The New Yorker celebra su centenario como un ícono del periodismo moderno
martes, 20 de enero de 2026
Con motivo de los cien años de la publicación, Netflix estrenó el documental The New Yorker cumple 100 años, dirigido por Marshall Curry
La revista The New Yorker conmemora su centenario como una de las publicaciones más influyentes del periodismo moderno. Fundada en 1925 por Harold Ross y Jane Grant, la revista ha mantenido durante cien años una identidad editorial reconocible, basada en el rigor informativo, la calidad literaria y una relación exigente con sus lectores.
En un contexto mediático marcado por la inmediatez y la fragmentación del consumo informativo, The New Yorker se ha consolidado como un referente del periodismo en profundidad, el ensayo largo, la crónica detallada y la ficción literaria. Su permanencia y relevancia durante un siglo la convierten en un caso excepcional dentro de la historia de los medios de comunicación.
Una revista para un lector exigente
Desde su fundación, The New Yorker definió con claridad su público objetivo. Harold Ross dejó establecido que la revista no estaba dirigida “a la anciana de Dubuque”, una expresión que se convirtió en símbolo de su rechazo a simplificar contenidos para un lector genérico. La publicación apostó por un lector urbano, informado y atento al lenguaje, dispuesto a enfrentarse a textos extensos y referencias culturales implícitas.
Esa decisión editorial se reflejó en elementos que con el tiempo se volvieron distintivos: el uso de viñetas sin explicación, un control estricto del estilo y la gramática, y portadas ilustradas que funcionaban como comentarios visuales sobre la actualidad y la cultura. El personaje Eustace Tilley, protagonista de la primera portada en 1925, se consolidó como uno de los símbolos más reconocibles de la revista.
El proceso detrás del centenario
Con motivo de los cien años de la publicación, Netflix estrenó el documental The New Yorker cumple 100 años, dirigido por Marshall Curry y narrado por Julianne Moore. La producción se centra en el proceso de elaboración del número del centenario, considerado el más representativo en la historia de la revista.
Durante el otoño de 2024, el documental sigue al editor en jefe, David Remnick, y al equipo editorial en cada etapa de la producción: la selección de textos, la verificación exhaustiva de los datos, la edición de estilo y la maquetación final. El filme subraya que la elaboración de cada número de The New Yorker implica un trabajo detallado y colectivo que se repite 47 veces al año.
Además del seguimiento del presente, el documental incorpora material de archivo y entrevistas que permiten reconstruir los principales hitos históricos de la revista y el papel que ha desempeñado en la evolución del periodismo y la literatura en Estados Unidos.
De revista cultural a institución literaria
Tras la Segunda Guerra Mundial, The New Yorker amplió su influencia y se consolidó como una plataforma central para la literatura del siglo XX. Autores como J. D. Salinger, John Cheever, Shirley Jackson, Eudora Welty y Vladimir Nabokov publicaron relatos en sus páginas, muchos de los cuales pasaron a formar parte del canon literario.
Un momento decisivo en su historia fue la publicación por entregas de A sangre fría, de Truman Capote. Ese trabajo redefinió los límites entre periodismo y literatura y dio impulso al llamado “nuevo periodismo”. La revista asumió entonces que el uso de técnicas narrativas no era incompatible con el rigor factual, sino una vía para profundizar en la comprensión de la realidad.
Con el paso de las décadas, The New Yorker fortaleció su perfil como medio de investigación y análisis. Bajo la dirección de David Remnick desde 1998, la revista ha reforzado su cobertura política y social, manteniendo al mismo tiempo espacios dedicados a la crítica cultural, la ficción y el humor.
Ese enfoque fue reconocido con el Premio Pulitzer por Servicio Social, otorgado por la extensa investigación sobre los abusos y crímenes cometidos por Harvey Weinstein. El galardón destacó la capacidad de la revista para sostener investigaciones prolongadas y de alto impacto público.
Una tradición visual reconocible
Las portadas de The New Yorker constituyen uno de los elementos más distintivos de su identidad. A lo largo de un siglo, la revista ha desarrollado un lenguaje visual propio a través de ilustraciones que funcionan como comentarios editoriales sin texto.
Artistas como Saul Steinberg, Charles Addams, Sempé, Milton Glaser, Chris Ware, Kadir Nelson, Adrian Tomine y Malika Favre han contribuido a consolidar esa tradición. Algunas portadas se han convertido en referencias culturales, como la publicada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, una imagen en negro de las Torres Gemelas firmada por Art Spiegelman y Françoise Mouly.
En las últimas décadas, las cubiertas han abordado de manera directa temas como el racismo, el feminismo, la crisis climática, la polarización política y la pandemia, manteniendo un enfoque visual sobrio y reflexivo.