“Nuestros ruegos no fueron escuchados, ahora son lamentos”.
Esta frase reposa en la parte inferior de un dibujo del artista colombiano Kevin Mancera, quien expone por estos días en la galería Nueve Ochenta en Bogotá.
Kevin es un extraordinario dibujante; su obra ha sido reconocida dentro y fuera del país, y en ella, advierte escenas cotidianas que representan todo lo humano: la soledad, el fracaso, el conflicto. Las pequeñas tragedias del día a día hacen parte de su ejercicio de reflexión; interpreta de manera clara los “Ecos de nuestra tristeza” y al mismo tiempo, de forma esperanzadora, nos invita a “llorar más para que duela menos”.
El arte tiene la facultad profunda de interpretar la realidad; tal vez por eso lo revisito de forma constante, y lo cito con recurrencia, probablemente en busca de inspiración, seguramente en busca de respuestas.
En medio de este mundo raro, dividido, fisurado y expuesto, creo que es sumamente importante atender los “ruegos”, oírlos con atención y precisión para evitar que se hagan “lamentos”.
El ruego aún contiene una forma de esperanza. El lamento, por el contrario, demuestra que la esperanza fue ignorada. Lo que no es atendido a tiempo, suele no desaparecer. Se enquista. Lo contenido viaja de la tristeza a la amargura y de la injusticia a la rabia. Pasa en lo íntimo y en lo social. Las personas, las ciudades, las industrias, las empresas, las sociedades y los estados exponen sus ruegos y cargan sus lamentos.
Es relevante revisar cuáles han sido los ecos de nuestra tristeza y, en consecuencia, creo oportuno detenerse a observar la realidad, sin anteponer las expectativas que cada uno de nosotros pueda tener de ella. Detenerse genera una incomodidad desafiante hacia todo lo que avanza rápidamente y eso, de cierta manera, permite entender que la velocidad es una forma de no ver, y que posiblemente estamos viendo muy poco. Por otra parte, observar permite conocer la diferencia entre lo que es y lo que interpretamos o creemos que debería ser.
Detenerse un instante y observar puede ser también una forma de protección, una manera de escuchar antes del grito, un acto de prevención, de anticipación. Una forma de contener una tragedia, una quiebra, un abandono o el estruendo de un derrumbe. Tal vez la posibilidad de creer que no todo será negado, o que no todo se ha abandonado.
Me detuve a observar la exposición de Kevin y recordé una vez más la condición humana. La necesidad de alivio, la carga del desprecio, el peso del silencio y el olvido, el peligro de una pena. El engaño de un gobierno, las ruinas de un sistema y la urgente necesidad de atención y observación a todo lo que antecede al estallido. Lo que a tiempo atiende, a tiempo se detiene.