De la innovación y los derechos del agua

Que el agua y otros elementos de la naturaleza tengan derechos no es sólo un discurso de la plaza pública; es un pensamiento muy en boga, en línea con las creencias sobre la Pacha Mama y otras consideraciones similares. Muestra que los planteamientos religiosos están muy lejos de marginarse del ámbito político, por la sencilla razón de que hacen parte esencial de la actividad pública. Eso no quiere decir que haya que confundir una cosa con la otra.El problema central sobre la forma como entendamos la relación entre el hombre y la naturaleza no se agota en la discusión religiosa sino que tiene un alcance muy importante en el plano científico y en las opciones de innovación y desarrollo que se plantee el país. Cuando el ser humano se considera igual que el resto de la naturaleza, con los mismos derechos (¿y los mismos deberes?), el asunto de regular el uso de los recursos naturales se vuelve muy complejo: ¿cómo se aplica una campaña de zoonosis en el marco de una política de salud pública, o cómo se controla una epidemia si primero tenemos que definir el sentido de la expresión ‘los derechos del agua y los animales’?Así es la cosa: el problema del medio ambiente no es con el medio ambiente, es con el hombre. Los derechos del agua no son tales, hasta el punto que acabamos de ver que no es necesaria ninguna tutela para que la acción de los elementos deje ver su fuerza y nuestra impotencia. Cuando el hombre se sabe criatura, igual que el resto de la naturaleza, pero también se sabe deudor de aquella sentencia: ‘el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén para que lo trabajara y lo guardara’, entonces reconoce el deber -exclusivo- que tiene de cuidar las cosas.El trabajo supone capacidad de transformación y, por tanto, de dominio. En palabras de Ortega y Gasset, ‘todo se aclara si se advierte que las finalidades son distintas: de un lado servir a la vida orgánica, que es adaptación del sujeto al medio, simple estar en la naturaleza. De otro, servir a la buena vida, al bienestar, que implica la adaptación del medio a la voluntad del sujeto’. Pero el dominio tiene una finalidad, que no reside en el individuo sino en el jardín del Edén. ¿Cuántas ciudades en el mundo no están atravesadas por ríos imponentes? Por eso, el problema del uso de los recursos es la base de cualquier plan de innovación, ciencia y tecnología, que ahora cuenta con una porción muy importante de recursos provenientes de las regalías (¡¡de la minería y el petróleo!!).Que las personas necesitamos disponer de los recursos naturales para generar soluciones de vivienda, educación, salud, movilidad, entretenimiento, etc., no es ningún secreto. Que ningún otro elemento de la naturaleza puede hacerlo y, de hecho, no se lo plantea, es algo sobre lo que hoy no hay consenso. Pero que no es el hombre el llamado a disponer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, es una verdad que ya no podemos desconocer, porque estamos sufriendo las consecuencias: terminamos por disponer también del fruto del árbol de la vida. El peligro es la extinción de la especie humana, no la del plantea, que claramente tiene mayor capacidad de adaptación a la nuestra.La buena noticia es que la tecnología, bien empleada, nos permite contrarrestar los efectos del cambio climático y proveer soluciones adecuadas a las necesidades humanas sin perjuicio del respeto al equilibrio de la naturaleza. El llamado perentorio que nos hace hoy ‘el universo’ es a que asumamos el dominio que nos corresponde, basados en criterios éticos, objetivos, para que aprendamos a usar de los recursos naturales en favor del bien común; de nuestra generación y las venideras.Juan David EncisAnalista