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Francis Halzen ganó el Nobel de Física por rastrear partículas del universo bajo el hielo

Halzen nació el 23 de marzo de 1944 en Tienen, Bélgica, y está vinculado a la Universidad de Wisconsin-Madison, en Estados Unidos

Valentina Sánchez Forero

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El hielo del Polo Sur se convirtió en una herramienta para estudiar el universo gracias a una idea de Francis Halzen. El científico belga recibió el Premio Nobel de Física de 2026 por sus contribuciones al observatorio IceCube y al descubrimiento de neutrinos de alta energía provenientes del espacio.

La Real Academia Sueca de Ciencias reconoció su papel en un proyecto que permite investigar algunos de los fenómenos más extremos del cosmos. Para hacerlo, utiliza un kilómetro cúbico de hielo equipado con 5.160 sensores de luz, capaces de registrar señales de partículas que casi siempre pasan inadvertidas.

Halzen nació el 23 de marzo de 1944 en Tienen, Bélgica, y está vinculado a la Universidad de Wisconsin-Madison, en Estados Unidos. A sus 82 años, recibe el reconocimiento como único ganador del Nobel de Física de esta edición, después de décadas dedicadas a impulsar esta forma de observar el espacio.

Pero ¿qué son los neutrinos? De acuerdo con la información suministrada, son partículas diminutas, sin carga eléctrica y con una masa muy pequeña. Hay tantos que, cada segundo, unos 65.000 millones procedentes del Sol atraviesan la uña del dedo meñique de una persona sin que esta lo note.

Su principal característica también explica por qué resulta tan difícil estudiarlos: pueden atravesar el cuerpo humano e incluso la Tierra sin chocar con la materia. Solo en ocasiones muy poco frecuentes ocurre una interacción que permite detectarlos.

La apuesta de Halzen fue buscar esas señales bajo el hielo de la Antártida. Cuando un neutrino choca con el núcleo de un átomo, puede producir otras partículas que emiten luz al desplazarse por el hielo. Los sensores registran ese rastro y ayudan a reconstruir la dirección y la energía del neutrino.

El científico presentó la idea en 1988, junto con su colega John G. Learned, durante una conferencia en Polonia. Años después, investigadores e ingenieros comenzaron a convertir la propuesta en un observatorio instalado bajo la superficie del Polo Sur.

El camino tuvo dificultades. Las primeras pruebas encontraron hielo lleno de burbujas que dispersaban la luz y dificultaban las mediciones. Sin embargo, a más de 1.400 metros de profundidad, el equipo encontró hielo mucho más transparente, donde las señales podían viajar largas distancias.

Para instalar los equipos, los investigadores abrieron agujeros con agua caliente y bajaron cables con sensores antes de que el agua volviera a congelarse. Actualmente, los instrumentos de IceCube están ubicados entre 1.450 y 2.450 metros bajo la superficie.

El observatorio quedó terminado en 2011. En 2013, el equipo presentó las primeras evidencias de neutrinos de alta energía procedentes del cosmos. Con más observaciones, pudo confirmar que había detectado partículas cuyo origen estaba mucho más allá del sistema solar.

La importancia del hallazgo está en la información que transportan. A diferencia de otras partículas, los neutrinos no se desvían por los campos magnéticos del espacio. Por eso, su trayectoria ofrece pistas sobre los lugares donde se producen y sobre los procesos que ocurren allí.

Los científicos buscan entender qué fenómenos naturales pueden acelerar partículas hasta energías muy superiores a las alcanzadas en los laboratorios terrestres. Los neutrinos también pueden aportar información sobre regiones ocultas por polvo y otros materiales que dificultan observarlas con telescopios convencionales.

"Su perseverancia y visión científica han abierto el camino a un nuevo tipo de astronomía", afirmó Mark Pearce, presidente del Comité Nobel de Física, al destacar el liderazgo de Halzen en un equipo internacional de investigadores e ingenieros.

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