Analistas 21/02/2026

¿Identidad?

Yamid Amat Serna
Creador conceptual

¿En qué momento, en el hermoso ejercicio que es vivir, abandonamos la idea de poder cuestionarnos si todo lo que puede plantearse es susceptible de legitimarse?

El “movimiento” de los llamados therians -“personas” que se identifican parcial o espiritualmente como animales- es algo más que una curiosidad digital vacía o una idea juvenil absurda. Es un síntoma. Y, como todo síntoma cultural, dice tanto de la época como de quienes la encarnan.

¿Al lugar al que hemos llegado? ¿Una sociedad rota que perdió la noción de identidad, realidad y límite? Durante muchos años convivimos con respeto con la idea del libre desarrollo de la personalidad, que aparentemente surgía como una “gran” conquista frente a sociedades rígidas, represivas y uniformadoras. Pero hoy estamos presenciando algo muy distinto: una aparente expansión ilimitada de la identidad que termina siendo una distorsión profunda de esta y, a su vez, del orden biológico y universal.

Todo lo que se hace y se plantea sin orden ni estructura no es más que dispersión. Estamos frente a un mundo que se resquebraja cada día de manera permisiva y vaga, donde se contempla el absurdo de preguntarle a un niño de 8 años: “¿De qué género se siente?”. Donde se pide valorar a quienes se creen mesa o árbol y donde se expone, sin mediación alguna, la posibilidad de interpretarse como gato, perro o zorro.

Cuando todo es validado sin mediación crítica, cuando toda autopercepción exige reconocimiento público inmediato, cuando disentir se convierte en agresión, la conversación se fractura y el sentido de la existencia se desvanece.

Y, como siempre, las redes sociales actúan como gran catalizador. Allí aterrizan la visibilidad, el aplauso a la rareza, el seguimiento al gesto extremo y a todo aquello que carece de fundamento. ¿Cuánto ha contribuido ese algoritmo a la falta de reflexión? ¿A premiar el exceso de singularidad llamativa? Es ahí donde la identidad se convierte en espectáculo.

Pero el problema no es que existan expresiones identitarias inusuales. Las ha habido siempre. El problema surge cuando se diluye cualquier criterio de orden, coherencia o realidad compartida; cuando la autoafirmación individual se vuelve incuestionable por principio; cuando cuestionar se interpreta como violencia.

Entonces aparece la comedia del absurdo: quienes defienden normas mínimas de racionalidad y límites basados en el sentido común son -o somos- presentados como intolerantes. La prudencia se convirtió en caricatura y el desacuerdo en patología.

Esa ampliación mal entendida de la libertad es uno de los focos del debilitamiento de la salud mental colectiva.

No es función mía ni de estas líneas diagnosticar personas, pero sí advertir sobre la peligrosidad de ciertas tendencias. La identidad no puede construirse desde lo efímero del deseo o de la moda. Requiere profundidad, anclaje y estructura. Sin eso, todo se convierte en una narrativa frágil que depende permanentemente de la aprobación externa. Toda sociedad necesita apertura, sí. Pero también necesita límites. Necesita acuerdos mínimos sobre lo que significa ser humano y convivir. No toda autodefinición exige adhesión obligatoria.

La gran preocupación no es solo que surjan estos “movimientos”, sino el vacío externo que los hace posibles y que, además, los sostiene.

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