De Prevost al Papa León XIV
lunes, 11 de mayo de 2026
Hoy, el sucesor de san Pedro, papa León, el 267 en la historia de la Iglesia, marca un pontificado de unidad y acción coordinada
Carlo María Vianney
El papa León XIV –Robert Prevost– ha hecho de la unidad el eje de su pontificado. Desde su primera aparición en el balcón de la Basílica de san Pedro, el 8 de mayo del 2025, definió este propósito: que seamos Uno en Cristo.
Su anhelo de trabajar en la unidad es un compromiso que busca “hacer de nuestras diversidades un taller de unidad y comunión, de fraternidad y reconciliación”. Así lo ha expresado en diversos encuentros, pues la unidad no es uniformidad. Una Iglesia unida es creíble, atrae, reconcilia y sana. En este sentido, buscando la unidad ecuménica, ha invitado a encontrar una fecha común para celebrar la Pascua de Resurrección entre católicos y ortodoxos.
El Papa cree que “las religiones no deben ser usadas como armas o muros, sino que se vivan como puentes y profecía”. También insiste en “caminar juntos” como garantía de fidelidad al Evangelio y así aprender a reconocernos como hermanos, “llamados a vivir, rezar, trabajar y soñar juntos”.
Por su origen estadounidense, religioso agustiniano, misionero en diversas regiones, estudioso del derecho canónico y sereno de carácter el Papa León avanza con prudencia en la aplicación de las reformas al interior de la Iglesia. Tiene claro que, sin ser una democracia, la Iglesia se gobierna a través de consensos, conocimiento, orden jurídico y procesos. El piano piano de la Ciudad Eterna. En pocas semanas, por ejemplo, anunciará los primeros nombramientos de cardenales bajo su pontificado y conoceremos su primera encíclica titulada: Magnifica Humanitas, en la que trata sobre Inteligencia Artificial y los grandes desafíos sociales del Siglo XXI.
Su primer año de pontificado está marcado por la prolongación de guerras y violencia que en diversas partes del mundo van dejando víctimas, destrucción y miseria. Un panorama mundial que siempre sigue la Iglesia y la Santa Sede con afán de buscar caminos de paz y de justicia. La voz del Papa en guerras y conflictos se alza en defensa de la paz, en la búsqueda de vías humanitarias y diplomáticas que eviten la violación de todo derecho humano y divino. Igual se opone a la carrera cruel y costosa de las armas y condena la fabricación y uso de armas nucleares.
Por estos llamados de León a la paz, el presidente de su país, Donald Trump, lo ha cuestionado, calificándolo de “débil” y “pésimo en política exterior”. Una crítica que el papa aprovechó para marcar su esfera de vida y representación, un soft power que Trump no comprende y busca manipular. “No le tengo miedo a la administración Trump, –respondió el papa– ni a proclamar el mensaje del Evangelio en voz alta, que es para lo que creo que debo estar aquí, y por eso está aquí la Iglesia. No somos políticos, no vemos la política exterior desde la misma perspectiva, sino como constructores de paz”.
En voz alta el papa también ha pedido verdad y justicia para consolidar una paz estable y duradera. La paz no se puede establecer contra la verdad. Cuando la paz es más importante que la justicia se cultivan nuevas guerras.
Justicia y paz se van constituyendo un eje central de su pontificado. La paz “desarmada y desarmante”. Enseña que la paz no es un equilibrio de poder humano y que la violencia no puede ser medio para un logro que siembra la lógica de dominio, miedo y exclusión.
En su exhortación apostólica, Dilexi Te, sobre el amor hacia los pobres, nutre su línea sobre la unidad de la Iglesia y la elección preferencial por los marginados. Con insistencia ha defendido a los emigrantes y ha condenado medidas gubernamentales injustas de Estados Unidos y países de Europa.
También ha insistido en que "sin justicia, sin instituciones limpias y sin futuro para los jóvenes, no habrá paz". Y aclara que el desarme no es sólo de armas, sino “profundo y completo, y debe llegar al alma de las personas”. La verdadera paz “no puede consistir en la posesión de un suministro igualitario de armamentos, sino solo en la confianza mutua”.
Hoy, el sucesor de san Pedro, papa León, el 267 en la historia de la Iglesia, marca un pontificado de unidad y acción coordinada. Un religioso agustiniano con afán de cumplir su misión, conocedor de los cinco continentes, sobrio en su vivir, ordenado en su agenda y comunicación; políglota y sereno en la escucha. Su llamado a la unidad no es slogan, es esencia del mensaje cristiano.
*Por Carlo María Vianney
Colaboración especial