Irán no está sintiendo los efectos de las sanciones

Luis Fernando Vargas Alzate

El tema iraní continúa por encima de múltiples discusiones del orden global. No obstante, causa particular atención notar cómo se reiteran las críticas al régimen teocrático, mientras que los reclamos ante las decisiones tomadas por occidente se diluyen con una facilidad que debiera, por lo menos, ser cuestionada.

Irán, uno de los países más exóticos del mundo, ha definido -a diferencia de muchos otros Estados- su estrategia para las décadas próximas. El inconveniente radica en que la ha trazado sobre un modelo que riñe con el tradicional 'statu quo' occidental y cada día se enfrenta a la difícil tarea de persuadir a múltiples actores internacionales sobre la benevolencia de sus planes y el posible impacto en el desarrollo de las sociedades del Medio Oriente.

Con sus casi 80 millones de habitantes, Irán empezó su nueva historia a partir del primero de abril de 1979, cuando expulsó -a través de un proceso revolucionario- a la totalidad de los diplomáticos occidentales que tenían credenciales en el país persa. Desde entonces inició un proceso antagónico frente a Washington y todos sus aliados, convirtiéndose en lo que muchos han determinado un desestabilizador político de la zona.

Precisamente en ese juego geopolítico de la región en cuestión, existe otra unidad política que reclama sanciones cada vez más drásticas frente a Irán. Se trata de Israel, un Estado que a imagen y semejanza de Occidente, tiene trazado un camino de dominio regional que no está dispuesto a negociar ni compartir con los vecinos y países en su área natural de influencia. Es lo que hace que las relaciones políticas se tornen tensas, complejas e indescifrables, quizá.

Analizando por partes lo que viene sucediendo con Irán, es factible descubrir los aprietos en los que muchos grandes del sistema internacional se hallan inmersos.

Por ejemplo, en primer lugar están los europeos (Francia, Reino Unido, Grecia y los 27 de la Unión en general), quienes determinaron suspender el mes pasado sus contratos para la compra del petróleo iraní y romper con la fluidez del diálogo financiero entre Teherán y el continente.

Dicha decisión pudo entenderse en línea solidaria con las peticiones de Washington y Jerusalén de revisar el vínculo con la teocracia oriental. No obstante, los más recientes pronunciamientos indican que la clase dirigente iraní procura acercamientos con diplomáticos europeos que impidan la formalización del veto a las exportaciones del crudo persa hacia su territorio, y que a su vez fomente desavenencias entre Europa, Estados Unidos e Israel.

Otros actores que se involucran en medio de esta dinámica son los asiáticos, pues el petróleo que no va actualmente a Europa, cambia de rumbo hacia las economías emergentes del Pacífico.

Esto, sin duda, se hace tan llamativo en los escenarios multilaterales, que un aire de reclamo permanece evidente en sus espacios de encuentro. Pero India, uno de los grandes compradores del recurso ya se ha pronunciado con un halo de neutralidad ante la problemática.

Igual que lo han hecho los chinos, expresando que si bien han reducido su demanda del producto, no van tampoco a identificarse con las presiones occidentales contra el régimen del Supremo Jamenei. Lo real de esta situación contemporánea, en la que se ha querido controlar las ventas de una producción diaria superior a los tres millones y medio de barriles de petróleo, es que los precios del mismo se encaminaron por una curva ascendente que resulta notablemente positiva a los mismos intereses iraníes.

Hasta ayer se hizo referencia a un barril WTI con valor de US$109, uno canasta OPEC a US$120 y el barril de Brent por el orden de US$124. Es claro que el tema de las sanciones se desvió.

Los iraníes continúan vendiendo millones de barriles por día, mientras su proceso de desarrollo anclado a los secretos nucleares continúa su marcha.

Al parecer el 'hard power' de estadounidenses y europeos se ha desgastado tanto que en la actualidad las sanciones que aplican se quedan sin el suficiente peso para arrojar resultados. La teocracia islamista con sede en Teherán luce bien plantada ante las insistentes, pero poco productivas medidas tomadas en los últimos días.