Instrumento del progreso

El país debe desarrollar los recursos del subsuelo

Francisco José Lloreda

Hace un par de años una importante empresa tecnológica y académicos de la Universidad de Westminster trazaron su visión sobre el mundo en el próximo siglo. La imagen presentada parecía digna de una película futurista propia de Hollywood: edificios gigantes y algunos subterráneos, ciudades arropadas en burbujas bajo del mar y el dominio de la Inteligencia Artificial, serían parte de la cotidianidad del 2022 según este vaticinio.

Es fácil equivocarse cuando de proyecciones a largo plazo se trata, pero lo que parecería inevitable es que en las próximas décadas la población mundial seguirá creciendo -salvo que la humanidad se concientice del impacto ambiental del crecimiento demográfico- y con ello la demanda por servicios, alimentos y, por supuesto, por energía. Por eso pensar en el futuro implica también pensar en de qué manera se van a suplir las necesidades de una humanidad cada vez más numerosa y con altas expectativas de calidad de vida.

Entre cifras y balances, expertos de la Agencia Internacional de Energía y de la Universidad de Columbia, entre muchos otros prestigiosos centros de investigación, muestran que en las próximas décadas (40-50 años), las energías renovables tendrán un mayor crecimiento, pero que los combustibles fósiles continuarán siendo una de las principales fuentes de energía, en especial el gas natural, y en menor grado el petróleo. Lo anterior, debido a que la base de demanda de la que parten las fuentes renovables es baja y es difícil reemplazar abruptamente a los hidrocarburos como fuentes de energía, por su poder calorífico, por su relativa facilidad de transporte y por que su precio; comparado con otras fuentes, sigue siendo competitivo. Incluso aquellos países como Francia que hablan de prohibir la venta de vehículos que funcionen con gasolina y diésel, plantean estas metas a 20 o 30 años.

Colombia es un país privilegiado en fuentes de energía, empezando por la hidráulica. Cuenta además con depósitos importantes de petróleo y gas en el subsuelo y condiciones solares y de viento propicias en algunas regiones, para atender la demanda interna y ser un gran exportador. Además ha sido un país privilegiado porque en los últimos cien años ha contado con una industria que ha apalancado su desarrollo, desde el momento en que se descubrió petróleo en el campo La Cira-Infantas en Santander, en abril de 1918.

Desde ese momento y luego con la construcción de la refinería de Barrancabermeja, el futuro del país se dividió en un antes y un después. El país pudo autoabastecerse de combustibles y derivados del petróleo y despegaron industrias tan importantes como la automotriz y la aviación, y se construyeron importantes proyectos de infraestructura vial, puertos y aeropuertos, jalonando otros sectores de la economía e interconectando al país.

Además de lo señalado, la industria se convirtió en uno de los principales contribuyentes. En 2014, para citar un ejemplo, 30 empresas petroleras aportaron el 30% del impuesto de renta; el 30% siguiente, 3,500 empresas de distintos sectores y el 40% restante, un poco más de 2,000,000 de colombianos. Esto sin contar los aportes del sector en regalías, derechos económicos y dividendos de Ecopetrol. No en vano, pese a que la industria representa 7% del PIB, se convirtió en un instrumento fundamental para el desarrollo del país y sus regiones.

Es así que en la última década, con recursos de regalías del sector extractivo el país ha podido construir o mejorar 50,047 kilómetros en carreteras, construido y equipado 748 instituciones educativas, 271 entidades de salud, beneficiando la calidad de vida de los colombianos, en especial de los que viven en territorios más apartados; ha contribuido a que 111.000 colombianos salgan de la pobreza extrema y 468.000 más salgan de la pobreza.

Esto sin contar las cientos de hectáreas reforestadas e incorporadas en programas de conservación en los que la industria petrolera invierte a través de los programas del 1% de inversión forzosa y de compensación ambiental (como parte de sus obligaciones dentro de las licencias ambientales) y a programas de inversión voluntaria, estimados en COL $350 mil millones. Es decir, además de los ingresos que le genera al Estado, es una industria comprometida en lo social y lo ambiental. Así lo ha demostrado en los últimos cien años.

Es difícil saber cuál será la fuente principal de energía en 100 años; es posible que no lo sean los combustibles de origen fósil, la hidroeléctrica, la eólica y la solar. Los avances de la ciencia y la tecnología, todos los días nos apantallan. Lo que sí es previsible es que en las próximas décadas el mundo avance hacia una diversificación de sus fuentes de energía; un fenómeno que se dará a ritmos distintos en cada región del mundo. Y en ese proceso, el petróleo y en especial el gas natural, estarán presentes, brindando confiabilidad al sistema eléctrico, ayudando a que la economía se mueva y los habitantes del planeta tengan calidad de vida.

Colombia no debe estar ausente. Es su deber, en las próximas décadas, desarrollar de una manera responsable sus recursos del subsuelo: convertirlos en instrumento de progreso. Sería incomprensible no hacerlo, dejarlos enterrados, con tantas necesidades. La industria petrolera cumple sus primeros cien años sirviéndole a Colombia y está en condiciones de seguirlo haciendo y ayudar a que millones de colombianos a tener mejor calidad de vida.

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