Un TLC con China es un riesgo muy alto

Luis Fernando Vargas Alzate

Con la última visita del presidente Juan Manuel Santos al continente asiático, en la que incluyó su paso por China, pudo iniciarse un acercamiento directo con la segunda economía del mundo al establecer convenios y memorandos de entendimiento en variados campos de trabajo bilateral.

Fueron nueve los documentos que se firmaron y que abarcaron áreas energéticas, de infraestructura, adecuación de medidas fitosanitarias para la futura exportación de la producción colombiana hacia el mercado chino, y asuntos del orden comercial entre ambas naciones.

De todo lo convenido, seguramente nada causó más revuelo que la eventual negociación de un tratado de libre comercio (TLC) entre Bogotá y Beijing. Precisamente uno de los memorandos de entendimiento abrió el camino para analizar las posibilidades de un acuerdo de ese tipo entre el gigante asiático y la economía nacional.

Definitivamente, la tesis alguna vez esbozada en este mismo espacio sobre la comprensión de la actividad comercial como una plataforma de la política exterior colombiana sigue vigente. Por lo menos así lo demuestra el presidente Santos y su equipo de trabajo cada vez que superan las fronteras del país y salen de gira en busca de más y más acuerdos comerciales.

Lo alarmante es que pensar en un TLC con China resulta temerario. Múltiples voces se han expresado, siendo los miembros del gobierno quienes visualizan en el posible acuerdo, mejores opciones para la economía colombiana. Jugársela con cada vez más negociaciones de liberalización comercial sin tener siquiera los resultados primarios de lo negociado con Estados Unidos, Suiza y Canadá, es sumamente arriesgado. El gobierno nacional le está apostando demasiado al posible éxito que se pueda obtener con esta clase de acuerdos y la realidad es que debiera ser mucho más prudente con lo que aspira negociar.

Razones para ser más cuidadosos con el libre comercio frente a China hay muchas; sin embargo, por lo reducido del espacio sólo podrán citarse algunas de las más relevantes. Lo primero y más elemental es la balanza comercial con los chinos. Colombia exportó a ese mercado alrededor de US$1.989 millones (FOB) durante 2011 y compró para el mismo año una cifra superior a los 7.660 millones, de acuerdo con informaciones presentadas por Mincomercio.

Es decir, se está ante un déficit superior al 270% y con pocas posibilidades de equilibrarlo, pues las ventas nacionales a ese mercado aumentaron sólo un 6% para el primer trimestre de 2012, pero las compras de la producción china han sido muy superiores.

Sumado a lo anterior está el tema de los costos de producción y el desarrollo de las cadenas de manufactura que China ha desplegado en la última década. Sin el mínimo cuidado por los derechos laborales, para los chinos resulta muy fácil producir a precios supremamente bajos. En Colombia es diferente. Todo quien conozca de cerca el sistema productivo nacional sabe que las exigencias laborales son altas y ajustadas al respeto de los derechos humanos y sociales de los trabajadores.

Puntualmente, este es un aspecto que no les identifica ni brinda complementariedad para ponerlos en función de una negociación de liberalización comercial, puesto que los precios finales de la producción difieren notablemente.

También para tener en cuenta está el tema que se relaciona con la inversión de los chinos en la compra de tierras. Pareciera exagerado, pero es uno de los principios básicos de su política comercial. Habría, entonces, que limitarles drásticamente la posibilidad de comprar la cantidad de hectáreas que seguramente estarían pretendiendo. Los oficiales chinos están dedicados a la compra de tierra por todo el mundo y abiertamente lo han hecho saber. Su deseo y necesidad de producir los alimentos necesarios a su sociedad los ha llevado a esa determinación.

Con China, a causa de la manera como desarrolla su política interna y la poca compatibilidad con las estructuras productivas colombianas, el diálogo debe ser más cauto. Las emociones no pueden permitir que se trace una negociación tan dispar, ni que se crea que el libre comercio indiscriminado es el camino correcto hacia el desarrollo nacional.