Cultura

La memoria y herencia cultural que atraviesa al Carnaval de Negros y Blancos de Pasto

Gráfico LR

Hoy comenzó una de las fiestas culturales más importantes de Colombia, y Pasto y todo el sur del país han jugado un papel decisivo en esa construcción simbólica del Carnaval

Santiago Arrieta

Hoy, viernes 2 de enero de 2026 comenzó la edición de este año del Carnaval de Negros y Blancos de Pasto. Esta celebración dejó de ser solamente una fiesta, es ahora una construcción histórica que condensa siglos de memoria, mestizaje y expresión popular en el sur de Colombia. Su identidad se ha formado a partir de una profunda relación con el territorio andino, con las raíces indígenas, con la herencia colonial y con un entramado cultural que desborda las fronteras nacionales y dialoga con el resto de América Latina. Desde sus orígenes, el Carnaval ha sido un espacio donde la diversidad no solo convive, sino que se celebra como fundamento de lo colectivo.

Pasto y el sur del país han jugado un papel decisivo en esa construcción simbólica. La condición andina del Carnaval no es una etiqueta geográfica, sino una manera de entender el mundo: una visión donde la pluralidad social, cultural, lingüística y artística se convierte en identidad. En ese sentido, la fiesta no surge como un espectáculo aislado, sino como el resultado de una historia compartida que se ha transmitido de generación en generación.

Como explica Andrés Jaramillo, director de Corpocarnaval, “el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto se ha forjado a partir de los orígenes, la memoria ancestral, las costumbres y el arraigo, incluyendo nuestra historia indígena”, una mezcla que sigue nutriéndose de ese legado vivo.

A lo largo del tiempo, el Carnaval también ha funcionado como un escenario privilegiado de crítica social y sátira popular. El desfile de Años Viejos, cada 31 de diciembre, es quizá el ejemplo más claro. Allí, a través del humor y la exageración, se expresan inconformidades, miedos, frustraciones y esperanzas frente a la realidad política, social y cultural del país. No existen límites temáticos; la libertad creativa es absoluta. A ello se suman las carrozas, comparsas y coreografías que abordan la memoria histórica del suroccidente colombiano, la resistencia social o incluso problemáticas contemporáneas como la crisis climática y las decisiones colectivas sobre el futuro del país. El Carnaval, así, no evade la realidad, sino que la interpreta, la cuestiona y la transforma en lenguaje artístico.

Uno de los elementos más poderosos de esta celebración es el juego, entendido no solo como diversión, sino como acto simbólico. La pintura es central en este proceso. Por un lado, está la pintura que da vida a las obras artísticas; por otro, la pintura de contacto, aquella que se aplica en el rostro y permite que cada persona deje de ser individuo para convertirse en parte de un cuerpo colectivo. Ese gesto sencillo, casi ritual, celebra la igualdad y la ausencia de jerarquías durante la fiesta, y explica por qué el Carnaval fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. No se trata solo de observar, sino de participar, de ser parte del otro.

LOS CONTRASTES

  • Andrés JaramilloDirector de Corpocarnaval

    “No se trata únicamente de la conexión con las comunidades que habitaron y apropiaron este territorio, sino también de un entramado cultural que se extiende a lo largo de Latinoamérica. Somos, por tanto, una mixtura que se nutre de manera significativa de ese legado.”

La declaratoria como Patrimonio cultural inmaterial por parte de la Unesco, en 2009, marcó un punto de inflexión. Desde entonces, el Carnaval dejó de ser percibido únicamente como una tradición local para asumirse como un bien cultural de alcance universal. Ese reconocimiento trajo consigo responsabilidades. La construcción colectiva de un Plan Especial de Salvaguardia, la definición de roles y la conciencia de que proteger la fiesta implica educar, orientar y cuidar. Con el paso del tiempo, ese plan ha debido actualizarse, porque el Carnaval es un patrimonio vivo que dialoga con cambios sociales, culturales y ambientales constantes.

No obstante, la historia del Carnaval también está atravesada por transformaciones y pérdidas. Uno de los cambios más sensibles ha sido la erosión del juego con respeto. En sus orígenes, el juego invitaba al otro a participar; hoy, en ocasiones, se impone sin consentimiento. Esta tensión ha llevado a reforzar estrategias pedagógicas como el “buen jugar”, que busca recuperar el sentido original del juego limpio, responsable y respetuoso, recordando que la permanencia del Carnaval depende tanto de las instituciones como del compromiso ciudadano.

A pesar de estos desafíos, el Carnaval de Negros y Blancos sigue siendo profundamente relevante, especialmente para las nuevas generaciones. El creciente número de jóvenes en modalidades como la comparsa, el disfraz individual o los colectivos coreográficos demuestra que la fiesta no se ha quedado anclada en el pasado. Por el contrario, vive un relevo generacional que incorpora nuevas técnicas, miradas y lenguajes, y convierte el arte en una herramienta de resocialización, construcción de comunidad y ciudad. En Pasto, miles de jóvenes participan activamente en estas expresiones, asegurando que el Carnaval no solo conserve su historia, sino que tenga futuro.

Así, el Carnaval de Negros y Blancos se entiende mejor no como un evento anual, sino como un proceso histórico continuo. Los días del carnaval son un espacio donde la memoria, crítica, juego y participación colectiva se entrelazan para narrar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.

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