Judicial
Quién es quién en el derecho
El derecho también es código
viernes, 2 de octubre de 2026
José Miguel de la Calle
Por muchos años, la relación entre empresa y derecho ha funcionado de manera bastante simple. Primero se concebía el negocio y después aparecían los abogados. Su labor consistía en revisar contratos, conseguir permisos, advertir riesgos y dictaminar si aquello que los empresarios habían imaginado podía hacerse o no.
Dicho modelo se está quedando obsoleto. La inteligencia artificial, la transformación digital y la economía de los datos están borrando la frontera entre el diseño de un negocio y su arquitectura jurídica. El derecho ya no es solamente una capa legal o regulatoria que se agrega al final. Cada vez más, forma parte del código fuente de las empresas.
Imaginemos, por ejemplo, una compañía que utiliza inteligencia artificial para analizar a sus clientes y ofrecerles productos personalizados. Desde el inicio aparecen preguntas jurídicas: ¿qué datos puede utilizar?, ¿para qué?, ¿puede alimentar con ellos un algoritmo?, ¿cómo evitar discriminaciones?, ¿quién responde por sus decisiones?, ¿qué ocurre con la propiedad intelectual?, ¿hasta dónde se pueden personalizar precios y ofertas?
Las respuestas no determinan solamente si el negocio es legal. Pueden cambiar el producto, el algoritmo, la estructura contractual y hasta el propio modelo de negocio, y ahí está lo interesante. Por eso, el abogado que llega al final, llega tarde.
La asesoría jurídica tradicional ha sido construida principalmente alrededor del riesgo: identificar aquello que puede salir mal y evitarlo. Ello sigue siendo indispensable, pero para nada suficiente. El abogado de la nueva economía tendrá que entender también de oportunidades.
Una regulación puede imponer restricciones, pero también abrir mercados. Una buena arquitectura de datos puede convertirse en ventaja competitiva. Un sistema serio de gobierno de inteligencia artificial puede generar confianza y, por ende, negocios. Una estrategia de propiedad intelectual puede aumentar el valor de una compañía. Y entender las reglas de competencia puede hacer posibles modelos de colaboración que de otra manera serían inviables.
Esto implica cambiar las organizaciones. Tecnología, negocios, estrategia y derecho no pueden seguir trabajando en compartimentos separados. Los ingenieros no deberían construir primero para que los abogados revisen después.
Y paradójicamente, aunque la propia inteligencia artificial automatizará buena parte del trabajo que tradicionalmente han realizado los abogados (buscar jurisprudencia, revisar contratos, comparar documentos o producir primeros borradores), ello no significa necesariamente que se requerirán menos abogados.
Significa que se necesitará otro tipo de abogado: uno menos procesador de información y más arquitecto de soluciones; uno menos dedicado a explicar por qué algo no se puede hacer y más capaz de encontrar cómo hacerlo correctamente.
Así, llamar al abogado cuando el negocio ya está diseñado es demasiado tarde. Porque el derecho ahora está dentro del negocio, y no solo alrededor de él.