Para nadie es nuevo saber y entender que el mundo en el que vivimos padece un cuadro de saturación de información complejo. Información de toda índole: valiosa, mentirosa, real, ficticia, humana, robótica, útil e inútil. Sin filtro. Y en eso la tecnología ha sido, con sus virtudes y sus vicios, gestora y protagonista principal del hecho, hecho que también ha sido capitalizado por diferentes sectores. Este fenómeno ha provocado la creación de un sistema o un modelo en el que el recurso más importante es, a su vez, el más escaso: el tiempo y la atención, la capacidad humana de prestar atención, la misma que, tristemente, se ha desdibujado y se ha hecho efímera.
Frente a tantos mensajes, el tiempo mental y emocional de cada uno de nosotros es contado: finito, escaso, pobre y agobiado. Razón por la cual asistimos al teatro de la histeria colectiva por robar segundos, clics, miradas y, ojalá, algo de recordación. Las plataformas digitales se encargaron hábilmente de convertir esos fragmentos de tiempo en monedas para así adquirir, a unas cifras muy alcanzables, la mayor cantidad de datos posible y, entonces, construir un ciclo de consumo a través de esa “retención” y de la captura momentánea de la atención esquiva. Sin duda, ese sistema se convirtió en un modelo económico: “la economía de la atención”.
Hasta ahí, comprensible. Al parecer, el interés oculto está en ocupar y, al mismo tiempo, distraer el mayor número de mentes.
Pero el tema no paró ahí. La “atención” ha dado un salto, tal vez a un abismo. Al abismo de la “tensión”. Pasamos de la atención a la tensión. Ya no es suficiente con el tiempo; ahora es necesario el estado emocional, pero un estado emocional alterado.
La ansiedad, la urgencia, la estimulación insaciable, la polarización y la incertidumbre constante. La tensión pasó de ser un momento o un clímax a un estado permanente, casi una condición operativa.
Si bien es cierto que la tensión tiene características interesantes relacionadas con lo productivo, pues acelera, crea consumo, visibilidad, genera combustión y puede ser vista como motor de transformación en cuanto a su relativo aumento de competencias, innovación, conexión y producción de datos, entre otros, tiene un riesgo tremendamente peligroso: el incalculable desgaste emocional y mental.
¿Qué pasa cuando una sociedad vive en estado de tensión y pierde la capacidad de estar en calma?
El agotamiento no es sostenible en el tiempo, ni para una familia, ni para una empresa, ni para un Estado. La sostenibilidad humana e industrial no puede basarse en un estado de tensión permanente. Sí, los algoritmos alimentan las emociones intensas porque descubrieron que generan mucha más interacción: el miedo retiene, la rabia navega rápido, la indignación viraliza y fideliza. Pero, evidentemente, podríamos estar frente a la creación de un modelo económico basado en el mercadeo de las emociones bajas. Una economía que produzca, venda y administre estados permanentes de tensión cognitiva social y política rompe con los esquemas de valor y de equilibrio de la sociedad, incluidos los beneficios de un capitalismo necesario que optimice, promueva el crecimiento y estimule el emprendimiento.
Ahora bien, es entendible en lo político la polarización como rédito, pues construye narrativas y hace parte de un camino estratégico ya comprobado en el mundo, pero es importante que no se traduzca en modelos de gestión que dinamicen la estabilidad interior. Que nutran la falta de tolerancia, que erosionen la capacidad de contemplación, la relevancia del disentimiento y acaben con la mesura que provoca un estado de reflexión.
La transformación de las emociones en activos económicos puede convertirse en uno de los ejercicios colectivos más disfuncionales y el tránsito de la atención a la tensión lo está insinuando, provocando y avivando.