El que lo vive, lo goza
domingo, 15 de febrero de 2026
El lema es un recordatorio de que la cultura no se entiende plenamente desde la teoría ni desde la observación distante
Leticia Ossa Daza
“El que lo vive es quien lo goza” no es simplemente una consigna popular del Carnaval de Barranquilla. Es una afirmación sobre cómo se construye identidad. El Carnaval no se contempla desde la distancia ni se entiende a través de imágenes aisladas; se comprende cuando se participa. No está diseñado para espectadores pasivos, sino para una ciudad que cada año decide afirmarse a sí misma a través del ritmo.
Declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, el Carnaval representa la convergencia de herencias africanas, indígenas y europeas que encontraron en el Caribe colombiano un territorio fértil para mezclarse, transformarse y crear nuevas formas de expresión. Desde los primeros asentamientos de la ciudad, la fiesta ha funcionado como espacio de encuentro, resistencia y afirmación cultural, especialmente para comunidades que encontraron en el cuerpo, la música y la danza una manera de narrarse y existir.
La temporada de Carnaval comienza mucho antes de sus días centrales. Ensayos, talleres, lecturas del Bando, coronaciones y desfiles preparatorios van construyendo una atmósfera que culmina en el fin de semana grande, cuando la ciudad entera parece reorganizarse alrededor de su memoria colectiva.
Las comparsas recorren la Vía 40 como un río humano donde conviven marimondas irreverentes, congos de raíz africana, cumbiamberas que giran bajo el sol y tambores que marcan un pulso antiguo. Lo que a primera vista puede parecer desorden es una estructura cultural transmitida con disciplina silenciosa. Cada danza tiene historia; cada disfraz, significado; cada paso, genealogía.
El Carnaval es una coreografía social que ha sobrevivido y que hoy constituye una de las industrias creativas más relevantes del país. Meses antes de que suene el primer tambor, talleres de costura, artesanos, músicos, coreógrafos y pequeños empresarios trabajan en función de esos días. La ocupación hotelera alcanza sus picos más altos, el comercio se dinamiza y la ciudad proyecta una imagen internacional que ninguna campaña institucional podría fabricar con igual autenticidad.
El Carnaval es cultura, pero también es modelo económico. Genera empleo, circulación de valor y posicionamiento territorial. La tradición aquí no es nostalgia; es un activo productivo. Y, en una época marcada por la fragmentación digital y la individualización del consumo, el Carnaval produce algo escaso: sincronía colectiva. Miles de personas ocupando el espacio público al mismo tiempo, compartiendo símbolos, ritmos y narrativas comunes. La identidad se vuelve experiencia compartida.
En ese contexto, el lema “el que lo vive es quien lo goza” adquiere otra dimensión. No es una invitación al exceso superficial, sino un recordatorio de que la cultura no se entiende plenamente desde la teoría ni desde la observación distante. Se entiende cuando el cuerpo entra en el ritmo y la comunidad se reconoce en él.
Barranquilla no organiza simplemente una fiesta. Sostiene una estructura viva que articula historia, economía y pertenencia. Y en esa articulación anual nos recuerda que la cultura no es un lujo accesorio del desarrollo; es una de sus condiciones fundamentales. El que lo vive, lo goza. Y en ese goce, la ciudad se vuelve a reconocer.