Se le acaba el tiempo a Morales en Bolivia

Luis Fernando Vargas Alzate

En el recorrido por los entornos latinoamericanos sigue habiendo casos típicos de relativo bajo avance cuando se analiza el protagonismo que alcanzan, tanto las naciones como los Estados de la región. Hay procesos que se mantienen constantes en sus aspiraciones desarrollistas, pero también otros que presentan niveles notables de estancamiento. Una de las naciones que poco avanza hacia la consecución del desarrollo es la boliviana, que particularmente ahora en su mayoría empieza a rechazar la continuidad de Evo Morales en la presidencia del país.

Como se recordará, el presidente Morales llegó al poder en 2006, luego de haber obtenido en las elecciones del año anterior más del 53% de la votación. La expectativa generada fue altísima, pues se trató de la primera ocasión en que un líder indígena asumía las riendas del Estado boliviano y su campaña había estado basada en una serie de postulados que apuntaban todos al cambio estructural del país. A eso se sumaba que desde varios años atrás venía siendo el líder de los productores cocaleros, lo que imprimía una connotación especial a su elección.

El tiempo fue transcurriendo y, particularmente sin resultados de alto impacto ni reformas profundamente estructurales, Morales logró mantenerse en el poder para las elecciones de 2009, con una votación determinante: como candidato del MAS -Movimiento al Socialismo-, logró el 64% de los votos en su favor. De esta manera, asumió en 2010 su segundo mandato y procuró dar continuidad a sus políticas de nacionalización de hidrocarburos y defensa de los intereses de los cocaleros al interior del país, entre otras muy polémicas para la oposición. Es oportuno mencionar que a la fecha el presidente Evo Morales supera los 15 años de estar representando dichos intereses y necesidades de los productores de la hoja de coca y defendiéndolos a toda costa de sus opositores.

Hoy Bolivia no está mejor ubicada en el ámbito regional que hace 6 años, cuando llegó el actual presidente al Palacio Quemado. Si bien es cierto que la participación se amplió y que la democracia ha tomado un giro notablemente incluyente, no pueden atribuirse a la administración boliviana resultados de alto impacto que pongan al país en condiciones de competir con economías y sociedades pares. El rezago sigue siendo evidente, tanto en indicadores que miden las posibilidades de desarrollo, como en otros que sólo evidencian la falta o no de competitividad.

Por ejemplo, de acuerdo con el Factbook de la CIA y el Banco Mundial, el porcentaje de la población boliviana que está por debajo de la línea de pobreza es del 51,3%. Además, el producto interno bruto (PIB) per cápita apenas si se sitúa en US$4.600, dejando al país en el grupo de los de ingreso mediano bajo, que no es tendencia en América Latina. Al compararlo con sus vecinos, por ejemplo, todos superan a Bolivia. Chile tiene alrededor de US$16.000, Perú US$10.000, Argentina US$15.000, Brasil US$12.000 y Paraguay US$6.000 (todos datos estimados por Indexmundi). También al establecer análisis comparativos con los Andinos. Colombia, por ejemplo, duplica a la economía boliviana en esa medida.

En los rankings de competitividad Bolivia queda rezagada. No tiene procesos de internacionalización útiles a las necesidades del siglo XXI. Además, en listados de fortaleza institucional, como es el de Foreign Policy y el Fondo por la Paz, su ubicación es lejana al promedio latinoamericano. El ?Doing Business Report? del Banco Mundial le sitúa en la posición 153, desmejorando seis puestos en relación con 2011, y el IMD (Institute for Management and Development) ni siquiera le evalúa, entre los 59 casos analizados, donde incluye a seis suramericanos.

En definitiva, resulta comprensible que luego de hacerse pública la encuesta de IPSOS no haya altos deseos de mantener en el poder al presidente boliviano actual. Si bien faltan aún muchos meses para que el proceso electoral se desarrolle de manera plena, ya hay un primer pronunciamiento para modificar la manera como se viene administrando al país. Bolivia, al igual que la región, urge de estadistas que comprendan los pedidos de sus naciones, no sólo de algunos de sus sectores.

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