Automotor

La moto: motor del progreso social y económico

Andi

En Colombia, la moto mueve la economía, conecta territorios y abre oportunidades para quienes menos tienen. Proteger la vida es una responsabilidad compartida que el sector seguirá liderando con hechos

Iván Darío García Franco

En Colombia, la motocicleta se ha convertido en un motor visible del progreso social y económico. En 2025, el país alcanzó un hito histórico: más de 1,1 millones de motocicletas registradas en un solo año y un parque que hoy supera los 13,5 millones de unidades. Esta cifra refleja una realidad profunda: millones de colombianos encontraron en la moto una herramienta para movilizarse, trabajar y acceder a oportunidades. Para dimensionarlo, en 2000 Colombia tenía menos de un millón de motocicletas registradas y solo 18% de los hogares contaba con una.

Hoy, uno de cada tres hogares tiene motocicleta. Cerca de 63% de los nuevos usuarios gana menos de dos salarios mínimos y 91% pertenece a los estratos 1, 2 y 3. En un país donde la movilidad define oportunidades, la moto se ha consolidado como un instrumento de inclusión productiva. Más de 2,6 millones de personas dependen de ella para trabajar y, en regiones apartadas como Guaviare, Guainía o La Guajira, sigue siendo, en muchos casos, el único medio de transporte disponible.

El impacto económico es contundente. Por cada vehículo de cuatro ruedas que se vende en Colombia, se comercializan cuatro motocicletas. La cadena productiva genera más de 80.000 empleos formales, cuenta con 11 plantas de ensamble, cerca de 10.000 talleres, 9.700 puntos de venta y más de 18.000 establecimientos de repuestos. Su aporte equivale a 7,1% del PIB industrial del país y tiene un fuerte impacto territorial, especialmente en Cundinamarca, Antioquia y Valle del Cauca, que concentran 45% del mercado nacional.

Detrás de estas cifras hay historias que pocas veces ocupan el centro del debate público: hogares que mejoraron sus ingresos, jóvenes que accedieron a su primer empleo y familias que redujeron tiempos y costos de desplazamiento. Es cierto que existen retos y riesgos asociados, y deben abordarse con responsabilidad. Sin embargo, resulta limitado que parte del debate se concentre solo en el “pero” y no en el impacto transformador que la motocicleta ha tenido, especialmente en los hogares de menores ingresos.

A esto se suma la transformación tecnológica del sector. Un estudio reciente de la Cámara de la Industria de Motocicletas de la Andi, sobre los 10 modelos más vendidos del país -que representan 36,2% del mercado-, encontró que 100% incorpora tecnologías de seguridad activa comparables con mercados europeos, aunque hoy no son obligatorias por norma en Colombia. Frenos ABS o CBS, llantas certificadas y sistemas modernos de visibilidad ya son estándar, desmontando mitos que han distorsionado la conversación pública.

Además, en los últimos tres años el sector ha invertido más de US$1,2 millones en programas de formación y cultura vial, y para 2026 se prevén US$300.000 adicionales. Iniciativas como El Destino es Volver y Movemos Colombia han logrado millones de impactos y una conversación que convoca a todo el sistema vial.

Los retos existen, pero la respuesta no puede ser la estigmatización. La seguridad vial se construye con datos, corresponsabilidad y decisiones informadas.
En Colombia, la moto mueve la economía, conecta territorios y abre oportunidades para quienes menos tienen. Proteger la vida es una responsabilidad compartida que el sector seguirá liderando con hechos.

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