Dirección correcta frente a los tratados comerciales

Jorge Humberto Botero

Dos meses después de la entrada en vigor del tratado de comercio celebrado con los Estados Unidos, no es posible detectar cambios en los flujos de comercio e inversión entre los dos países; el tiempo transcurrido es demasiado breve.

Si basáramos las expectativas de crecimiento de las exportaciones a nuestro principal socio comercial en su desempeño económico de corto plazo, el panorama no sería optimista. Las más recientes estimaciones del Fondo Monetario apuntan a que su tasa de crecimiento no superará el 2% durante este año y el 2,3% en 2013.

Sin embargo, las preferencias acordadas en esquemas de índole bilateral crean comercio nuevo, pero, igualmente, desvían flujos existentes desde países que no gozan de ellas hacia aquellos que las han estipulado. Imaginemos un producto cualquiera importado por los Estados Unidos de dos países distintos cuya calidad es la misma y el precio, incluido el arancel, también lo es. Si este se elimina para el que proviene de uno de ellos, el otro debería desplazarlo del mercado a menos que el primero reduzca el precio.

No se trata de un asunto menor

Puede significar que, así el escenario económico de los Estados Unidos sea, en la actualidad, mediocre, nuestras ventas de bienes de valor agregado a ese país pueden tener una dinámica interesante en un horizonte que, a falta de acceso preferencial, sería poco propicio. Por lo que refiere a la inversión extranjera, el reto actual para Colombia -que viene recibiendo flujos muy importantes desde hace ya casi una década- no consiste tanto en aumentarlos como en diversificarlos; hasta ahora han estado focalizados en minería, comercio de grandes superficies y sector financiero. Esto está bien aunque Colombia requiere un desarrollo más acelerado de la industria, la agricultura, la infraestructura y los servicios logísticos.

De ellos depende el crecimiento del empleo formal y, por ende, que tengamos una sociedad más igualitaria. Es decir, que se fundamente en el trabajo bien remunerado (porque es productivo, no por 'decreto'), provisto por unos sectores intensivos en mano de obra que compiten con éxito en el mercado internacional. Esto es lo que hace posible huir de la 'maldición de los recursos naturales', los cuales, como consecuencia de los elevados ingresos que generan para el Estado, permiten que el bienestar de la población provenga de los subsidios que la generosidad del caudillo de turno entrega a cambio del respaldo popular.

Democracia y petróleo no suelen ir de la mano. La integración de Mexico con los Estados Unidos y Canadá es singularmente importante por dos razones: como lleva en funcionamiento desde 1994, podemos juzgar sus resultados durante un periodo suficientemente prolongado para que los ciclos de auge y depresión de sus economías se compensen entre si; y porque los resultados demuestran beneficios evidentes para los sectores líderes en la generación de empleo productivo. En 1982, cuando imperaba en México un modelo de autarquía económica, la participaciones de las exportaciones de manufacturas a los Estados Unidos era del 24%; por el contrario, pesaban mucho -69%- las de petróleo.

En el 2011 las cifras habían evolucionado en el sentido inverso: las exportaciones de bienes procesados subieron al 80%, mientras que las de hidrocarburos cayeron al 16%. Esto es lo que le conviene a nuestro país: parecerse a México y no a Venezuela. La internacionalización de la economía, que es el camino que hemos elegido, nos coloca en la dirección correcta. Sin embargo, hay que apretar el paso para mejorar la competitividad, tarea fundamental del Estado, y la productividad, que es el gran reto de los empresarios.

Oportunidades y retos de los acuerdos

Para muchos empresarios el mapa de riesgos y oportunidades ha cambiado radicalmente. La nueva competencia externa puede erosionar su posición competitiva en el mercado doméstico, tanto como la de sus clientes y proveedores. Pero, al mismo tiempo, el acceso a bienes de capital y materias primas importadas puede ser una herramienta clave. Nada está escrito en piedra. 'Se hace camino al andar'.