Se sigue dilatando el tema sirio

Luis Fernando Vargas Alzate

Cuando se analiza el tema sirio y todo lo que está representando la posición de su mandatario al no aceptar la dimisión, es preciso abordar algunos detalles que resultan útiles a la comprensión de los acontecimientos.

Quizá con las ideas expuestas a continuación le sea más fácil al lector comprender lo que sucede con el régimen de Bashar Al-Assad y lo que se espera como desenlace de los acontecimientos en Siria.

En primer lugar, y como ejercicio de contextualización, es importante anotar que Siria es un Estado nacido a partir de los procesos de descolonización de la posguerra. En 1946 los franceses abandonaron su territorio y el Sistema de Naciones Unidas hizo oficial su independencia. Sin embargo, sólo se tiene el año 1963 como punto de partida del régimen republicano. A su vez, y aunque se hablara de elecciones para acceder al poder sirio, fue el tiempo en que las circunstancias facilitaron el ejercicio golpista del padre de Al-Assad.

Hacia 1970 Hafez Al-Assad dio un golpe de Estado que lo subió al poder para gobernar desde ese año hasta el 2000, cuando murió de un ataque al corazón. Su sucesor, el actual presidente sirio, ajusta 12 años en el poder y le restan todavía 2 más para cumplir con su periodo de gobierno (en Siria los períodos presidenciales son de 7 años).

Ante estas circunstancias es importante, entonces, comprender que Siria no puede ser leído desde una óptica occidental, sino más bien como un modelo político tradicional del Medio Oriente, donde las estructuras estatales no son las que sugiere el liberalismo político. De tal manera que el ejercicio de balance del poder (pesos y contrapesos) no aplica para el caso sirio. Incluso, a pesar de existir una relativa institucionalidad expresada en la Asamblea del Pueblo, los Consejos de Administración y una estricta Carta Constitucional.

En segundo término, y como paradoja, las relaciones internacionales sirias están particularmente caracterizadas por un intento de acercamiento a los actores occidentales más importantes del sistema internacional. Ello hace que en múltiples oportunidades la reacción se torne tardía. El presidente Al-Assad inclusive, se mostró interesado en que su manejo de la política aparentara tener un tinte más liberal que la de su padre. Con esa estrategia aplacó los ánimos de la comunidad internacional durante años, pero ahora está claro que su actitud dictatorial es la misma de su antecesor y entonces, urge la reacción del multilateralismo.

Sin embargo no hay consenso sobre cómo actuar frente a los acontecimientos que a la fecha han dejado más de ocho mil personas muertas -según informes de Naciones Unidas-. A diario llegan noticias en las que se reportan nuevos, y cada vez más críticos, choques entre las tropas del oficialismo y los rebeldes que reclaman derechos para la sociedad por la vía de las armas.

Finalmente se pone sobre la mesa la discusión de lo que representa Siria para el mundo y las razones que han llevado a que se dilate tanto una posible intervención, al estilo de lo sucedido en Libia, para controlar los excesos y abusos de poder. Los chinos y rusos, por ejemplo, no han logrado consenso al interior del Consejo de Seguridad (ONU) frente a una toma de posición. Particularmente han votado en contra las resoluciones en las que se intenta poner freno a la delicada situación. La realidad es que los rusos requieren de su alianza -duradera desde la Guerra Fría- con Damasco para mantener la injerencia directa sobre la zona del Medio Oriente.

De otro lado está Israel, quien se muestra mucho más cercano a que no se intervenga el país, pues esto abriría las opciones a un nuevo régimen, que de estar anclado al Islam, desequilibraría las fuerzas de la región. Además porque Irán, otro de los aliados sirios de hoy, seguramente comprendería las acciones como si se estuviese tratando de su territorio e intervendría. La cantidad de intereses que se tejen en torno a la permanencia de Al-Assad sigue impidiendo que se actúe. Entre tanto siguen muriendo cientos de ciudadanos a largo y ancho del país árabe, en una situación que ya puede ser catalogada de guerra civil y que tiene en aprietos a quienes defienden los derechos humanos en el mundo.