El acento de una persona puede llegar a definir si la contratan para un empleo o no
sábado, 11 de abril de 2026
El Cede publicó un estudio que determina el impacto de los acentos en la vida cotidiana. Se encuestaron 6.000 personas en Bogotá
La forma de hablar puede abrir puertas... o cerrarlas. Un reciente informe del Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico, Cede, liderado por el profesor de la Universidad de los Andes Leopoldo Fergusson, reveló que los acentos asociados a clases altas no solo influyen en cómo se percibe a una persona, sino que también pueden determinar sus oportunidades laborales y sus relaciones personales.
En otras palabras, si alguien tiene un acento de clase alta, el mal llamado “gomelo”, es más probable que genere empatía en su entorno y acceda a mejores oportunidades laborales.
Esta idea no es nueva. Fergusson explicó que, desde hace décadas, la sociología ha estudiado cómo las diferencias de clase se reflejan en el comportamiento cultural. “El sociólogo francés Pierre Bourdieu ya advertía que elementos como el lenguaje, las formas de interacción y los gustos culturales funcionan como marcadores sociales”, dijo el profesor.
El nuevo estudio aporta evidencia cuantitativa en el contexto bogotano. Para la investigación se encuestaron 6.000 personas de distintas clases sociales en Bogotá. A los participantes se les presentaron perfiles idénticos en términos de educación e ingresos, pero con acentos distintos: algunos asociados a clase alta y otros a clase baja.
El profesor explicó que los resultados permiten concluir que “los acentos son una barrera implícita e inconsciente en las interacciones sociales”.
De acuerdo con el estudio, las personas con acento de clase alta son percibidas como más empáticas, confiables y deseables como amigos. Asimismo, en el ámbito laboral, son consideradas mejores colegas, socios potenciales e incluso más aptas para recibir ofertas de trabajo.
Las cifras son reveladoras. La percepción de confianza aumenta hasta en 16 puntos porcentuales frente a alguien con acento de clase baja. La preferencia como amigo alcanza cerca de 15 puntos, y la expectativa de ser contratado puede incrementarse hasta en 19 puntos. Además, estos acentos están asociados con mayores niveles de empatía, con una diferencia de 6,5 puntos porcentuales.
Este sesgo también se refleja en las relaciones laborales: una persona con acento de clase alta tiene una probabilidad 15 puntos porcentuales mayor de ser el colega preferido y 13,4 puntos superior de ser elegida como socio comercial.
Frente a estos resultados, Fergusson señaló que “no se trata de una ‘moneda justa’. La probabilidad puede inclinarse hasta 60% frente a 40%, únicamente por la forma de hablar”.
“Encontramos que hay una tendencia a preferir a la persona que habla parecido a mí, y eso es un factor a tener en cuenta en la reproducción de la desigualdad”, dijo el investigador.
¿Y qué ocurre con los acentos entre regiones? El profesor añadió que diversos estudios han demostrado que, cuando una persona migrante habla el idioma del país receptor con un acento marcado de su lugar de origen, puede enfrentar un “castigo” social. “Ese es el caso de un hispanohablante en Estados Unidos con un fuerte acento al hablar inglés, o de una persona africana en Francia que conserva rasgos notorios de su acento al expresarse en francés”, explicó.
Para el experto, la evidencia muestra que estos acentos pueden generar estigmatización, prejuicios y discriminación en distintos ámbitos. “Incluso pueden enfrentar dificultades adicionales para acceder al arriendo de vivienda. También se observan desventajas asociadas a la forma de hablar”, concluyó.
Aterrizando esta idea al contexto colombiano, Emmanuel Quiroga, sociólogo e investigador de la Universidad del Rosario, señaló que “si la capital de Colombia fuera Medellín, en vez de Bogotá, eso probablemente marcaría al acento paisa como el asociado a quienes ostentan una posición privilegiada en términos económicos y políticos en el país. Sin embargo, en la situación actual, hemos interiorizado que el acento bogotano, y en particular cierto acento bogotano de clase alta, es el que corresponde a quienes ocupan una posición económica y política privilegiada”.
El estudio del Cede pone sobre la mesa que la desigualdad no solo se mide en ingresos o nivel educativo, también se escucha. La forma de hablar, a menudo percibida como un rasgo menor, opera como un filtro que favorece a unos y limita a otros, incluso en escenarios cotidianos como una entrevista laboral o una interacción social.