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De Rockefeller a Musk, cómo evolucionó el poder del dinero en más de un siglo

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Mientras el magnate del petróleo acumuló unos US$1.300 millones (US$40.000 millones actuales), Musk ya supera los US$839.000 millones, cerca a umbral del primer trillonario

Valentina Sánchez Forero

La historia económica vuelve a plantear una pregunta que ya había surgido hace más de un siglo: ¿qué significa que una sola persona acumule una riqueza tan grande que parece imposible de dimensionar? A comienzos del siglo XX, ese interrogante tenía nombre propio: John D. Rockefeller. Más de 100 años después, en plena era tecnológica, el debate gira en torno a Elon Musk, cuya fortuna supera los US$839.000 millones y lo acerca a una cifra que nunca ha existido en la historia moderna: US$1 billón. Lo que separa a ambos no es solo el tiempo. También lo es el tipo de economía que construyeron y la forma en que acumularon poder.

En la época de Rockefeller, la idea de un “billonario” era prácticamente incomprensible. Para ponerlo en contexto, a comienzos del siglo XX un trabajador promedio en una fábrica podía ganar alrededor de 20 centavos por hora, mientras que US$1 podía pagar una comida completa en un restaurante de lujo.

En ese escenario, la fortuna de Rockefeller, que superó los US$1.300 millones hacia 1915, parecía desproporcionada. Ajustada por inflación, esa cifra equivaldría hoy a unos US$40.000 millones, pero esta conversión no refleja su peso real.

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Si se mide frente al tamaño de la economía, Rockefeller llegó a controlar cerca de 3% del PIB de Estados Unidos, lo que hoy equivaldría a más de US$1 billón. Es decir, aunque en términos nominales su riqueza era menor que la de Musk, su influencia relativa sobre la economía era grande.

Hoy, Musk no solo ha superado los US$800.000 millones, sino que en menos de una década el número de personas con más de 100.000 millones ha crecido hasta al menos 18 individuos. En 2017, nadie había alcanzado ese nivel.

Cómo construyen imperios

El modelo de Rockefeller fue el de la concentración total. Fundó Standard Oil en 1870 y, en cuestión de décadas, logró que su empresa controlara cerca de 90% del mercado petrolero estadounidense.
Su participación en la compañía rondaba 25%, suficiente para convertirlo en el principal beneficiario de un negocio que generaba enormes flujos de efectivo. Entre 1883 y 1906, Standard Oil distribuyó aproximadamente US$550 millones en dividendos, permitiéndole expandir su riqueza hacia otros sectores como ferrocarriles, bancos y acero.

Musk, en cambio, ha seguido una lógica distinta. Su fortuna no depende de un solo monopolio, sino de múltiples apuestas simultáneas. Posee cerca de 43% de la compañía resultante de la integración de SpaceX y xAI, valorada en alrededor de US$1,25 billones.

A esto se suma su participación en Tesla, donde mantiene cerca de 12% de las acciones, además de otras inversiones tecnológicas. Su estrategia no ha sido controlar un solo mercado, sino posicionarse en varios de los más importantes del futuro: energía, inteligencia artificial, transporte y espacio.

La naturaleza de la riqueza

La estructura de sus fortunas también marca una diferencia fundamental. Rockefeller acumuló riqueza basada en activos físicos y tangibles: refinerías, oleoductos, infraestructura logística y redes de distribución que generaban ingresos constantes y predecibles. Incluso en momentos de crisis económica, su negocio mantenía flujos de caja estables.

Musk, en cambio, concentra su patrimonio en acciones y valoraciones de mercado, lo que introduce una volatilidad significativa. Su fortuna puede aumentar o disminuir en decenas de miles de millones de dólares en cuestión de semanas. Solo en febrero de 2026, su patrimonio creció en US$64.000 millones, impulsado por movimientos en el mercado y valoraciones empresariales.

El ejercicio del poder económico también ha evolucionado. Rockefeller tenía un control directo y casi absoluto sobre una industria estratégica. Podía influir en los precios, en la producción y en las condiciones del mercado con decisiones internas de su empresa. Su poder era tangible y visible. Musk, por su parte, ejerce una influencia más distribuida, pero igualmente profunda. Sus empresas no controlan un solo recurso, pero sí participan en sectores que definirán el futuro. La transición hacia energías limpias, el desarrollo de la inteligencia artificial y la expansión de la actividad espacial son áreas donde sus decisiones tienen un impacto global. Esto convierte su poder en algo más difuso, pero también más amplio, porque no se limita a un solo mercado.

LOS CONTRASTES

  • Quentin ParrinelloDirector de políticas Observatorio Fiscal UE

    “Existe un tríptico cada vez más claro. Se necesita más dinero, los superricos acumulan cada vez más riqueza y terminan pagando menos impuestos que el resto de población”.

  • Darien ShanskeProfesor de impuestos Universidad California

    “Tenemos un gobierno federal que ha entrado en modo supervillano, que parece tomar deliberadamente de los pobres y la clase media para dar a los ricos”.

Las estrategias empresariales de ambos reflejan sus contextos históricos. Rockefeller se enfocó en la eficiencia, reduciendo costos al mínimo y optimizando cada etapa del proceso productivo. Su obsesión por el control lo llevó a establecer acuerdos secretos con ferrocarriles, obtener tarifas preferenciales y eliminar a la competencia mediante adquisiciones o presión económica.

Episodios como la “masacre de Cleveland”, donde absorbió a 22 de 26 competidores, muestran la agresividad de su modelo. Musk, en cambio, no se centra en reducir costos dentro de un sistema existente, sino en transformarlo. Sus empresas buscan redefinir industrias completas, lo que implica asumir riesgos elevados y apostar por innovaciones que no siempre garantizan resultados inmediatos.

La reacción social

La reacción social frente a estas fortunas ofrece una de las comparaciones más reveladoras. En la época de Rockefeller, el rechazo fue intenso y generalizado. Su figura se convirtió en símbolo de desigualdad y abuso de poder, lo que llevó a una fuerte presión pública y política. Esta presión se tradujo en acciones concretas, como la disolución de Standard Oil en 1911 y la introducción de impuestos progresivos. En el caso de Musk, la reacción ha sido más compleja. Durante años fue visto como un innovador que impulsaba el progreso tecnológico, pero esa percepción ha comenzado a cambiar. Encuestas recientes muestran que una mayoría de la población considera que los multimillonarios contribuyen a la desigualdad, y cerca de 58% tiene una opinión desfavorable sobre Musk. Aun así, existe una coexistencia entre admiración y crítica que no era tan evidente en tiempos de Rockefeller.

¿Y el Estado?

La relación con el poder político también ha cambiado. Rockefeller operaba en un entorno donde el Estado comenzó a intervenir para limitar el poder corporativo, estableciendo precedentes regulatorios que marcaron el siglo XX. Musk, en cambio, se mueve en un contexto donde la regulación aún está en proceso de adaptación frente a nuevas tecnologías. Su influencia no solo proviene de su riqueza, sino también de su capacidad para interactuar directamente con gobiernos, influir en políticas públicas y participar en debates globales sobre tecnología y economía. Esto refleja una relación más dinámica y menos estructurada entre el poder económico y el político.

El uso de la riqueza es otro punto clave. Rockefeller destinó aproximadamente US$540 millones a la filantropía, financiando universidades, investigación médica y proyectos sociales que tuvieron un impacto duradero. Su hijo continuó esa labor, aportando otros US$537 millones. Estas inversiones contribuyeron a la creación de instituciones que siguen vigentes hoy.

Musk, por su parte, ha tenido un enfoque diferente. Aunque ha realizado donaciones, su impacto principal se da a través de sus empresas, que están transformando sectores completos. Esta diferencia refleja un cambio en la forma en que los grandes empresarios influyen en la sociedad, pasando de la redistribución de riqueza a la transformación directa de la economía.

A pesar de todas estas diferencias, ambos casos comparten un patrón fundamental. La acumulación extrema de riqueza genera tensiones que eventualmente se traducen en cambios estructurales. En el caso de Rockefeller, estas tensiones llevaron a reformas regulatorias y fiscales que redefinieron el capitalismo estadounidense. En el caso de Musk, el proceso aún está en desarrollo. El creciente debate sobre impuestos a la riqueza, regulación tecnológica y desigualdad sugiere que podrían producirse transformaciones similares, aunque en un contexto global mucho más complejo.

Y es que la comparación entre Rockefeller y Musk permite entender que las grandes fortunas no son solo el resultado del talento o la innovación individual, sino también de momentos históricos específicos en los que las reglas del juego están cambiando. Ambos supieron aprovechar esas transiciones, construir imperios y acumular riqueza en niveles que desafían la comprensión. Pero también muestran que ese poder no es absoluto ni permanente.

En el caso de Rockefeller, el final de su historia empresarial también revela un giro importante. Tras la fragmentación de Standard Oil y el creciente rechazo público, el magnate se retiró progresivamente de los negocios y dedicó sus últimos años a la filantropía. Murió en 1937, a los 97 años, con una imagen pública mucho más favorable que la que tuvo durante el auge de su poder. Este cambio no fue inmediato, sino el resultado de décadas de inversión en causas sociales, educativas y médicas que terminaron redefiniendo su legado.

Musk, en contraste, sigue en plena etapa de expansión. Su fortuna no solo crece, sino que lo hace en un contexto de alta volatilidad, donde los mercados pueden alterar su posición rápidamente. Aun así, su ventaja frente al resto de los multimillonarios es amplia: supera por más de US$500.000 millones al segundo más rico del mundo. Este margen refuerza la idea de que su caso podría marcar un punto de inflexión en la historia económica contemporánea.

Otro elemento que diferencia ambas épocas es la velocidad con la que se construyen las grandes fortunas.

Rockefeller tardó décadas en consolidar su imperio, en un proceso gradual ligado al desarrollo industrial. Musk, en cambio, ha visto crecer su patrimonio de forma mucho más acelerada, impulsado por la dinámica de los mercados financieros y la tecnología. En menos de una década, el mundo pasó de no tener ningún individuo con más de US$100.000 millones a tener varios, y a uno solo acercándose al US$1 billón. Esta aceleración es una de las características más notables del capitalismo actual.

También es clave entender que el impacto de estas fortunas trasciende lo económico. Rockefeller influyó en políticas públicas, en la regulación de monopolios y en la creación de instituciones modernas. Musk, por su parte, tiene la capacidad de influir en debates globales sobre inteligencia artificial, transición energética y exploración espacial. Sus decisiones no solo afectan mercados, sino también el rumbo de sectores que definirán el futuro de la humanidad. Esto amplía el alcance del poder económico hacia dimensiones que antes estaban reservadas a los Estados.

Estados presionan con impuestos a fortunas

En contraste con la reducida carga del impuesto federal sobre la renta que hoy enfrentan los contribuyentes de mayores ingresos en Estados Unidos, en niveles históricamente bajos, gobiernos estatales están avanzando en propuestas para gravar con mayor intensidad a los más ricos, destacándose California, donde toma fuerza una iniciativa que busca establecer un tributo de 5% sobre el patrimonio de los multimillonarios, promovida por sectores progresistas y respaldada por el senador Bernie Sanders y el economista Emmanuel Saez.

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Elon Musk - Poder adquisitivo - Índice de multimillonarios de Bloomberg