Reforma Tributaria 2022

¿Reforma tributaria para quién?

Catalina Hoyos

Puedo coincidir con algunos de los objetivos del presidente. Creo en un país en paz, creo en un país productivo, creo que debemos hacer reformas que busquen la diversificación y que tengan como norte la industrialización del país, así como su desarrollo tecnológico.

Pero, también, creo que la única manera de construir es pararse sobre lo construido. No es mostrar un resultado nuevo, sino uno mejor.

El proyecto de reforma tributaria que nos han presentado nos deja un mensaje claro: aquí hay que castigar a quienes producen, a quienes quieren producir y a quienes pagan impuestos. Generalizar la educación, la salud, las condiciones laborales y los servicios, sin duda, nos concierne a todos. Pero no podemos olvidar que alguien, por más “gratuito” que algo parezca, tiene que pagar las cuentas. No es inteligente espantar a quienes pagan por ellas.

El proyecto, lejos de las promesas del gobierno, castigaría fuertemente a los empresarios, a las empresas, a la clase productiva del país, a los que quieren ser productivos, a los pobres que se dan pequeños lujos con chucherías locales, a los trabajadores que dan dinamismo al consumo y a las industrias de las cuales vivimos (óiganlo bien, vivimos). También premia a los improductivos de siempre, que cosechan grandes fortunas, como a todas esas iglesias de garaje que creen que la vida espiritual, por más material que sea, no debe contribuir con nada.

Si se aprueba, tendremos que decirle a los inversionistas que en este país se pagarán más impuestos que en Dinamarca, pero que no tendremos acceso ni a la sombra de los servicios que allí ofrece el Estado. Los inversionistas tendrán que saber que al sumar los impuestos a la sociedad y al socio terminarán por pagar tasas que bien podrían superar 70% de lo que producen, sin contar con los demás tributos locales y parafiscales que no se reforman y que siguen ahí como si nada.

Tendremos que decir que este país estaba brillando por tener un ecosistema innovador, que ya no queremos promover. Mejor digamos de una vez, sin eufemismos, que lo mejor es que los inversionistas no vengan, o que se vayan rápido, porque no queremos que nos sigan sosteniendo.

Tendremos que decir que todos sabemos lo importante que son las industrias extractivas, pero que hacemos reformas para sacarlas corriendo. Que aquí parece que no sabemos hacer transiciones sino destrucciones para tratar de inventar cosas nuevas así no sepamos cómo se hacen ni cómo van a resultar.

Tendremos que decir que aquí, encima de la inflación que ya es el peor impuesto que puede soportar un pobre, expedimos reformas tributarias con medidas proinflacionarias que no van a afectar en mayor medida a los más ricos. Los más ricos siempre podrán ir a donde quieran ir y podrán decidir que este no es el mejor lugar para permanecer y podrán hacer piruetas para luego mirarnos de lejos con nostalgia.

Tendremos que decir que los discursos de la lucha de clases no han estado acompañados de políticas que fomenten la creación de empresas, la innovación y el desarrollo de los pobres. Que vamos a educar a las generaciones futuras, pero no para que sean productivas.

Y lo que es peor, tendremos que decir que había un país, que aunque parecía ingobernable, en las últimas décadas se había ganado un lugar en la lista de quienes lo venían haciendo bien. Pero que de repente quiso cambiar por completo de rumbo, porque aquí nadie es capaz de dar crédito al adversario. Y eso es lo que nos hace malos perdedores y también malos ganadores.

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