Ante el TLC con Corea no hay de otra: hay que ser excelentes

Luis Fernando Vargas Alzate

Después de todas las discusiones generadas con el tema de la negociación de un Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Colombia y Corea del Sur, el proceso llegó a su final.

En definitiva, pudo más la perseverancia y los buenos oficios del gobierno colombiano, que la gestión de algunos sectores que argumentaban afectaciones directas a sus intereses. Podría decirse, incluso, que es un triunfo de la sensatez sobre la obstinada causa de algunos deseos particulares.

Tal como se pudo observar en múltiples medios de comunicación, con la visita de la delegación surcoreana, encabezada por el presidente Lee Myung-bak, se logró poner punto final al proceso y se espera que en los próximos meses los legislativos de ambos países ratifiquen los textos y se trace una fecha definitiva para la puesta en vigencia del tratado. Como es norma en estos asuntos, la negociación antecede la firma, pero la ratificación es la que realmente otorga luz verde a su implementación.

El bilateralismo entre Colombia y Corea del Sur tiene su punto de inicio a mediados del siglo XX, cuando la Guerra Fría desarrollaba sus conflictos periféricos y trasladó uno de ellos a la península coreana.

Colombia se solidarizó muy particularmente con la defensa del sistema democrático -junto con la economía de libre mercado- y, de la mano de Washington, terminó llevando más de mil hombres a territorio asiático. Ese hecho marcó el inicio de una relación fraterna que se consolidó en los años 70 con la apertura de embajadas, primero la coreana en Bogotá (1971) y luego la colombiana en Seúl (1978). No obstante, el dinamismo de la citada relación fue realmente pobre hasta principios del siglo XXI, cuando el segundo gobierno de Álvaro Uribe Vélez reactivó el diálogo con diversos actores de Asia Pacífico.

En 2009, con el establecimiento de la oficina en Colombia de la Koica (Agencia de Cooperación Internacional de Corea), los lazos entre las dos naciones cobraron tal fuerza que se propuso la realización de un estudio de pre-factibilidad para la negociación de un TLC entre ellas.

Una vez determinada la viabilidad del mismo, se determinó la segunda semana de diciembre (del mismo año) para dar comienzo al proceso que acaba de darse por terminado. Además, porque el avance comercial así lo ha exigido.

Las compras nacionales hechas a Corea el año anterior tuvieron una cifra récord de US$1.149 millones; mientras que las ventas, a pesar de haber descendido en relación con 2010, alcanzaron los US$276 millones, según lo reportado por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

El TLC es la oportunidad para nivelar el marcado desequilibrio de la balanza comercial que tiene a Colombia con un déficit que para 2011 se situó alrededor de los US$900 millones.

Si bien, la implementación de lo negociado va a tardar un tiempo importante, debe considerarse que los períodos de desgravación acordados son consecuentes con la urgencia y necesidad del sistema productivo nacional de modernizarse y hacer frente a las exigencias de los mercados internacionales.

Es real que los sectores privilegiados con el acuerdo están situados en el primer renglón de la economía, pero la industria y manufactura también tendrán opciones en la medida en que logren aprovechar los tiempos que se establecieron para adelantar procesos de reconversión.

Se trata pues, de no lamentarse más. Antes que ello, es momento de entablar diálogo directo con todas las instancias del gobierno que han determinado apoyar la búsqueda de mayor competitividad y concretar cada vez más asociaciones público-privadas que potencien el ingenio, la creatividad y la innovación de los nacionales. Es la única y correcta vía; realmente no hay otra.

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