La “deriva naranja” de Donald Trump redefine el mapa político de América Latina
jueves, 9 de abril de 2026
Más de 60% de los mandatarios en toda la región se han acercado al gobierno de Estados Unidos durante este último año
En menos de dos años, el mapa político de América Latina frente a Donald Trump ha cambiado de forma notable. Lo que antes era un tablero fragmentado hoy muestra una tendencia clara: más gobiernos se acercan, negocian o se alinean con Washington bajo su liderazgo. A este fenómeno, analistas lo han bautizado como la “deriva naranja”, en referencia al color político asociado a Trump y a un movimiento regional que, aunque no es uniforme, sí revela una dirección común.
El punto de partida para entender esta dinámica está en cómo se clasifican los líderes. El análisis distingue entre tecnocráticos y populistas, no por su estilo interno de gobierno, sino por la forma en que manejan su relación con Estados Unidos. En el grupo tecnocrático alineado aparecen figuras como Santiago Peña (Paraguay), Luis Abinader (República Dominicana), José Antonio Kast (Chile), Rodrigo Paz (Bolivia), José Raúl Mulino (Panamá) y Fernández (Costa Rica). En este bloque, la estrategia es clara: cooperación, pragmatismo y cercanía con Washington como vía para estabilidad económica o política.
En contraste, dentro del mismo grupo tecnocrático pero en posición oportunista están líderes como Claudia Sheinbaum Pardo, Bernardo Arévalo de León y José Daniel Ortega, quienes negocian según convenga, sin comprometerse completamente.
La oposición frontal, sin embargo, es cada vez más escasa. En el campo tecnocrático, apenas destacan Luiz Inácio Lula da Silva y Yamandú Orsi como figuras que mantienen distancia frente a Trump. Pero incluso esta categoría es frágil: el propio Lula ha dado señales recientes de intentar recomponer relaciones, lo que demuestra lo volátil del tablero.
El cambio más llamativo ocurre en el bloque populista. Allí, varios líderes que tradicionalmente se habrían enfrentado a Washington ahora aparecen alineados: Delcy Rodríguez Gómez (Venezuela), Javier Milei, Nayib Bukele , Daniel Noboa y Nasry Juan Asfura Zablah. Este giro refleja una lógica más transaccional que ideológica: cooperar con Trump puede traer beneficios concretos, mientras que enfrentarlo tiene costos crecientes.
En este mismo grupo, el espacio “opositor populista” está vacío. Es decir, ya no hay líderes en América Latina que combinen retórica populista con una confrontación directa hacia Trump. El caso de Gustavo Petro es ilustrativo: tras intentar una postura de choque, terminó moderando su discurso y acercándose a la Casa Blanca. Hoy se ubica en la categoría de “oportunista”, junto con la incógnita de Cuba, que podría estar transitando hacia una relación más pragmática.
Pero, ¿por qué se habla de “deriva naranja”? El concepto busca capturar una tendencia amplia, similar a lo que fue la “Marea Rosa” en los años 2000, cuando varios gobiernos giraron hacia la izquierda. Hoy, el movimiento no es ideológico en el sentido clásico, sino estratégico: los países, con contextos distintos, están recalibrando su relación con Estados Unidos en función del poder e influencia de Trump. Es una “deriva” porque no todos avanzan al mismo ritmo ni por las mismas razones, pero el desplazamiento general es innegable.
Los incentivos
Detrás de este fenómeno hay incentivos claros. Por un lado, los beneficios de alinearse: acceso a apoyo político, económico o diplomático. Por otro, los costos de oponerse, que se han vuelto más evidentes. Trump ha demostrado preferencia por líderes que muestran cercanía, incluso dependencia, lo que ha dado lugar a lo que algunos analistas llaman la “delcyficación”: mandatarios que adoptan una postura de cooperación activa para evitar sanciones o conflictos.
Una tendencia con reloj en cuenta regresiva
Aun así, esta tendencia no es permanente. La “deriva naranja” podría tener fecha de caducidad hacia 2029, dependiendo de la evolución política en Estados Unidos y en la región. Cambios en la popularidad de Trump, nuevas elecciones o crisis económicas podrían reconfigurar nuevamente el mapa. Como ocurrió con la Marea Rosa, el péndulo político latinoamericano sigue en movimiento. Por ahora, lo que muestra el tablero es un giro pragmático: más que afinidad ideológica, lo que domina es la necesidad de adaptarse al poder.