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sábado, 28 de marzo de 2026
La distribución del trabajo de cuidado muestra que mujeres que no tendrían más destino que cuidar deciden acudir al mercado laboral y, cuando lo hacen, mejoran la vida de ellas y sus familias
Lina Fernanda Buchely Ibarra
A finales del año pasado, el popular Ross Douthat del New York Times lanzó un podcast dedicado a discutir si las mujeres dañamos o no los espacios laborales. Discutían ahí si las mujeres somos chismosas, demasiado colaborativas y problemáticas. Abogaban también por un mejor destino para las mujeres: el hogar y el cuidado, con ahínco.
Este no es un problema del contexto norteamericano. Soy profesora universitaria hace casi veinte años y recientemente he visto, como nunca, que varias estudiantes se retiran de sus carreras porque se casan y sienten que su formación profesional es incompatible con su rol como esposas. Sienten que el hogar es su único destino.
El 8M y la imaginación de las mujeres en el mundo productivo van de la mano. Por ello, es frecuente encontrar balances sobre el cierre de las brechas de género, sobre todo, en temas de autonomía económica en estas fechas. Estos balances se suelen concentrar en indicadores que muestren cómo las mujeres podemos estar más y mejor en el mundo público, en el mundo productivo.
Con esa lupa, podemos decir varias cosas: vamos bien en la inclusión de mujeres en la educación superior y hay esfuerzos considerables en la inclusión en áreas Stem-A, pese a que las tasas de desempleo de las mujeres y el porcentaje de brecha salarial para nosotras siga siendo de dos dígitos.
Sin embargo, dentro de los balances que menciono, un avance notable en América Latina es la implementación de varias y diversas políticas de distribución de trabajo de cuidado. Ya en Colombia es común leer y hablar sobre sistemas de cuidado, manzanas de cuidado, Conpes de cuidado, encuestas de uso de tiempo.
Todos esos esfuerzos parten de varias premisas, sustentadas empíricamente desde que la Cepal nos recomendó medir estadísticamente la disparidad de dedicación del trabajo de cuidado entre varones y mujeres: si el Estado abre posibilidades de distribución del trabajo de cuidado para las mujeres, esas mujeres van al liberar tiempo que usen para ser autónomas. Para tener proyectos de vida más sostenibles. Para generarse más bienestar.
En concreto, la distribución del trabajo de cuidado muestra que mujeres que no tendrían más destino que cuidar deciden acudir al mercado laboral y, cuando lo hacen, mejoran la vida de ellas y sus familias.
La paradoja de las políticas de cuidado es que no tienen financiación pública. El caso emblemático en Colombia es Bogotá, pero la salida de Usaid puso en jaque los recursos que vía cooperación tenían ese destino. La distribución en redes de mujeres es poderosa, pero ha mostrado sus limitaciones en contextos urbanos.
La pandemia hizo evidente que nos va a costar más de un confinamiento lograr que los varones cuiden de manera paritaria. Pero lo que ha mostrado más resultados a nivel global para esto es la incorporación de políticas de cuidado empresariales.
Llevo cinco años haciendo un seguimiento de estas políticas y el mundo productivo tiene aquí una real apuesta: son las empresas las que pueden generar, para las mujeres, posibilidades reales de trabajo productivo que partan de la distribución social del cuidado. Son las empresas las que pueden, ahora mismo, hacer algo por las mujeres.