Hidroeléctricas, un llamado a la cordura

EPM

Colombia depende en 70% de estas centrales.

Juan Antonio Acosta G.

En Colombia estamos ante una coyuntura especialmente complicada por las dificultades experimentadas en la Hidroeléctrica de Ituango que construye Empresas Públicas de Medellín, situación que el país ha conocido y sobre la que los expertos han hablado hasta la saciedad.

No solamente nos encontramos con el problema del riesgo que implica el llenado del embalse para los municipios ubicados aguas debajo de la presa, sino con una serie de sucesos que han puesto a pensar a la opinión pública sobre la conveniencia de las grandes hidroeléctricas en el país; hablamos de las dificultades que se han presentado en proyectos como Sogamoso, Betania y El Quimbo, agrandadas por el pánico que producen las inundaciones, los efectos ambientales negativos o el desplazamiento de poblaciones de sus lugares habituales de residencia.

En su momento, también El Guavio -que sigue siendo la Central Hidroeléctrica más grande del país-, fue objeto de toda clase de opiniones en contra, desde la afirmación de algunos de que el embalse nunca podría llenarse, pasando por las críticas sobre los impactos ambientales y el efecto sobre las especies animales y vegetales de la región, hasta la malversación de los fondos destinados a la obra.

¿Qué hay de cierto, entonces, en la afirmación de que no debemos seguir construyendo proyectos hidroeléctricos en el país? ¿Que la ingeniería nacional ya no es capaz de hacer grandes obras? ¿Que la corrupción ha logrado acabar con la técnica?… La intención de este escrito es hacer un llamado a la cordura y a guardar la debida objetividad al respecto en esta situación de crisis en todos los estamentos del país.

La realidad es que la energía eléctrica producida a partir de la energía potencial de las caídas de agua sigue siendo una de las formas más limpias, eficientes y baratas que existen en un territorio como el nuestro, en el que, por su geografía y su capacidad económica no podemos remplazarla por la solar, la eólica o la geotérmica sin hacer enormes inversiones para producir la misma cantidad de energía. Colombia, por su riqueza hídrica, depende en un 70% de las hidroeléctricas, cuyo potencial hidroeléctrico está lejos de haber sido desarrollado completamente.

Debemos reflexionar profundamente antes de elevar voces satanizantes en medio de un proceso electoral como el que estamos viviendo, en el que está latente la tentación de algunos candidatos de despotricar contra empresas de ingeniería serias y de enorme trayectoria, solo para aprovechar su resultado en las urnas. En efecto, son muchas más las ventajas y los beneficios de las hidroeléctricas que las desventajas y los riesgos que se corren al construirlas.

No pretendo defender a Hidroituango ni desconocer que probablemente se cometieron imprudencias en algunas decisiones sobre el llenado del embalse (que ha tenido las consecuencias que son de conocimiento público), pero tampoco puedo afirmar, desde mi experiencia de toda una vida trabajando en el sector hidroeléctrico, que se hayan cometido errores garrafales en el diseño, interventoría y construcción; de hecho me parece que la ingeniería involucrada en el proyecto está en el nivel técnico del estado del arte en el mundo en construcciones similares y que las estructuras, equipos y dispositivos, así como los procedimientos y las técnicas de construcción desarrolladas en este proyecto se pueden calificar de admirables; probablemente por esto, y por el entusiasmo y tesón de cientos de obreros, capataces, ingenieros y técnicos que no descansan hasta superar la emergencia, es altamente probable que no se produzca la esperada tragedia del fallo de la presa de Hidroituango.

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