Analistas 18/09/2025

Matrimonio

Yamid Amat Serna
Creador conceptual

Todos los seres humanos, sin excepción, podemos intuir y todos tenemos la capacidad de crear. No se trata de dones excepcionales reservados a unos pocos, sino de facultades universales. La intuición es esa voz interior que nos ofrece certezas sin explicación inmediata, como un destello que antecede a la razón. La creatividad es la facultad de transformar ese destello en forma, en relato, en solución, en obra o en manera de vivir. Una revela, la otra materializa. Quizá el más bello de los matrimonios. Ambas son músculos internos que todos poseemos; la diferencia está en qué tanto los ejercitamos y en qué tanto nos atrevemos a confiar en ellos.

La intuición es una forma de sabiduría que no necesita pruebas ni razonamientos. Es el presentimiento, la corazonada, la certeza que llega antes de cualquier cosa.

La creatividad, la increíble posibilidad de imaginar lo que aparentemente no existe.

Cuando estas dos dimensiones se encuentran, el individuo accede a un estado distinto: no repite, explora; no se limita, inventa. Y en esa invención encuentra sentidos: sentido intelectual, porque abre caminos de pensamiento más allá de lo obvio. Sentido personal, porque lo conecta con su autenticidad y con su capacidad de ser distinto. Sentido económico y laboral, porque le permite crecer, innovar y construir ventajas sostenibles. Y sentido colectivo, porque la historia de las sociedades que han sabido imaginar demuestra que la intuición y la creatividad compartidas han permitido saltos en la civilización que ninguna lógica estricta habría podido anticipar.

Ahora bien, ambas transgreden su utilidad y la expanden en otros planos. En el de la conciencia, por ejemplo, pues aparecen como reflexión profunda con una enorme capacidad de resignificar y dar nuevos sentidos a lo que vivimos y observamos en lo cotidiano. En la supraconciencia, se manifiesta como visión, revelación o inspiración que parece provenir de una fuente mayor a todo lo que conocemos.

Pero surgen dos preguntas, la primera: ¿De dónde viene esta fuerza? La neurociencia brinda algunas pistas: la creatividad activa neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, que generan placer y motivación; y abre circuitos entre los hemisferios cerebrales, facilitando asociaciones inesperadas. La filosofía añade otra dimensión: en la experiencia creativa, el ser humano toca algo que lo sobrepasa, una suerte de participación en la energía misma de la vida. Por eso, frente a un instante de alta creatividad, el cuerpo vibra, la mente se moviliza y el alma se reconoce activa.

La segunda: ¿cómo hacer que la creatividad y la intuición no dependan solo del azar?

Es importante aprender a cultivarlas y a promoverlas como un hábito vital, alimentarlas en el silencio, la curiosidad, la observación, el juego, la apertura al asombro, la libertad y el tiempo, pues no siempre se manifiestan con un estallido contundente; muchas veces susurran, y esto requiere una atención especial.

Vivir creativamente y activar la sabiduría que habita en la intuición, es aceptar que cada gesto puede ser un acto de invención: cocinar, escribir, amar, trabajar o soñar. Percibir el mundo con sensibilidad y misterio; probablemente esta sea la expresión de lo más íntimo de lo humano: la posibilidad de escuchar el murmullo secreto de la vida y darle cuerpo en cada acto, para hacer lo cotidiano excepcional y lo común extraordinario. Encontrarse con estas dos fuerzas vitales, entrar en su dimensión y desarrollarlas con determinación, hace parte del desafío de los días grises, donde todo se confunde y todo se nubla. Abrazar este ejercicio y avivar la llama de este matrimonio indisoluble entre la creatividad y la intuición, fuerzas esenciales de la existencia, pueden darle un giro al presente, encontrar narrativas que inspiren y movilicen, movimientos que trasciendan, romper límites en lo establecido y transformar no solo lo que pensamos y hacemos, sino lo que somos.

TEMAS


Creatividad - Innovación - Salud