a importar, y en ese orden de ideas el “influencer clásico” encarnó esa lógica, la aprovechó y la mercantilizó hasta la saciedad.

Pero bien es cierto que todo exceso satura y desgasta; ese modelo parece haber encontrado una reclasificación, la cual manifiesta un diagnóstico interesante: el gestor, el comprador y el seguidor se dieron cuenta de una suma de verdades que evidenciaban una multiplicidad de mentiras. Lo cual no advierte fracaso ni mucho menos, tampoco falta de alcance, ni falta de éxito; significa que la exposición dejó de ser excepcional y se volvió rutina, que la creatividad pasó de ser impulso a obligación, que la autenticidad dejó de ser un gesto espontáneo para convertirse en estrategia, y que la verdad que se maquilló fue desplazada a la sombra por las innumerables capas de edición que la arroparon.

“Creador de contenidos” con libretos agotados, la audiencia menos impresionable, más escéptica, cansada de relatos perfectamente editados, y los pagadores, en medio de un mercado de roles ficticios y filtros.

En ese desgaste silencioso aparece una nueva figura. El exfluencer.

El exfluencer no surge como rebeldía, surge más como renuncia consciente. Simplemente se baja del escenario, desaparece del centro de la escena, entiende que narrarlo todo ya no es seductor ni para él mismo.

La fatiga emocional, la hipercomercialización son, además, detonantes que le vuelven a dar vida al silencio y la privacidad.

Por otra parte, algo más ocurre en paralelo.

Lo analógico reaparece. Libretas, papel, libros físicos. Objetos que no piden ser compartidos para existir. No es nostalgia. Es anclaje. Es la necesidad de peso y presencia frente a una vida excesivamente mediada, donde todo circula, pero poco permanece.

Y esto no significa el abandono del mundo digital, ni de la tecnología, para nada, significa su reordenamiento. No hay desconexión total, sino uso deliberado. Un poco menos de ruido, menos estímulos simultáneos. Menos obsesión. Lo que deja de ser protagonista vuelve a ser herramienta. Se usa cuando sirve. Se apaga cuando estorba.

La privacidad citada, entonces, cambia de estatus, deja de ser déficit y empieza a convertirse en lujo. Tal vez como respuesta a inquietud devastadora: ¿cuánta vida se pierde mientras se intenta mostrarla?

No estamos ante la caída de una figura, sino ante un ajuste cultural más profundo. Menos exhibición, más resguardo. Menos relato, más presencia. Menos personaje, más límite.

Más soberanía, más control, más cuidado, más libertad.

Hay una luz que expone que, probablemente, vivir volverá a ser suficiente.

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