Aquí todo lo compramos hecho

Maurice Armitage Cadavid

Hay anécdotas familiares que nos marcan y yo tengo la propia. A mis 25 años, la más odiosa de mis tías preguntó con un poco de inquina, mijo y usted qué hace, a lo que respondí: “Tía, yo no hago nada. Todo lo compro hecho”. Cuarenta años después, la expresión refleja lo que hoy nos pasa.

Se dice que Colombia es folclórica, pero cuando hablamos de la economía preocupa que nuestra mentalidad pragmática nos lleve por la vía que nos reventará en el mediano plazo. Muy posiblemente, sin la respuesta que di a la tía hace cuatro décadas, no hubiese ocurrido lo que vino después: el propósito de trabajar por producir en  Colombia, teniendo en cuenta que la necesidad inaplazable en un país de las dificultades e inequidades sociales del nuestro es la generación de empleo como prioridad absoluta.

No sé si por ideologías, modas trasnochadas de libre mercado, o facilismo e indolencia con el futuro de largo plazo, no vemos más allá. Hemos dejado de hacer por y para nosotros lo que otros hacen "por nosotros", pero para ellos. La patria boba se nos "desindustrializó".  Sigue un modelo inverso al de las economías que se desarrollan entendiendo que los servicios y la agricultura  deben ser compatibles con los empleos de la producción minero-energética y a partir de ella, con los de la producción de  manufacturas.

Y así muchas de nuestras industrias desaparecieron. Sucedió con Hilatel S.A, Fabrica de Tornillos Gutemberto S.A. y Manitex S.A.  Muchas otras se han visto obligadas a hacer una mezcla de ventas donde la producción nacional se disputa de igual a igual con lo que las mismas empresas importan para subsistir.

Confieso que aterroriza observar a un Gobierno cuyas políticas para la mayor presencia de Colombia en la economía internacional nos regresan al modelo de la producción y exportación de bienes primarios, donde el fortalecimiento de la producción local con alto valor agregado y contenido tecnológico tiene un lugar cada vez más  imperceptible en la agenda nacional y en las negociaciones internacionales, así como las manufacturas no tuvieron locomotora en el Plan Nacional de Desarrollo.

Sumada a la miopía del Gobierno, encontramos la falta de capacidad  de la entidad que nos agremia para advertir lo que se nos avecina. Que la Andi pregone un crecimiento sustentado en la exportación de recursos no renovables se pasa de ciego y evidencia que dejó de ser el gremio de los industriales, para asumir la representación del sector empresarial, pasando por alto que los países desarrollados lo son gracias a que se reconocen como industrializados.

En un país que clama por políticas estructurales de cadenas de producción industrial para formalizar oportunidades de generación de ingresos y de empleos dignos, desestimula que el Estado y la entidad gremial a la que corresponde generar clima de confianza para su fortalecimiento vean indiferentes cómo las industrias nacionales se ven obligadas a importar lo que podríamos hacer en Colombia.

Estamos retrocediendo a la época de los Fenicios y -de continuar sin dolientes nuestra desindustrialización-, estaríamos cerca de convertirnos en un país que subsiste del "trueque del siglo XXI". Es inequitativo y suicida el intercambio comercial que plantea negocios desde la  lógica absurda de permitir que nos vendan aquello que por múltiples razones no nos compran, transfiriendo nuestros empleos al exterior, en lugar de generarlos en Colombia.

No quiero sonar tan ¨regañón¨ como la tía odiosa, tampoco soy periodista ni escritor, pero como empresario colombiano enamorado de su país aprovecho esta tribuna para lanzar un SOS con una invitación; unirnos en torno a la apuesta de impulsar la industria nacional, para que nuestros hijos vivan en un país productivo, donde se responda: aquí todo lo hacemos.