El negocio de la suerte y el azar

Juegos de azar, decisiones técnicas, no políticas

El sector de juegos de suerte y azar en Colombia enfrenta un desafío clave: la percepción pública y decisiones regulatorias basadas en cifras incompletas ponen en riesgo estabilidad de una industria que aporta recursos

Evert Montero

En el debate público, los juegos de suerte y azar suelen analizarse desde la percepción y no desde la técnica, se regulan con base en cifras incompletas, se formulan juicios sin comprender el modelo económico que los sostiene y, en no pocas ocasiones, se adoptan decisiones con una lógica coyuntural más política que técnica. Ese enfoque representa hoy uno de los mayores riesgos para la estabilidad de una industria que aporta de manera directa a la financiación del sistema de salud y a la economía formal del país.

El sector opera bajo un modelo altamente regulado y vigilado. Los operadores autorizados cumplen estándares estrictos en reporte, auditoría, prevención de lavado de activos, protección al consumidor y juego responsable. Sin embargo, la discusión pública suele partir de una premisa equivocada, se confunden montos apostados con ingresos reales y se sobredimensionan supuestas utilidades que no reflejan la realidad financiera del negocio.

Es fundamental entender el modelo económico. Aproximadamente 95% de las apuestas retorna a los jugadores en premios. El margen operativo restante debe cubrir costos tecnológicos, licenciamiento, cumplimiento regulatorio, inversión en seguridad, personal, tributos y transferencias obligatorias a la salud. No se trata de rentabilidades extraordinarias, sino de un equilibrio matemático delicado que garantiza sostenibilidad y recaudo. Cuando las decisiones regulatorias desconocen esta estructura, el impacto no es marginal, debido a que compromete la viabilidad del sector formal.

La inestabilidad jurídica y, especialmente, la inestabilidad tributaria constituye riesgos estructurales. Cambios frecuentes, interpretaciones variables y ajustes diseñados sin análisis técnico profundo generan incertidumbre, afectan la planeación financiera e inhiben la inversión. Un entorno impredecible reduce competitividad y debilita el mercado formal frente a jurisdicciones con reglas claras y estables. A esto se suma la sobrerregulación y las demoras administrativas en autorizaciones, trámites y reglamentaciones de nuevos productos. Cuando la oferta legal no puede evolucionar con agilidad, el mercado ilegal ocupa ese espacio con mayor rapidez, ofreciendo modalidades no autorizadas, promociones agresivas y condiciones sin control estatal.

Los ilegales no pagan impuestos, no transfieren recursos a la salud, no protegen al consumidor y no aplican políticas de juego responsable. Cada barrera innecesaria al sector formal se convierte, en la práctica, en una ventaja competitiva para la ilegalidad.

Otro riesgo relevante es la distorsión en las cifras que sirven de base para regular, ya que, cuando se utilizan indicadores equivocados -como equiparar volumen apostado con ingreso real- se construyen diagnósticos imprecisos que conducen a decisiones desproporcionadas. La política pública debe sustentarse en datos rigurosos, metodología clara y comprensión del modelo financiero de la industria.

El sector no solicita privilegios. Solicita estabilidad, proporcionalidad y decisiones fundamentadas en evidencia. Un mercado formal, técnicamente regulado y financieramente viable aporta recursos sostenibles al Estado, genera empleo y protege mejor al consumidor que un mercado debilitado por la incertidumbre o desplazado por la informalidad.

La discusión sobre los juegos de suerte y azar debe elevar su nivel. No puede seguir girando alrededor de percepciones o cifras mal interpretadas. Se requiere rigor técnico, análisis financiero serio y coherencia regulatoria. Solo así el país podrá garantizar que esta industria continúe cumpliendo su función económica y social, sin sacrificar sostenibilidad ni abrir espacio a la ilegalidad.

TEMAS


Apuestas - Políticas públicas - Impuestos