Colombia contra Inglaterra en el Mundial de Rusia: 48 horas en vela por una entrada

Para miles de aficionados colombianos en Rusia, la emoción de la victoria ante Senegal duró cuanto demoraron en darse cuenta que ver a la Selección ante Inglaterra no iba a ser fácil ni barato.

Víctor Diusabá Rojas

Viernes 29 de junio, 8:00 a.m., Samara:

Aún da vueltas en la memoria el cabezazo de Yerry Mina que, primero, pega abajo y, luego, se mete por entre el esfuerzo inútil del arquero N’Diaye de Senegal y la insólita pasividad de su compañero Gueye, encargado de cuidar el primer palo.

Y aún retumban el grito de gol y esa explosión de júbilo inmortal que sucede al pitazo del árbitro, eso que decreta tantas cosas: el final de un duro partido, la clasificación a octavos, el primer lugar del grupo…Y, sobre todo, la constatación de que Colombia tiene con qué seguir adelante en esta carrera del mundial más loco de todos.

Viernes 29 de junio, 9:00 a.m., Samara:

Hay que salir lo más pronto hacia Moscú, porque los planes de marchar hacia Rostov del don (si Colombia era segunda) han dejado de existir. La ruta indica la capital rusa. ¿Avión? No, los tiquetes están a $2 millones y pico por trayecto, imposible. Los  trenes no tienen una litera vacía. No queda más opción que la de bus o automóvil para hacer los 1.058 kilómetros.

Google, que, como decía alguien, todo lo sabe, marca 14 horas y 20 minutos. Vale creerle. Pero también tomarse el dato con cuidado. La experiencia de los últimos días, detrás de la Selección, dice que las carreteras en Rusia, o al menos estas que apuntan hacia Siberia, son  estrechas y mal señalizadas. Y, a veces, con muchos huecos que deja el paso de los duros inviernos.

Viernes 29 de junio, 3:00 p.m., Samara:

No queda más que buscar un transporte privado. Los buses escasean. Un grupo de colombianos (Alejandro, Álex y Enrique) tienen cupo en un automóvil alquilado que tomaron en Minsk, la capital de Bielorrusia y con el que ya han hecho no menos de seis mil kilómetros en lo que va del Mundial. Son correcaminos y van en un medio todoterreno. Es la mejor de las soluciones, solo que su plan es el de tomar carretera en la noche.

Mientras oscurece, ellos prefieren probar la temperatura de las aguas del Volga y aceptan tomarse fotos con decenas de bañistas que se los piden en la playa citadina de Samara. La alegría y la espontaneidad cautivan a los rusos. Más, la música que sale de un parlante en torno al que termina por armarse una fiesta chica y contagiosa que ellos, los anfitriones, siguen con palmas y leves intentos por tomar el ritmo.

Viernes 29 de junio, 9:00 p.m., Samara:

El sol recién comienza a irse. En realidad lo hará por un rato nada más. Antes de las tres de la madrugada de nuevo ya será de día. Samara queda atrás. Antes de partir, una cena. El menú manda Borsch (la tradicional sopa rusa de remolacha y tomate), khachapuri (un pan alargado que sabe a almojábana con yema de huevo a punto en su centro, una delicia de la cocina de Georgia) y algo de cerdo y pollo bañado en salsa de queso. Ah, y una visita de curiosos a una afrenta y a un símbolo local. La afrenta, esa que nos hacen en Samara con un bar que se llama Pablo Escobar. Y la insignia, el cohete que sirve de atractivo para el museo aeroespacial de la ciudad.

Sábado 30 de junio, una de la mañana: lo dicho, se avanza poco porque hay que tener tanta precaución con las precarias condiciones de la vía que con algunos  conductores rusos, dispuestos algunos de ellos a correr todos los riesgos al timón. Pero el tema de quienes van en el carro y miles de colombianos más no es ese, ni siquiera la trascendental victoria de apenas unas horas antes frente a Senegal. Lo que en realidad trasnocha a estos viajeros y a tantos más es la imposibilidad hasta ese momento de tener una entrada para el partido de este martes ante Inglaterra. Algunos lo intentan en su computador portátil, otros en los teléfonos móviles. Aparte, de sus familias en Colombia o en otros lugares del mundo que intentan obtener el derecho a entradas en Moscú, siguiendo de memoria el procedimiento establecido por la Fifa. Pero no hay respuesta. O sí la hay, no hay boletas disponibles. O si las hay, no hay forma de hacerse a ellas. El sistema rechaza las operaciones.

Sábado 30 de junio, tres de la madrugada, a 450 kilómetros de Samara y a 850 de Moscú:

El sueño acecha. Un motel destinado a camioneros resulta muy bueno a cambio de US$9 por cama (poco más de $25.000 que cuesta la noche). Aire acondicionado, camas confortables, baños limpios y, lo más importante, wifi.

Sábado 30 de junio, el mismo lugar, 3:30 a.m.:

Antes que descansar, los pasajeros y la tripulación del medio todoterreno siguen conectados, con la falsa ilusión de que el horario les ayudará para ganar un puesto en la fila de venta de entradas, hasta encontrar respuesta. Eso es, nada más que una ilusión.

Sábado 30 de junio, 8:00 a.m.:

El automóvil se mete de nuevo en el camino a Moscú. No hay pausa en los empeños de llegar a Moscú y de conseguir lo otro, la boleta, aparte de una parada en un restaurante de cocina tayika y uzbeka que resulta tan sabrosa y reveladora, como acogedora e inolvidable.

Sábado 30 de junio, 10:00 p.m., Moscú.

Hace frío y llueve. Sobra fatiga y faltan boletas. Hay que buscarlas mañana. En la red y en los puntos mismos de venta de la Fifa.

Domingo 1 de julio, 7:00 a.m. (o antes), Moscú:

Miles de solicitudes para obtener tiquetes a Colombia – Inglaterra en el legendario estadio del Spartak de Moscú rebotan una y otra vez como pelotas de tenis contra el infranqueable muro de la Fifa. No hay otra posibilidad que apostar a las sedes oficiales o al temido mundo de la reventa.

Domingo 1 de julio, 10:00 a.m., Moscú:

El sitio de venta de entradas más reconocido en esta capital parece una tienda de ocasiones. Solo que sin nada que vender. Unos hinchas intentan las rebajas; en realidad, los precios oficiales en las taquillas. Salen con cara de derrota. “No hay tiquetes”, dice por megáfono y en inglés una mujer con cara de querer despedir a la multitud que se niega a marcharse

Domingo 1 de julio: 12:00 p.m., Moscú:

En la acera del otro lado, en la esquina,  la reventa tiene su carpa. Docenas de hombres de muchas nacionalidades (rusos, rumanos, vietnamitas, senegaleses y otros que se niegan a contar de dónde vienen) preguntan a la salida de la estación de metro si usted necesita ‘tickets’. O si es colombiano, con eso les basta. Entonces, sacan de sus carteras de mano fajos de entradas. Empieza ahí el  baile de la oferta y la demanda, reguladas por nadie. Piden, sin rubor, entre US$600 y US$750 por una entrada. Y todo indica que hay quien los paga, a juzgar por los mutuos grados de satisfacción, una vez terminan las negociaciones El Mundial vuelve a recordar que cada paso adelante de la Selección es una alegría, una alegría que cuesta. Y a veces, mucho. O mejor, demasiado.

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