Hacienda

Banco Mundial ajusta a la baja el crecimiento regional a 2,1% y proyecta 2,2% para Colombia

Gráfico LR

En el frente fiscal, el déficit del país alcanzaría 4,9% del PIB en 2026, mientras que la deuda pública se ubicaría en 66,7%

Valentina Sánchez Forero

América Latina sigue avanzando, pero a un ritmo que no alcanza. El más reciente informe del Banco Mundial dibuja un panorama claro: la región crecerá apenas 2,1% en 2026, por debajo de 2,4% estimado para 2025, consolidándose como una de las zonas más rezagadas del mundo en términos de dinamismo económico.

Aunque los indicadores macroeconómicos muestran cierta estabilidad, el crecimiento per cápita, el que realmente refleja el bienestar, “apenas aumentará”, lo que implica que los ingresos de los ciudadanos seguirán estancados. En otras palabras, la economía avanza, pero no lo suficiente como para generar un cambio estructural.

El informe revela que la región enfrenta una combinación de obstáculos persistentes: altos costos de financiamiento, incertidumbre global y debilidades internas que frenan la inversión. Aunque el consumo privado continúa siendo el principal motor, su impulso es limitado.

Esto se explica porque los ingresos reales se recuperan lentamente y el crédito sigue siendo costoso. Las empresas, por su parte, mantienen una postura prudente. La inversión, clave para el crecimiento de largo plazo, sigue rezagada.

El resultado es una economía que depende del gasto de los hogares, pero carece de un motor fuerte en productividad e innovación. Esta divergencia se refleja incluso en la confianza: mientras los consumidores muestran una leve mejora, las empresas siguen cautelosas frente a un entorno incierto.

¿Y Colombia?

En este contexto, Colombia no es la excepción. El Banco Mundial proyecta que el país crecerá 2,2% en 2026, por debajo de 2,6% estimado para 2025, lo que confirma una desaceleración gradual.

Gráfico LR

A esto se suma la inflación. A diferencia de otros países de la región, Colombia seguirá enfrentando presiones inflacionarias por encima de la meta del banco central, lo que ha obligado a mantener una política monetaria restrictiva.

En el frente fiscal, el déficit alcanzaría 4,9% del PIB en 2026, mientras que la deuda pública se ubicaría en 66,7%. Más preocupante aún, el pago de intereses consume cerca de 9% del gasto total del gobierno, reduciendo el margen para invertir en infraestructura o programas sociales.

"Para que América Latina y el Caribe aumente el crecimiento y diversifique sus economías, las políticas industriales o de productividad necesitan invertir en la base: habilidades, apertura e instituciones sólidas, las condiciones que permiten a las empresas asumir riesgos, innovar, competir y crecer", señaló William Maloney, economista jefe del Grupo Banco Mundial para América Latina y el Caribe.

El peso de la incertidumbre global

El entorno internacional tampoco ayuda. El informe advierte que la economía global atraviesa una fase de desaceleración, con menor crecimiento en economías clave como China y Europa, lo que reduce la demanda externa para América Latina.

A esto se suma la persistente incertidumbre en la política comercial, que aunque ha bajado frente a sus picos recientes, sigue por encima de los niveles históricos. Este factor afecta directamente las decisiones de inversión y las cadenas de suministro globales.

Pero uno de los riesgos más relevantes es el conflicto en Medio Oriente. La volatilidad en los precios de la energía ha generado nuevas presiones inflacionarias, lo que podría retrasar la reducción de tasas de interés a nivel global.

LOS CONTRASTES

  • William MaloneyEconomista jefe del Grupo Banco Mundial para América Latina y el Caribe

    "Para que América Latina crezca y diversifique su economía, necesita invertir en lo básico: habilidades, apertura e instituciones sólidas que impulsen la innovación y el crecimiento".

Este escenario obliga a los bancos centrales a actuar con cautela. Bajar tasas demasiado rápido podría desestabilizar las monedas y reavivar la inflación, mientras que mantenerlas altas prolonga el costo del crédito y frena la inversión.

Pese al panorama general moderado, el informe muestra una región cada vez más heterogénea. Algunos países destacan por su dinamismo.

Guyana lidera el crecimiento con 16,3%, impulsado por la expansión petrolera, mientras Paraguay crecería 4,4% gracias a sus exportaciones agrícolas y estabilidad macroeconómica. Argentina, tras un fuerte ajuste fiscal, también emerge como una sorpresa positiva con un crecimiento proyectado de 3,6%.

En contraste, economías grandes como Brasil (1,6%) y México (1,3%) enfrentan una desaceleración más marcada, afectadas por condiciones financieras restrictivas y dudas en política comercial.

Centroamérica, por su parte, muestra resiliencia. Países como Costa Rica, Guatemala o El Salvador mantienen un crecimiento sólido, apoyado en remesas, servicios y mayor integración a cadenas globales.

El dilema fiscal

Uno de los puntos más críticos del informe es el estado de las finanzas públicas. Aunque la deuda se ha estabilizado tras la pandemia, sigue en niveles elevados y los costos de financiamiento continúan siendo altos.

Esto tiene consecuencias directas. Los gobiernos destinan cada vez más recursos al pago de intereses y menos a inversión productiva. El Banco Mundial advierte que este patrón limita la capacidad de respuesta ante crisis futuras.

Además, existe un problema estructural en el gasto público; tiende a crecer en épocas de bonanza, pero es rígido a la baja en momentos de ajuste, lo que obliga a recortar inversión, afectando el crecimiento a largo plazo.

A pesar de este escenario, el informe no es completamente pesimista. América Latina cuenta con activos estratégicos clave en el nuevo orden global. La región posee cerca de 50% de las reservas mundiales de litio y un tercio del cobre, fundamentales para la transición energética. Además, cuenta con una matriz energética relativamente limpia y una posición geopolítica atractiva en un mundo que busca diversificar cadenas de suministro.

El fenómeno del “nearshoring”, la relocalización de producción hacia países más cercanos a los mercados, abre una ventana de oportunidad. Sin embargo, aprovecharla dependerá de factores internos.

Panorama del sector financiero

En el frente financiero, América Latina y el Caribe muestra señales de resiliencia, aunque en un contexto todavía desafiante marcado por condiciones globales restrictivas. El ciclo de endurecimiento monetario iniciado en 2022 elevó los costos de endeudamiento en toda la región, lo que se tradujo en un aumento moderado de los préstamos en mora. Sin embargo, los datos más recientes indican que estos riesgos se han mantenido contenidos y que no existen señales de estrés sistémico en los sistemas bancarios.

De hecho, parte de la estabilidad, e incluso del leve incremento, en los indicadores de morosidad responde a factores técnicos más que a un deterioro estructural. El menor crecimiento del crédito, en un entorno de condiciones financieras más estrictas, ha afectado los ratios de cartera vencida tanto por efectos de composición como por cambios en el denominador, lo que sugiere que la calidad crediticia subyacente no se ha deteriorado de forma significativa.

Brasil se configura como la principal excepción dentro de la región. Allí, los préstamos morosos han aumentado de manera gradual, reflejando los efectos rezagados de tasas de interés reales elevadas y condiciones financieras más adversas, especialmente para los prestatarios más vulnerables. Aun así, los niveles de morosidad permanecen moderados en comparación con estándares históricos y el sistema bancario mantiene una sólida capitalización, lo que reduce los riesgos inmediatos, aunque exige monitoreo constante.

En contraste, otras economías relevantes como Colombia, México, Perú y Chile han logrado mantener estables, e incluso reducir, sus indicadores de cartera vencida. Este comportamiento ha sido respaldado por estándares crediticios prudentes, marcos regulatorios sólidos y, en algunos casos, un mejor desempeño macroeconómico reciente que ha contribuido a sostener la capacidad de pago de hogares y empresas.

No obstante, más allá de la estabilidad en la calidad del crédito, la región enfrenta desafíos estructurales importantes en términos de profundidad financiera. El acceso al crédito privado sigue siendo limitado y desigual, lo que restringe el potencial de crecimiento económico. En economías como Brasil, Colombia, México y Perú, el crédito al sector privado se sitúa entre 40% y 60% del PIB, niveles acordes con países de ingreso medio, pero aún por debajo de economías más desarrolladas.

Chile destaca como un caso atípico, con un nivel de profundización financiera cercano a 125% del PIB, comparable con economías dinámicas de Asia. Este desarrollo refleja la fortaleza de sus instituciones y un sistema financiero más sofisticado. En el extremo opuesto, Argentina presenta un nivel excepcionalmente bajo de crédito al sector privado, cercano a 15% del PIB, como consecuencia de una prolongada inestabilidad macroeconómica y del desplazamiento del financiamiento hacia el sector público.

Estas brechas evidencian que, si bien la región ha logrado preservar la estabilidad financiera en un entorno adverso, el desarrollo de mercados de crédito más profundos y eficientes sigue siendo una tarea pendiente. La limitada intermediación financiera no solo restringe la inversión y el crecimiento empresarial, sino que también reduce las oportunidades de generación de empleo y productividad, afectando el crecimiento de largo plazo.

Comercio exterior

El comercio internacional sigue siendo clave para que los países crezcan más rápido, especialmente los más pequeños. En términos simples, cuando un país vende y compra con el mundo, accede a mercados mucho más grandes, nuevas tecnologías y más competencia, lo que mejora la productividad. Por ejemplo, hay países de América Latina como Chile y Perú que, gracias a sus acuerdos comerciales, pueden acceder a cerca de 90% del PIB mundial, mientras que otros como Colombia, México o Panamá llegan a entre 60% y 70%. En cambio, economías más cerradas como Brasil o Argentina solo alcanzan alrededor de 20%, lo que limita sus oportunidades.

Los acuerdos comerciales (como tratados entre países) son la herramienta principal para lograr esa apertura. Hoy no solo bajan aranceles, sino que también facilitan temas como inversión, reglas claras y comercio de servicios. En promedio, los países del mundo tienen acceso preferencial a cerca de 24,8% del PIB global a través de estos acuerdos, pero en América Latina hay grandes diferencias dependiendo de cuántos acuerdos tiene cada país y con quién los firma.

Además, no es lo mismo comerciar con países ricos que con países de menor ingreso: el PIB per cápita promedio de los socios comerciales a nivel global ronda los US$30.426, lo que muestra la importancia de conectarse con economías de alto poder adquisitivo.

También importa qué tan bien encajan las exportaciones de un país con lo que otros compran. Esto se mide con un indicador que va de 0 a 100, cuanto más alto, mejor alineación. Por ejemplo, México tiene uno de los niveles más altos porque su industria manufacturera encaja muy bien con la demanda de Estados Unidos, mientras que otros países exportan productos más generales (como materias primas), lo que reduce esa conexión. En bloques como el Mercosur, incluso se observa que los países están menos conectados entre sí que con socios externos, lo que muestra debilidades en sus cadenas productivas.

Sin embargo, en la práctica, integrarse más dentro de un bloque o mantener libertad para negociar con otros. Algunos esquemas, como la Unión Europea o el Mercosur, tienen reglas comunes que facilitan el comercio interno, pero limitan acuerdos por fuera. Otros, como la Alianza del Pacífico o tratados individuales (como los de Chile), permiten más flexibilidad para negociar con el mundo, lo que se traduce en mayor acceso a mercados globales. Por eso, países con más autonomía suelen lograr mayor diversificación comercial.

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