Cultura

Juan Tamariz

(1942-2026)

El maestro español de la cartomagia murió a los 83 años; durante casi ocho décadas hizo del juego, el humor y la sorpresa un lenguaje capaz de atravesar generaciones y convirtió su manera de entender la magia en una escuela admirada en todo el mundo

Carlos Jaramillo Palacio

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Juan Tamariz, quien murió este martes a los 83 años según confirmó su hija, Ana Tamariz, tiene un recuerdo imborrable en los colombianos con sus innumerables participaciones en el Festival Internacional del Humor, conducido por el también fallecido hace unos días Alfonso Lizarazo.

De niño, decía que la magia había entrado en su vida cuando apenas era un pequeño. Tenía cuatro o cinco años cuando sus padres lo llevaron a un teatro de Madrid a ver a un ilusionista. A los seis ya hacía sus primeros juegos con un dado y, poco después, recibió de los Reyes Magos una caja de magia. Lo que para otros niños habría sido un juguete más terminó convirtiéndose para él en una vocación que nunca abandonó.

Casi ocho décadas después, aquella fascinación infantil había dado la vuelta al mundo. Tamariz, uno de los grandes maestros de la cartomagia y uno de los teóricos más influyentes del ilusionismo moderno, murió este martes a los 83 años en Madrid. Su partida deja una escuela de magos, decenas de libros, miles de espectadores sorprendidos y una forma particular de entender un arte que, para él, nunca consistió en engañar.

Porque Tamariz prefería hablar de “juegos” y no de trucos. La diferencia no era una cuestión de palabras. Para él, un truco sugería engaño; un juego, en cambio, implicaba complicidad. El mago no debía enfrentarse al público para demostrar que era más inteligente, sino invitarlo a participar de una experiencia de asombro.

Esa filosofía atravesó toda su carrera. También explica por qué su figura terminó siendo tan singular: no quiso parecerse al mago clásico de esmoquin, distante y solemne. Quería estar cerca de la gente, sentado, vestido con sus vaqueros, su melena rizada y su inseparable sombrero. Quería que el espectador pudiera tocar las cartas, cortarlas y participar. El misterio, decía, perdía buena parte de su belleza si el público sentía que había juego sucio.

Una vocación desde la infancia
Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón nació en Madrid en octubre de 1942. La fascinación por la magia llegó temprano y encontró terreno fértil en un niño que no se conformaba con mirar. Quería entender, repetir y perfeccionar cada juego.

Con seis años ya entretenía a sus amigos de la calle del Pintor Rosales, en Madrid. Más tarde, la caja de magia que recibió de los Reyes Magos se convirtió en una especie de laboratorio doméstico. En bautizos, comuniones y reuniones familiares aprovechaba cualquier oportunidad para mostrar los ocho juegos que contenía.

Su familia, lejos de apartarlo de aquella obsesión, terminó acompañándolo. Incluso cuando comenzó a estudiar Física en la universidad, su verdadera dedicación estaba en otro lugar. “En la universidad fui muy poco a la facultad y me dediqué mucho a la magia”, contó años después. La Física, sin embargo, nunca dejó de interesarle. Le parecía, de hecho, profundamente relacionada con la magia: los agujeros negros y los grandes misterios del universo también tenían algo de inexplicable.

Antes había querido hacer cine. Su primer cortometraje, 'El espíritu', contó incluso con la participación de una joven Carmen Maura. Estudió dirección cinematográfica, pero la Escuela de Cine fue cerrada en 1970 y aquella vía terminó apartándose de su camino. La magia, en cambio, permaneció.

A los 16 años intentó ingresar en la Sociedad Española de Ilusionismo, pero las reglas no se lo permitieron porque era demasiado joven. Volvió dos años después, con 18, y consiguió superar el examen de tal manera que el jurado decidió hacer una excepción. Para entonces ya había dejado de ser simplemente un aficionado.

Tamariz entendía la magia como un oficio que exigía disciplina. Entrenaba durante horas y podía dedicar ocho horas diarias a perfeccionar una rutina. En una entrevista contó, con su habitual sentido del humor, que la magia era lo segundo que hacía al despertar: primero se rascaba un poco y después cogía la baraja.

"No tengo claro cuándo me dio por ahí. Me contaron que con cuatro o cinco años me llevaron a un teatro de Madrid para ver a un mago al que le decías un día concreto de un mes de cualquier año y al instante te adivinaba qué día de la semana era. También recuerdo que con seis años entré con uno de mis hermanos a una confitería para comprar un chicle. Venía con un dado y unas instrucciones. Me puse a hacer el juego a los amigos de la calle del Pintor Rosales de Madrid, donde todas las casas estaban derruidas porque allí estaba el frente en la Guerra Civil", le contó hace años al diario español El País.

En 1973 llegó uno de los grandes momentos de su carrera: ganó con honores el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia de París. Era su presentación internacional y el comienzo de una trayectoria que lo llevaría a convertirse en una referencia para ilusionistas de Europa, América Latina y Estados Unidos.

Pero su importancia no estuvo solamente en lo que hacía sobre un escenario. Tamariz fue también un estudioso de la magia. Escribió decenas de libros y desarrolló teorías y técnicas que terminaron formando a generaciones enteras de cartomagos. Su influencia se extendió mucho más allá de quienes alguna vez tuvieron la oportunidad de verlo actuar.

“Los magos no somos competitivos. Lo bonito es compartir”, decía. Y esa idea se convirtió en una de las claves de su legado. Enseñaba lo que sabía, viajaba para encontrarse con otros ilusionistas y entendía el conocimiento como algo que debía transmitirse.

Su hija Ana fue precisamente quien continuó esa tradición familiar. De sus cuatro hijos, ella fue la única que siguió sus pasos en la magia y terminó dirigiendo la escuela que ambos fundaron a finales de los años ochenta.

Para millones de espectadores, incluidos los colombianos obviamente, Juan Tamariz será siempre el hombre que apareció en televisión con una baraja, una sonrisa desbordada y una capacidad casi hipnótica para convertir lo imposible en entretenimiento.

Su primera incursión en TVE ocurrió a finales de los años sesenta. Después llegaron numerosas apariciones y, especialmente, 'Un, dos, tres... responda otra vez', el legendario concurso que lo convirtió en un rostro familiar para varias generaciones españolas.

Allí apareció como Don Estrecho, integrante de 'Los Tacañones'. Su imagen, la melena rizada, el sombrero, la dentadura desigual y una personalidad que parecía escapar de cualquier molde, quedó asociada a una época de la televisión española. Su particular celebración, acompañada del inolvidable “chan-tatachán” y de aquellos movimientos como si tocara un violín, terminó siendo parte de su identidad.

La televisión le dio popularidad, pero Tamariz hizo algo más difícil: utilizó esa popularidad para llevar la magia a personas que quizá nunca habían entrado en un teatro para ver a un ilusionista.

Durante años, además, su carrera no fue sencilla. Hubo una época en la que nadie lo contrataba y su familia sobrevivía con grandes dificultades. Recordaba incluso que, cuando viajaban a Galicia para visitar a sus suegros, regresaban con el maletero lleno de carne y fruta. Aquellos años, decía, fueron también felices.

Quizá la mejor manera de entender a Tamariz sea a través de una de sus ideas recurrentes: el asombro.

Para él, sorprenderse no era simplemente abrir los ojos ante algo inexplicable. Era el comienzo de una pregunta. Y una pregunta podía conducir a la ciencia, a la filosofía o al conocimiento.

“Me asombro muy fácilmente”, decía. Y esa capacidad de conservar el asombro fue precisamente lo que quiso provocar en los demás.

Tamariz creía que la magia tenía la capacidad de despertar al niño que los adultos dejan atrás con el paso de los años. El mago, decía, podía sacar de nuevo a ese niño y permitirle jugar con la realidad. Su objetivo era que el público dejara, al menos durante unos minutos, de preguntarse cómo había hecho el juego y simplemente se dejara llevar.

La fama de Tamariz tampoco quedó confinada a España. Su llegada a Argentina amplió su influencia y le permitió entrar en contacto con grandes figuras internacionales del ilusionismo. Él mismo recordaba con orgullo haber contribuido a traer a España a magos como René Lavand, célebre por trabajar únicamente con su mano izquierda, y al francés Gaëtan Bloom.

En 2011, el World Magic Seminar de Las Vegas le dedicó una edición bajo el lema Juan-der-ful, un reconocimiento que resumía la dimensión internacional que había alcanzado su figura.

Su influencia fue especialmente profunda entre los cartomagos. Compañeros de profesión lo describieron como un maestro que ayudó a poner a España en la cima de la cartomagia mundial. Su legado no se limitaba a las técnicas que desarrolló: estaba también en una determinada manera de pensar la magia, de construir una rutina y de relacionarse con el espectador.

Tamariz recibió numerosos reconocimientos, entre ellos la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Madrid. Pero parecía tomarse los premios con el mismo humor con el que abordaba casi todo. En una entrevista bromeó diciendo que se retiraría a los 106 años, cuando los achaques finalmente se lo impidieran.

Una vida sin jubilación
Retirarse de la magia le parecía casi imposible. “Jubilarte de tu pasión es muy difícil”, decía. Para él había un fuego interior que no desaparecía con la edad.

Incluso cuando ya había recibido buena parte de los reconocimientos posibles, seguía estudiando, actuando, conversando con otros magos y pensando en nuevas maneras de sorprender.

Su hija Ana anunció su muerte con palabras que condensan buena parte de lo que significó para quienes lo conocieron: lo despidió como una persona “increíble, muy querida y admirada por todos” y agradeció el amor que le dio y el amor por la magia que compartió con el mundo.

Juan Tamariz murió en Madrid, pero resulta difícil pensar que la muerte pueda poner un punto final a una obra construida precisamente alrededor de la capacidad de hacer desaparecer los límites de lo posible. Quedan sus libros, sus técnicas, sus discípulos y las generaciones de espectadores que aprendieron a mirar una baraja de otra manera. Queda también una imagen difícil de borrar: la de un hombre de pelo rizado y sombrero, sentado frente a alguien, mezclando unas cartas y esperando ese instante exacto en que la razón se rinde ante el asombro.

Y queda la imagen en los colombianos de un mago bonachón y buen tipo que nos deleitó en el Festival Internacional del Humor, en una generación de 'humoristas' inolvidables.

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