Tecnología

La nueva brecha será de criterio humano

El rápido avance de la inteligencia artificial no solo exige desarrollar habilidades tecnológicas, sino fortalecer el pensamiento crítico y la capacidad humana para tomar decisiones frente a sus resultados

Martha Patricia Castellanos Saavedra

Durante las últimas décadas, el desarrollo tecnológico ha sido el principal motor de crecimiento de las economías más competitivas del mundo. Estados Unidos consolidó su liderazgo alrededor de Silicon Valley; Corea del Sur convirtió la innovación en política de Estado; Israel transformó el conocimiento en uno de sus principales activos económicos. La evidencia es contundente: los países que más invierten en ciencia, tecnología e innovación son también los que generan mayor productividad, valor agregado y competitividad internacional.

Consciente de esa realidad, Colombia también ha intentado recorrer ese camino. Se ha buscado fortalecer la enseñanza de las disciplinas Stem, ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, desde la educación básica, se ha ampliado la oferta de programas universitarios en áreas tecnológicas, se ha promovido el emprendimiento digital y se han construido políticas para impulsar la transformación digital. Sin embargo, los resultados muestran que el desafío sigue siendo enorme. La inversión nacional en investigación y desarrollo continúa siendo inferior al 0,5% del PIB, muy lejos de economías líderes donde supera 3% e incluso 4%. La economía colombiana continúa sustentándose principalmente en sectores tradicionales, mientras el desarrollo tecnológico aún representa una porción limitada de la generación de valor agregado y de las exportaciones de alta tecnología.

Eso no significa que no existan motivos para el optimismo. Colombia ha construido casos de éxito reconocidos internacionalmente. La industria de videojuegos exporta talento creativo a mercados globales, se cuenta con empresas de desarrollo financiero basado en tecnología, se avanza en biotecnología aplicada al sector agroindustrial, nanotecnología para materiales avanzados y soluciones de inteligencia artificial para salud y educación. Estos son ejemplos valiosos, pero todavía insuficientes para afirmar que Colombia lidera la denominada Cuarta Revolución Industrial. Mientras se observan con admiración los avances de la inteligencia artificial, se formula la pregunta equivocada: ¿cómo Colombia alcanzará a quienes hoy lideran el desarrollo de esta tecnología?

Tal vez la pregunta deba ser, ¿Y si la mayor oportunidad de Colombia no consiste en desarrollar los modelos de inteligencia artificial más poderosos del mundo, sino en convertirse en el país que mejor sabe utilizarlos para resolver problemas públicos, cerrar brechas sociales y transformar sectores productivos? La historia demuestra que las grandes ventajas competitivas no siempre provienen de inventar una tecnología. Muchas veces nacen de aplicarla mejor que los demás.

Sin embargo, esa posibilidad exige reconocer una realidad: la inteligencia artificial está permitiendo a millones de personas que puedan producir textos, analizar información, programar o diseñar estrategias con herramientas que, hace apenas tres años, parecían reservadas para expertos. Lo que la IA no democratiza es el criterio para decidir cuándo confiar en una respuesta, cuándo cuestionarla y cuándo rechazarla.

Allí comienza la verdadera brecha. El Foro Económico Mundial advierte que, hacia 2030, cerca del 39% de las competencias laborales cambiarán y que, junto con las habilidades tecnológicas, crecerá la demanda de pensamiento analítico, creatividad, liderazgo, resiliencia y juicio para la toma de decisiones. No es casualidad: mientras las máquinas generan respuestas, los seres humanos seguimos siendo responsables de sus consecuencias.

Precisamente, hace apenas unas semanas, se conoció un experimento en el que un agente de inteligencia artificial, durante una prueba controlada, buscó superar restricciones para cumplir el objetivo que se le había asignado. Más allá del caso específico, el episodio reabrió una discusión fundamental: la seguridad, la gobernanza y la ética no pueden incorporarse después de desarrollar la tecnología; deben formar parte de su diseño desde el principio.

Por eso la respuesta no consiste en abandonar la formación en Stem. Sería un error histórico. Colombia necesita más científicos, ingenieros, matemáticos y desarrolladores. Pero también necesita filósofos, educadores, juristas, psicólogos, comunicadores y líderes capaces de dialogar con ellos. La innovación del futuro no se construirá desde disciplinas aisladas, sino desde la convergencia entre conocimiento técnico y criterio humano.

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