Los problemas que aquejan al país más joven del mundo

Luis Fernando Vargas Alzate

El año pasado, luego de un plebiscito que convocó a los habitantes de la región meridional de Sudán, se determinó con algo más del 98% de aceptación, que a partir del mes de julio iba a nacer un nuevo país.

Se trataba entonces de Sudán del Sur, un territorio que tradicionalmente había estado habitado por una sociedad diferenciada de los pueblos del norte, tanto por sus costumbres y religión, como por su misma dinámica productiva. Sin embargo, a la fecha el sistema internacional sigue preguntándose sobre el futuro y la consolidación de esta nueva unidad política que no logra los avances esperados para sus habitantes.

El citado proceso tiene su punto de partida en la descomposición misma de la institucionalidad sudanesa. (Si es que se pudiese hablar sobre la descomposición de algo que no llegó a existir.) Sudán, como Estado legítimo y legal, le falló a sus habitantes. Las guerras civiles se fueron convirtiendo de manera gradual en una constante, mientras la clase dirigente en poco o nada se ocupó en enfrentar una plaga que estaba destruyendo al país desde sus estructuras más profundas. Ante esas circunstancias, el reclamo se hizo más fuerte por parte de los cristianos y animistas del sur, queriéndose desligar de Jartum en lo que concierne a la administración pública.

Para 2005 los sureños lograron que el gobierno sudanés, con sede en la capital, les concediera autonomía como región. Fue el Acuerdo de Naivasha (The Comprehensive Peace Agreement) el que facilitó dicho proceso, abriendo el camino a la posibilidad de una posterior independencia como nación y Estado a la vez. Efectivamente, luego del plebiscito de 2011, Sudán del Sur pasó a engrosar las listas de las unidades jurídicas y políticas que procuran voz y voto al interior del Sistema de Naciones Unidas.

Pero en estos primeros meses de vida política las cosas no han sido fáciles para los sursudaneses. Y ello está ligado a la falta de definición sobre aspectos neurálgicos para el gobierno de Jartum. Hoy se acusa a Sudán de hostigar a sus vecinos del sur y de bombardear a la población civil como represalia por la falta de claridad sobre algunos temas puntuales. No hay definición exacta sobre la frontera que divide a las dos naciones, tampoco sobre la posesión de algunos territorios altamente productores de petróleo y mucho menos sobre los costos que debe sufragar Sudán del Sur para transportar su producción petrolera hacia las costas del Mar Rojo, usando territorios de su vecino.

Antes de la división de los dos países, y siendo autónoma la región meridional, existía un acuerdo mediante el cual los recursos obtenidos por la venta del crudo llegaban a ambos gobiernos. Pero ahora es preciso que se definan los costos que deberá sufragar la parte sur para usar los territorios septentrionales y sus respectivos oleoductos, con el fin de llevar su petróleo a los grandes buques que lo esperan en las costas del referido mar.

'EN ESTOS PRIMEROS MESES DE VIDA POLÍTICA LAS COSAS NO HAN SIDO FÁCILES PARA LOS SURSUDANESES (…) SUS VECINOS BOMBARDEAN A LA POBLACIÓN CIVIL'

Entre tanto, la no concertación sobre los aspectos mencionados está llevando a que la hostilidad entre las dos naciones africanas siga en aumento. Esta semana que transcurre se están presentando bombardeos desde Jartum hacia localidades como Bentiu, que se ha convertido en icono de la producción petrolera en territorio africano.

Los problemas se agudizan porque el mandatario sudanés, Omar Al-Bashir, muestra una actitud bélica a profundidad. Si bien, varios meses atrás se había manifestado comprensivo y agradado con la decisión del plebiscito que dio vida a Sursudán, la realidad es que hoy se niega a aceptar un diálogo con sus vecinos y casi desconoce el proceso político que dio vida a dicha unidad política. Antes que eso, ha formulado ingentes esfuerzos por someter con su ejército las zonas que aún no han sido delimitadas como frontera internacional entre los dos países, especialmente en los lugares donde hay mayor cantidad de recursos por explotar.

Y mientras esas cosas pasan en el extremo nororiental de África, los organismos multilaterales (ONU) apenas piden calma y mucha cordura, condenando las acciones de Sudán; como si dichas peticiones obraran ante los intereses y deseos de las oscuras manos militares sobre la indefensa población civil.