Esta Rusia, tan seductora y económica

Hinchas estiran sus presupuestos iniciales.

Víctor Diusabá Rojas

En Rusia, el mejor indicador para el bolsillo de un turista mundialista suele ser un billete de 100 rublos, equivalente a US$1,66 o a unos $4.850. Quizás como, guardadas las proporciones, es tener y hacer uso de US$20 Nueva York o de 10 euros en Madrid.

Mejor dicho, 100 rublos en Rusia son una especie de medida para saber qué es caro y qué es barato. 100 rublos vale una cerveza belga importada (una Stella Artois, por ejemplo), o pasajes para un grupo de cuatro personas en bus o en metro, o casi (unos 20 céntimos más) dos botellines de agua pequeños.

Pero más allá de esa caprichosa, y arbitraria medida, tras ir de una ciudad de las proporciones de Moscú; pasar por la encopetada San Petersburgo (en donde uno duda si se encuentra en Rusia o en una capital de Europa central); pasar por la pequeña Saransk (convertida en sede del campeonato con la pretensión de lavar su imagen como ciudad carcelaria); aventurarse por la provinciana Uliánovsk; y meterse de cabeza en Kazán, una ciudad intermedia un poco más grande que Cartagena de Indias; después de ese periplo, el viajero tiene que admitir que en Rusia la relación costo – calidad para quien va de visita es una de las mejores del mercado de destinos.

Claro está, si es que al viajero le da por algo tan sencillo como preguntar. En las aplicaciones de traducción en ruso, por ejemplo, a sabiendas que ese es el primer obstáculo con que se encuentra quien debuta como visitante en un mundo en el que inglés es una alternativa no siempre efectiva.

Transporte, alimentación, hospedaje, cultura, regalos, imprevistos… Esa lista de siempre deja respuestas esperanzadoras para el presupuesto con que se cuenta. Comencemos por el primero: moverse en las líneas públicas (metro, bus, tranvía) es fácil, cómodo, seguro y muy económico, aparte de estar perfectamente señalizado. Esos $900, casi $1.000, de un tiquete en tren subterráneo resultan ser cada vez menos cuando se va de una estación de un extremo a otro de Moscú.

Ahora bien, los taxis resultan tan escandalosamente caros como usted lo quiera o lo sorprendentemente barato si se toma el trabajo de hacerse a la mínima herramienta, un teléfono celular con un plan de datos que, durante quince días de servicio ilimitado de internet y 500 minutos de llamadas locales, le puede salir por el equivalente en moneda local a $85.000.

Si usted toma un taxi en la calle y el conductor le pregunta, una vez usted le da su destino, qué cuánto está dispuesto a pagar, sepa que está a punto de hacer un mal negocio en Rusia. Pero si pide un taxi por aplicación o un Uber, se va a encontrar con que al cabo de 15 o 20 minutos de viaje deberá sacar no más de dos billetes de 100 rublos (menos de $10.000) para llevarse una buena cantidad de vueltas en monedas.

Entonces, así como un taxista en la San Petersburgo bella y, aparte, toda glamour, le puede intentar sacar 1.000 rublos (casi $50.000) por diez rublos, en Kazán una mujer en un taxi último modelo cobra 200 ($10.000) por llevar a cuatro pasajeros con cuatro maletas de largo aliento e igual número de morrales, en un trayecto superior a los cinco kilómetros.

Comer, y bien, se mueve bajo la misma fórmula. Con el fin de la era comunista (o el fin de buena parte de ella, porque aún se vive una época de transición), las grandes cadenas de comidas rápidas han invadido al país. Y los precios de ‘combos’ y demás paquetes establecidos por esas compañías son muy similares a los de Colombia, entre los $15.000 y los $25.000.

Solo que si se quiere descubrir de verdad a Rusia, como a cualquier otro lugar que se descubre, hay que entrar en su cocina y disfrutarla. O al menos tratar de degustar sus platos.

Y así como Rusia es inmensa, la propuesta culinaria no se le queda atrás. Hay cosas que resultan muy conocidas como la ensalada de remolacha y cebolla que las abuelas ponían a la mesa en Colombia, solo que con lentejas o algún otro grano. Y hay pinchos (o chuzos, como los llaman en el Valle del Cauca), de cerdo, pollo y carne de res.

Y sopas, bastantes sopas, que son muy importantes en los meses de frío (ocho, y a veces diez al año), pero mucho menos apetitosas ahora, cuando la temperatura comienza a subir hasta los 30 grados aquí, en Kazán.

La rassólnik (cebada perlada, papa, pepinillos que le dan carácter y trozos de carne o pollo); y el borsch, la más famosa de todas, con remolacha, fríjoles y, por qué no, manzanas, ya que su receta depende de la región.

Pero si hay cocinas que probablemente resulten más cercanas a nuestro paladar son las de Georgia y Uzbekistán. Con un plato a la cabeza: el jachapuri, un pan alargado con tanto queso como la almojábana o al pandebono y la yema de un huevo en el centro. Al que se suman los jinkali, ravioles inmensos rellenos de carnes al gusto.

¿Y los precios? Si se buscan los barrios antes que los cascos históricos, es fácil dar con sitios que tienen cartas amplias que se pueden disfrutar por no más de $30.000 un almuerzo, incluida la bebida y un postre para compartir.
Por supuesto, los hoteles tienen gama universal. Desde los más lujosos en Moscú cinco estrellas, para multimillonarios, hasta un Airbnb en un barrio, a ocho o diez paradas de metro del casco histórico, por $50.000 la noche para dos personas, con los propietarios del apartamento como asesores que no cesan en ayudar todo el tiempo a salir de dudas.

Más el atractivo definitivo, el de un país lleno de historia, con ella a la mano para tocarla y vivirla. Rusia es eso, atractiva, o más que eso: seductora. Y si a eso se le suma el hecho de barata es lo que el mundo está descubriendo por estos días con el Mundial, un destino que tiene todo del derecho a ser lo que ya amenaza ser, favorito entre muchos favoritos.

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