La presión de los recuerdos de Tiananmen

Luis Fernando Vargas Alzate

Lo que pasó hace 23 años en la Plaza de Tiananmen no fue tan fácilmente olvidado como el Partido ‘Comunista’ chino quiso y ha querido desde que su aparato militar coartó por las armas la movilización social.

Estando la Guerra Fría en su etapa final, la represión social se mantenía intacta al interior del territorio chino. Se evidenciaba, por tanto, una línea dura que contrariaba los cambios inevitables exigidos por las sociedades a nivel global y de los cuales hoy se beneficia un importante sector de la población del planeta.

Esta semana cumplió un aniversario más el evento y los gobernantes del país asiático insistieron en reprimir las conmemoraciones del mismo, argumentando motivos de seguridad nacional. A su vez, la clase dirigente reaccionó fuertemente contra el pronunciamiento estadounidense de permitir la libertad de expresión y procurar la liberación de las personas encarceladas en el desarrollo de los acontecimientos y que hoy siguen tras las rejas políticas de Beijing. La historia es densa y en pocas cosas ha cambiado con el paso del tiempo.

Tal como ha sido estudiado durante años, el régimen socialista de línea dura implantado por Mao Zedong fue el que abrió el camino para la creación del Estado represor chino que hoy se conoce. A pesar de su muerte y de las reformas sugeridas por Deng Xiaoping, la China continental prosiguió bajo los postulados de la represión social y el exhaustivo control a la probabilidad de un reclamo de libertades individuales por parte de sus ciudadanos. Finalizando los años 80, la sociedad se mostró cansada del régimen e intentó pronunciarse en la Plaza de Tiananmen.

Los resultados fueron nefastos para quienes consideraron el cambio. El 4 de junio de 1989, las fuerzas armadas se fueron directamente contra la población civil. Usaron la violencia sin contemplaciones y dejaron un rastro de sangre que sigue fresco en la memoria de Occidente, donde los derechos humanos son considerados un contrato social de alto valor.

El número de víctimas mortales ha variado de acuerdo con la fuente. Igual sucede con el de personas heridas luego de la represión. Aunque la prensa extranjera del momento en Beijing ubicó la cifra de los muertos en 3.000, una serie de documentos desclasificados por el gobierno estadounidense coincidió con la información dada por la oficialidad china de unas 500 muertes luego del acontecimiento.

Lo cierto es que en China no es fácil encontrar la verdad; con su disimulado régimen ante Occidente hay cosas que no salen a la luz pública y que muchos prefieren ignorar. Los heridos han estado cifrados entre 5000 y 7000, pero ha sido difícil hallar datos reales. Por tradición, desde 1949 en el país asiático las verdades se dan a medias, lo que fácilmente puede interpretarse como falsedad.

Ante la conmemoración del suceso, que casualmente coincidió con una notable caída de 64,89 puntos en la bolsa de valores de Shanghai, reaparecen las visiones contrapuestas de quien considera en China a la nueva potencia global, con un desarrollo (crecimiento) económico indiscutible y con eminente carácter de mando en las decisiones de la política internacional, frente a los que definitivamente insisten en un país inmerso en un proceso mentiroso que tiende a estallar internamente a raíz de la obstinada represión ejercida sobre la sociedad civil.

Precisamente el pasado 4 de junio el gobierno chino bloqueó la internet para evitar que en los buscadores permitidos por la oficialidad se hiciera uso de la información referida con los acontecimientos de Tiananmen. Actitud que confirma el miedo constante con el que el Partido 'Comunista' chino gobierna. La apuesta, en todo caso, sigue en marcha. La búsqueda de respuestas deberá continuar.

¿Podrá China mantener el avance alcanzado si se sostiene en el engaño abanderado durante décadas frente a su nación? ¿Logrará el país de Hu Jintao demostrarle al mundo que es con la dictadura que se logra el éxito en las relaciones internacionales contemporáneas? Si lo logra, entonces, será el momento de reestructurar el tan afamado sistema internacional westfaliano, del cual se jacta todo Occidente como el más acertado para leer el mundo que hoy se conoce.