Colombia y Paraguay contra Farc-EPP

Luis Fernando Vargas Alzate

En días recientes se ha dado notable difusión a un llamativo aspecto en el desarrollo de las actividades de seguridad y defensa en el Cono Sur.

Puntualmente diversos medios se han referido a la presencia de un grupo insurgente originado desde los años 90 (aunque oficializado en 2008) y que recibe el nombre de Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP). Mucho más familiar se ha vuelto ese rótulo luego de la visita protocolaria realizada por el embajador paraguayo, Walter Daniel Biedermann Montaner, a la Cámara de Representantes colombiana. El Embajador fue condecorado en 2010 por la misma corporación con la Orden de la Democracia “Simón Bolívar”, en el grado de Gran Cruz Extraordinaria.

De acuerdo con las declaraciones del diplomático guaraní, el citado grupo insurgente ha venido actuando bajo lineamientos y directrices sugeridas por rebeldes colombianos adscritos a las FARC y se ha identificado con su modus operandi, en la medida en que ha adoptado estrategias similares tanto para la acción como para su financiamiento. Sin embargo, hay grandes distancias entre el naciente movimiento paraguayo y la anquilosada insurgencia colombiana. Lo que augura una existencia muy corta para el EPP. Además, porque los gobiernos de los dos países ya se han pronunciado para adelantar un trabajo conjunto que permita atacar directamente esa relación.

La historia fundacional del movimiento paraguayo dista muchísimo en el tiempo de la creación de la otrora guerrilla colombiana. La existencia del EPP se atribuye a la transformación de un partido político de ala radical izquierdista denominado Patria Libre, a principios de 2008. La conversión en agrupación insurgente se dio por la iniciativa de un reducido grupo de ideólogos que se auto denominó marxista-leninista, además de pregonar un marcado nacionalismo que raya en lo violento. Tomaron como una de sus banderas el secuestro extorsivo, acompañado de la usurpación de grandes propiedades, y se identificaron con las Farc desde un primer momento. Así las cosas, y con base en las declaraciones ofrecidas por el embajador Biedermann, los vínculos entre los dos grupos están comprobados.

Al gobierno paraguayo le corresponde evitar que este pequeño grupo rebelde escale hacia uno superior. Hoy no se cuentan en número mayor a un centenar. También se ha logrado establecer que la zona más afectada por su presencia es el departamento de Concepción, en límites con Brasil. En esa región, los rebeldes se han aprovechado de la pobreza, la falta de presencia estatal y el temor de una población que prefiere cooperar con la insurgencia antes que ser violentada o desplazada de su tierra. Es perceptible que bajo esas circunstancias la situación se hace difícil para el presidente Franco y sus fuerzas policiales.

Ahora que se reafirma el vínculo tradicional y profundo entre los gobiernos de Colombia y Paraguay, es pertinente que se aproveche la experiencia colombiana sobre el terreno para afectar los negocios ilícitos que fortalecen el accionar de estos violentos grupos.

Como lo describió apropiadamente Emiliano Guido en un análisis reciente sobre el tema, en el Chaco paraguayo la discusión no debiera girar en torno a si existe guerrilla, más bien debe analizarse la manera de afectar los intereses de los múltiples actores presentes en la zona.

No es fácil detectar quién tiene más poder en ella, si los nacientes guerrilleros, los narcotraficantes llegados de Brasil, “los estancieros brasiguayos”, o las misiones de uniformados extranjeros.

Lo cierto es que en Paraguay, y específicamente en los departamentos de Concepción y San Pedro, persisten notables vacíos de poder similares a los que Colombia posee. Mientras esa situación se mantenga, existen muchas posibilidades para que grupos delincuenciales escudados en ideologías del bien común se arraiguen y sobrevivan. Se hace necesario entonces, que el reciente anuncio sobre un inmejorable diálogo bilateral entre Bogotá y Asunción, avance lo suficiente para afectar, por lo menos, la conexión Farc-EPP.