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La película de la U. de Los Andes que muestra “que el pobre no es pobre porque quiere”

La institución desarrolló 'El juego de la vida', un largometraje basado en la historia de cinco familias que, durante 14 años, se enfrentaron al tablero de la pobreza y la desigualdad social

Sara Ibañez Pita

Cientos de estudios académicos y cifras demuestran que la pobreza, lejos de ser una ilusión o una decisión individual, es un problema estructural que afecta a millones de colombianos. Solo en 2025, 5,2 millones de personas estuvieron en condición de pobreza multidimensional, con una calidad de vida precaria.

Esta realidad llevó al Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico, Cede, de la Universidad de los Andes a desarrollar una investigación que muestra, con rostros, voces e historias, que “el pobre no es pobre porque quiere”, sino que existen múltiples condiciones que hacen muy difícil que un hogar en situación de pobreza logre pasar a la clase media y mantenerse allí. En palabras de Raquel Bernal, rectora de la institución, esta transición “es casi imposible”.

El trabajo, liderado por Andrés Ruiz Zuluaga, dio origen a ‘El juego de la vida’, un largometraje que sigue la historia de cinco familias que, durante 14 años, se enfrentaron a un tablero en el que, mientras unos pocos tienen asegurado un techo propio, un salario digno y acceso a educación de calidad, la mayoría debe abandonar sus sueños en busca de oportunidades.

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Después de acompañarlas durante más de una década y documentar de primera mano sus condiciones de vida, Ruiz aseguró que la película muestra cómo la desigualdad en Colombia está directamente relacionada con estructuras del entorno y trampas perpetuas que crean un juego desigual, “en el que, aunque algunas personas trabajan y trabajan, nunca logran salir de la pobreza. A veces, incluso, empeora su situación”.

Por su parte, Bernal explicó que la pobreza es una gran vulnerabilidad que funciona como una “sombrilla” de la desigualdad y el desempleo, e imposibilita la transición de un hogar pobre hacia la clase media. “Lo que estamos encontrando es que los hogares muy pobres y muy vulnerables sí tienen períodos en los que mejora su calidad de vida; sin embargo, cualquier cosa pequeña los tumba rápidamente”.

Algunas de estas dificultades son la falta de acceso a educación de calidad; la cercanía a contextos geográficos complejos, donde hay mayor ocurrencia de accidentes y fallas geológicas; la falta de vías e infraestructura adecuadas; así como el conflicto armado y la dependencia de los hogares de uno o dos integrantes que sostienen económicamente a la familia.

Dane

Para las mujeres, el panorama es todavía más complejo. “Encontramos un tema de género que lleva a que las madres solteras tengan una doble responsabilidad, pues están en medio de una dinámica en la que, además de trabajar, deben asumir el cuidado del hogar: un trabajo no remunerado”, recalcó Ruiz.

Todo esto conlleva a que la pobreza en Colombia sea mucho más profunda en algunas regiones y a que quienes viven en condiciones precarias requieran mayor protección social y estatal. Para Bernal, se necesita una política pública sólida que les permita mantenerse en mejores niveles de calidad de vida. De lo contrario, cualquier situación, por pequeña que sea, puede hacer que vuelvan a caer en condiciones de pobreza.

Si bien el largometraje muestra una leve mejoría en la vida de las familias protagonistas y deja una “señal de esperanza”, Ruiz señaló que también evidencia que el progreso de los hogares es muy lento y que, aunque muchos logran cierta movilidad social, “no resulta ser una salvación porque trae muchos dolores, como el abandono, el desarraigo y la pérdida de identidad”.

LOS CONTRASTES

  • Raquel BernalRectora de la Universidad de los Andes

    “Este documental es el corazón del dato que encontrábamos en la encuesta. Es la persona, el espíritu y los sueños: los cumplidos y los no cumplidos”.

  • Andrés Ruiz ZuluagaDirector

    “Lo que descubrí en toda la investigación es que mucha gente que trabaja muchísimo, nunca logra mejorar. A veces, incluso, su situación empeora así trabaje”.

Aunque la historia del país muestra una mejoría con reducciones en desnutrición infantil y las muertes neonatales, además del crecimiento en el promedio de educación de menores, Bernal advirtió que “todavía no hemos podido corregir las brechas entre estratos socioeconómicos altos y bajos, entre urbanos y rurales y entre étnicos”.

“Mejoramos en el promedio, pero las brechas siguen existiendo entre grupos minoritarios y grupos vulnerables y los demás. Y eso es lo que tenemos que trabajar con políticas de educación, protección social y salud”, recalcó la rectora.

Lo que hay detrás

La película se fundamentó en los resultados de la Encuesta Longitudinal Colombiana, Elca, que viene desarrollando la Facultad de Economía de la U. de los Andes desde 2008, por medio del seguimiento continuo de 10.000 hogares de diferentes zonas urbanas y rurales del país, para comprender a mayor profundidad los cambios sociales y económicos a nivel individual y familiar. A juicio de Bernal, “si la Gran Encuesta Integrada de Hogares del Dane es una fotografía de Colombia, La Elca es el video de nuestras vidas como colombianos”.

El estudio midió indicadores como pobreza, ruralidad, conflicto, primera infancia, desempleo y democracia y, pese a que ha revelado cifras que permiten comprender la realidad colombiana como los 2,5 millones de jóvenes que hoy en día no tienen trabajo, “solo las historias nos permiten sentir el peso de esas barreras económicas”.

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Por esa razón, Bernal descibrió el documental, no como un simple cambio de formato de la investigación académica, sino como un ejercicio de traducción de nuestra producción de conocimiento”. En ese sentido, deja ver “la realidad de un país desigual, pero también la resiliencia de quienes lo habitamos. Lo que antes eran puntos en un gráfico de dispersión, hoy son rostros, nombres y voces que nos cuestionan”, añadió.

En cuanto a la forma en que esta producción cambia la concepción de la pobreza, Ruiz resaltó que el documental permite reemplazar “el pobre es pobre porque quiere” por “muchos son pobres porque no todos tienen las mismas oportunidades”.

El juego de la vida, cinco historias de sueños

Esta es la historia de Inés María Álvarez, sus siete hijas y el hijo que perdió; Anyi Paola Rodríguez y Daniela Cruz Rodríguez, las amigas inseparables; la familia de los García y Mildred Leal y su hijo Donny Lozano.

La película rompe la pantalla negra con la risa de una familia que, después de abandonar y huir de su casa por una catástrofe que acabó con el municipio y que solo les dejó un pedazo de la fachada entre ramas y árboles, logró reasentarse y reubicarse en Bogotá y Medellín: entre el sonido del TransMilenio y del rap. De allí, la imagen se traslada a un abuelo que pasa sus días entre las mujeres del hogar que lo cuidan en su pensión y sus noches entre peleas de gallos que le hacen olvidar que sus bolsillos están vacíos, aunque nadie más lo sepa.

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Pero no termina allí: la cámara también llega hasta Córdoba, donde una madre y sus siete hijas conforman el grueso de un pequeño condominio de casas. Mientras la primera se debate entre conservar un billar que le dejó su hijo fallecido y endeudarse para montar una tienda y olvidar el dolor del primer amor que perdió; las demás dejan de ser niñas para convertirse en madres y amas de casa, aquellas que nunca partieron más allá de la costa para no dejar a su madre sola.

Casi al instante, la foto ya no es de un cielo soleado, sino uno nublado. En Simijaca, las protagonistas son dos niñas que, sin ser hermanas, se prometen pasar toda la vida juntas y verse entre ellas cumplir el sueño de ser diseñadora de modas y modelo o trapecista o futbolista. Y, pese a que ambas pierden a sus padres, la brecha entre la vida del campo y la ciudad las lleva a destinos diferentes, a lucharse entre el rebusque del campo y la velocidad de una capital, a entenderse como mujeres con derechos en una sociedad que les enseñó a sus abuelas que eran mucho menos que los hombres.

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El siguiente salto va de la finca a la central de abastos y el canto de una pequeña que se imagina haciendo música de grande. Ella es parte de una familia de cuatro: dos padres que se rebuscan el sustento entre plazas de mercado que compiten con las tiendas de retail; una hija mayor que, luego de quedar embarazada, empieza a dedicarse a su hogar y abandona la idea de ser policía; y una hija menor que se olvida del canto para traer un niño al mundo.

En este tablero, algunos cumplieron sus sueños como los imaginaron de niños y otros mutaron sus propósitos según las fichas con que les tocó jugar. Luego de 14 años, unos pocos se movilizaron y se encontraron con futuros más prometedores; sin embargo, muchos otros, aunque felices y agradecidos con los atenuantes de su entorno, se encontraron con que, en el juego de la vida, "no escogemos nuestras cartas, pero sí cómo jugarlas".

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Un director que también vivió la pobreza

Mario Andrés Ruiz sabe bien lo que es cruzar fronteras invisibles. Es comunicador social de la Universidad Externado de Colombia, magíster en creación literaria de la Universidad Central, documentalista y realizador audiovisual. Lleva casi dos décadas registrando las grietas y los sueños de su país. Su debut detrás de cámara, Cuestión de química, le valió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, el Santa Lucía a Mejor Documental en el festival que hoy se conoce como Bogoshorts y un lugar en la Muestra Documental del Ridm de Montreal.

Desde entonces, trabajó en la dirección de cortos como ¿Por qué no hacemos una obra? en 2014, Qué mi Dios se acuerde de mí en 2016 y Caminos empedrados en 2019, con los que ha confirmado su oficio para encontrar historias donde otros solo ven paisaje.

Ahora llega El juego de la vida, su trabajo más personal y ambicioso, debido a que, según relató, creció "en una familia pobre y fui la primera persona en obtener un título universitario. Ahí todo empezó a cambiar". Es precisamente esa experiencia propia la que le dio al proyecto su pulso más íntimo. Para él, la movilidad social no es un dato estadístico sino una transformación que lo toca todo: la forma de hablar, de vestir, de verse en el espejo. "Es un proceso de desarraigo y reinvención, de desafíos y dolor, pero también de esperanza", recalcó.

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Universidad de los Andes - Pobreza multidimensional - desigualdad - Calidad de vida