Analistas 27/03/2026

Música

Yamid Amat Serna
Creador conceptual

“Sin música la vida sería un error”, dijo alguna vez el filósofo y escritor alemán Friedrich Nietzsche. Y cuánta razón tenía. Cuánta sabiduría en su planteamiento. Jamás quiso decir que la música es relevante; lo que expresó es que, sin ella, la vida misma pierde sentido y justificación.

Es difícil omitir que la vida, tal como se nos presenta, está exenta de dolor, caos, confusión y contradicción, pues todos son factores que hacen parte del camino y del ejercicio de vivir. Algunas veces la realidad suele lucir insoportable. Agobiante. Quizá por esa razón existe el arte: para ayudarnos a sobrellevar lo que emerge del absurdo, de lo injusto, a comprender lo que parece incomprensible y a interpretar el manifiesto de las múltiples formas de sentir, aquellas que traspasan la razón. Seguramente Nietzsche concebía la música como un lenguaje anterior y superior al racional, como algo más que un adorno, probablemente como un acto divino capaz de aproximarse a una verdad colectiva.

Sí, la música acerca, convoca, disuelve estructuras rígidas, rompe fronteras, unifica latidos; en consecuencia, y no en vano, los festivales de música han dejado de ser solo encuentros y se han convertido en motores de transformación. En lo práctico, su impacto es contundente: generan una actividad económica circular que dinamiza diferentes sectores. Activan el turismo, alimentan su cadena de valor completa -hoteles, transporte, gastronomía, servicios generales-; generan empleo directo e indirecto en gran escala. Y, como si todo esto fuera poco, fortalecen la integración social, construyen vínculos robustos y avivan una grata sensación de pertenencia con respecto a lo que se siente, a lo que se produce y estimula universalmente su propósito.

Este tipo de eventos estimulan el cerebro emocional, generando experiencias profundas y memorables. Habilitan la posibilidad de una conexión compartida que aumenta la felicidad. Hacen que algo permanezca, así no sepamos qué es: algo se asienta, tal vez un amplio estado de bienestar emocional o, por ejemplo, el ingreso a una bella dimensión terapéutica.

Un exponente representativo de este fenómeno en nuestro país es el Festival Estéreo Picnic, epicentro de la música en vivo en América Latina, el cual presentó el fin de semana pasado su edición número 15, con más de 130 actos musicales y más de 40 horas de música en vivo para más de 140.000 asistentes, de los cuales 40% fueron turistas, lo cual confirma su alcance global. El festival generó más de 12.000 empleos y tuvo un impacto cercano a US$80 millones. Podría continuar con las cifras, pero en un momento en el que estas también se amalgaman con todo lo que no se toca, con lo que no cabe en un balance, emerge una forma de alegría profundamente vinculante, una forma de valor que no transa, que motiva e inspira, que provoca catarsis y que, aunque no se crea, permite soportar la existencia en sus días inciertos y grises.

La música es una forma de redención; sin ella, como bien dijo Nietzsche, la vida sería un error.

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