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El nuevo consenso económico propone cinco principios más allá del crecimiento

Gráfico LR

London School of Economics propone un nuevo consenso económico que deja atrás las normas planteadas en los años 90 y propone cinco principios para enfrentar los retos actuales

Santiago Rodríguez Morales

London School of Economics en 2025 publicó el libro 'The London Consensus', editado por Tim Besley, Irene Bucelli y Andrés Velasco, con el fin de identificar los principios que deberían guiar la política económica hoy, teniendo en cuenta que los problemas de ahora son distintos a los de hace tres décadas: el cambio climático, la desigualdad, la inteligencia artificial, el populismo, la fragmentación del comercio global.

El libro toma como base el llamado Consenso de Washington. Es un grupo de ideas sobre cómo manejar la economía que propuso el economista John Williamson en 1990. Durante muchos años, entidades como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial usaron esas ideas como requisito para prestar dinero a países en desarrollo.

Según los propios autores, ese consenso tuvo logros reales, pero también dejó preguntas sin respuesta sobre qué tipo de sociedad vendría después de aplicar esas ideas. Señalaron que esas preguntas se volvieron más urgentes con el tiempo.

Algunos personajes destacados de la economía global respaldan este libro. Aunque Janet Yellen, exsecretaria del Tesoro de Estados Unidos; James Robinson, quien ganó el Nobel de Economía en 2024; y Kenneth Rogoff, execonomista jefe del FMI, entre otros, no son los autores principales; destacaron por dejar su participación en las nuevas normas económicas que pueden regir durante los próximos años.

El libro cubre prácticamente todo lo que tiene que ver con política económica: comercio internacional, mercado laboral, desigualdad, educación, salud, cambio climático, democracia, capacidad del Estado. Sin embargo, hay cinco principios que destacan al inicio del ejemplar y se destacan durante el desarrollo del mismo. Estos son los fundamentos:

El bienestar va más allá del dinero

Los autores dicen que no basta con que la economía crezca ni con que el Estado reparta dinero con impuestos. También importa qué se produce, cómo se hace y en qué lugar, porque eso afecta directamente a las personas. El bienestar no es solo plata: también tiene que ver con la autoestima, el reconocimiento y el sentido de pertenecer a una comunidad.

El crecimiento importa, y el lugar donde ocurre también

El libro dice que hacer crecer la economía sigue siendo clave, sobre todo en países en desarrollo. Pero advierte que no da lo mismo dónde ocurre ese crecimiento. Si una región pierde empleos industriales y el Estado responde con medidas generales, el impacto en ese lugar suele ser muy limitado.

Por eso, los autores plantean que se necesitan políticas enfocadas en esas zonas, no solo dar dinero. El problema no es solo económico, también afecta lo social y lo político.

El Estado como red de protección cuando los mercados no responden

Este principio dice que el Estado debe actuar cuando hay crisis y los mercados no responden. Ejemplos recientes son la crisis de 2007 y la pandemia del covid-19, que mostraron por qué ese papel es necesario. Además, no se trata solo de impulsar la economía. El Estado también debe ayudar a quienes pierden el empleo y sostener los mercados financieros cuando se paralizan por el miedo.

Sin política no hay buena economía

Los autores dicen que las reformas económicas que no tienen en cuenta la política suelen fallar o echarse para atrás con el tiempo. Algunas medidas que parecen buenas al inicio pueden terminar generando desigualdades que después complican la situación política. Por eso, la política no es algo aparte de la economía. Es parte del problema y debe considerarse desde el comienzo al diseñar cualquier reforma.

Sin un Estado capaz, el resto no funciona

El libro dice que si el Estado no puede cobrar impuestos, dar servicios básicos o controlar la corrupción, ninguna política económica funciona, por más bien diseñada que esté. También explica que construir un Estado capaz requiere inversión y tiempo, igual que hacer carreteras o puentes. Y advierte que reemplazarlo con ONG o entidades internacionales puede servir por un rato, pero a la larga debilita al propio Estado.

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